Colette Capriles: “Reconstruir un espacio democrático en Venezuela pasa por reconstruir las capacidades económicas”

Colette Capriles es una académica venezolana con formación en psicología social y filosofía. También participó en procesos políticos, como las negociaciones en República Dominicana (2017-2018). Fotografía: Guacamaya / Luis Silvera.

Guacamaya, 26 de noviembre de 2025. Colette Capriles es una destacada intelectual venezolana, reconocida por su trayectoria en el análisis político, la filosofía y la sociología del poder en Venezuela y América Latina. Psicóloga social formada en la Universidad Central de Venezuela (UCV), con una maestría en filosofía otorgada por la Universidad Simón Bolívar (USB), ha desarrollado una carrera académica sólida como profesora agregada en el Departamento de Ciencias Sociales de la USB, donde imparte cursos de pregrado y posgrado en sociología política venezolana, filosofía política e historia de las teorías políticas.

Más allá del ámbito universitario, Capriles ha tenido una participación activa en procesos clave de la vida pública venezolana. Fue miembro del Grupo Estratégico de la Mesa de la Unidad Democrática durante la gestión del entonces secretario general Ramón Guillermo Aveledo y participó en el grupo de consulta de la sociedad civil que acompañó a la delegación opositora en las negociaciones con representantes del gobierno de Nicolás Maduro en República Dominicana. Actualmente forma parte del Foro Cívico, un espacio plural orientado a promover la paz, la institucionalidad y el entendimiento ciudadano en Venezuela.

Su trayectoria ha sido reconocida por la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela, donde ocupa el sillón 18 como individuo de número, contribuyendo desde allí a la reflexión crítica sobre el autoritarismo, la democracia y las posibilidades de reconstrucción política del país. Considerada una de las voces más influyentes y respetadas del pensamiento político venezolano contemporáneo, Capriles combina rigor académico, compromiso cívico y una capacidad singular para interpretar los comportamientos sociales en contextos de crisis.


P: ¿Cómo y cuándo surge la relación de Colette Capriles con la política y la construcción de paz en Venezuela?

R: Con la política de siempre. Yo vengo de una familia muy politizada también, de lo que podría haberse llamado en un momento dado —y ya no existe eso—, pero en aquel momento era la intelectualidad progresista o de izquierda. Entonces, yo diría que lo más importante ahí es subrayar esto: la política se aprende en la casa, vamos a decirlo así, en la vida cotidiana.

Yo, de hecho, no soy politóloga, por cierto; soy psicóloga social original. Y yo no sabría decir en este momento qué es exactamente lo que hace que uno aprenda política o que uno adquiera la sensibilidad hacia la política durante los años de formación.

Muchos la adquieren cuando ya tienen formación universitaria o formación política en el liceo, como ocurría antes. Ya no ocurre. Pero la mayoría de las personas que se interesan por la política tienen cerca, en su familia, narrativas políticas a disposición, vamos a decirlo así. Una visión un poquito más sofisticada que otros. Y yo creo que eso es lo esencial para entender la política, porque en definitiva la política es una actividad humana fundamentalmente. Una de las cosas más complicadas, creo yo, para los politólogos —no les va a gustar esto— es que, justamente, teorizar sobre una práctica como la política es muy difícil.

Es a la vez fundamental y a la vez es tal vez una de las dificultades más grandes del pensamiento. Yo diría que del pensamiento occidental, pero bueno, en general es así, ¿no? Entonces hay que tener esa sensibilidad. No creo que esa sensibilidad se adquiera simplemente por la teoría. Sino que hay algo en el campo que se relaciona, al final, con el poder. Y la familia, por supuesto, es otro espacio de poder: un espacio donde se practican los poderes, distintos tipos de poder. Entonces, creo que hay ahí una cosa.

En particular, esa sensibilidad existe, y en la universidad también se desarrolla. Cuando estudiaba en la Universidad Central, yo honestamente en mi carrera profesional no pensaba dedicarme a la política ni tenía demasiado que ver con eso.

Al principio más hacia la filosofía, cuando ya empecé a hacer el posgrado en filosofía. Pensaba más bien dedicarme a la filosofía de la ciencia, esa otra cosa que no tenía nada que ver… Pero bueno, la política lo alcanza a uno siempre, ¿ves?

Entonces, no sé.  Me estoy acordando del nacimiento de la filosofía: el nacimiento de la filosofía es una relación con lo público, con el mundo humano y con el fenómeno más central en el mundo humano, que es la coexistencia, la convivencia y el ordenamiento de las relaciones entre las personas.

Entonces, bueno, en el origen está Sócrates y al final también, digamos, ¿no? Hay un arco de pensamiento que se fundamenta en la reflexión sobre lo que los humanos podemos hacer juntos esencialmente. Y eso suena muy raro porque pareciera que el pensamiento puede existir por sí solo, y eso no es verdad.

Ni Platón —que pudo construir un sistema que es el fundamento prácticamente de nuestra filosofía en Occidente— pudo separarse de las contingencias de su vida y del papel que tiene exactamente la reflexión sobre por qué y cómo podemos estar juntos los humanos, ¿no?

“Una de las cosas que ocurre a partir de 1998 es la reducción del pluralismo político. Y eso es una reducción deliberada.”

P: Hay una palabra que genera ruido en el debate público actual en nuestro país y esa es “polarización”. ¿Es Venezuela en 2025 una sociedad polarizada?

R: Bueno, evidentemente… O sea, depende de cómo lo veamos: en términos de la experiencia de polarización o como un fenómeno objetivo, digamos, ¿no? Son dos visiones. A veces se confunden los dos planos.

Una de las cosas que ocurre a partir de 1998 es la reducción del pluralismo político. Y eso es una reducción deliberada. Que además está construida incluso sobre instituciones, porque lo que ocurre con la nueva Constitución en el 99 genera también —o es el fundamento de— los sistemas electorales mayoritarios, que son polarizantes en la realidad. En los sistemas mayoritarios, el que se agarra un voto, pues: con un voto se gana el puesto, ¿no?

Al perder la proporcionalidad, el pluralismo se ve muy amenazado, porque para poder ganar un cargo hay que enfrentar al otro unidos, digamos, o formando masas. No precisamente mostrando la diversidad, sino al contrario: negándola y convirtiendo la lucha política en una lucha de bloques.

Entonces, podemos hablar de una polarización institucional y política desde hace muchos años, no de ahora. Me parece que el concepto se usa de otra manera. ¿Cuál es el problema con el concepto?

“El 11 de abril nace el chavismo realmente, como un movimiento que se encuentra a sí mismo en la resistencia contra lo que percibe como fuerzas destituyentes, como dicen ellos mismos.”

P: Me refiero a que algunos lo plantean como una suerte de falsa equivalencia o como si no hubiera dos polos.

R: Bueno, es que hay dos polos. Lo que pasa es que pueden tener tamaños distintos; eso no tiene nada que ver con lo otro, ¿no? Ahora, ¿hay dos polos? No lo sé en este momento, porque también, de nuevo, depende de qué estamos hablando.

En Venezuela hay una mayoría de venezolanos que quisiera ver un cambio político, yo creo que eso no está en duda. Pero también hay una minoría que —aparentemente, por lo que se puede ver de lo ocurrido el año pasado en la elección presidencial. Entonces uno diría: “Bueno, entonces hay dos polos.” Digamos, de tamaño distinto. O sea, equivalentes como polos, uno más grande y otro más pequeño. Pero no son equivalentes en términos de magnitud. Eso no quiere decir que no existan. Entonces yo no veo el problema del concepto. Es decir, ¿en qué nos hace avanzar decir que esto está polarizado o no está polarizado? Hago otra pregunta: ¿cuál es la agenda narrativa detrás de eso?

Entonces, ese problema de las equivalencias no es trivial. Estamos hablando del reconocimiento de cada parte del conflicto —palabra que también ha sido demonizada. “Aquí no hay un conflicto político”. Bueno, yo creo que estamos en la exacerbación del conflicto político en Venezuela.

Lo hemos vivido durante 20 años o más, pero el conflicto continúa. Si los venezolanos no compartimos un proyecto nacional —eso es verdad—, o sea, hay un conflicto entre nosotros. Y parte del conflicto es, justamente, discutir —como yo digo, con el nominalismo criollo— discutir sobre palabras, ¿no?

Digamos, convertir la discusión política en una discusión meramente nominal, meramente descriptiva y meramente ideológica. En donde lo fundamental es desconocer al otro.

Una dinámica de desconocimiento del otro que viene, efectivamente, inaugurada por Hugo Chávez. Eso no podemos de ninguna manera escamotearlo. Pero fue perfectamente articulada con el desconocimiento que, a la vez, las fuerzas no chavistas —que no eran nada despreciables al principio del primer gobierno de Hugo Chávez, y después tampoco, porque tuvieron una magnitud siempre importante— tampoco avanzaron en el reconocimiento de que ahí había un proyecto político. Y que un proyecto político se enfrenta con otro proyecto político.

Y que había que articular un nuevo proyecto político que le diera la cara, vamos a decirlo así. Que se contrapusiera razonable y políticamente a la propuesta de Chávez.

Entonces, bueno, ahí hay toda la interpretación que conocemos acerca de los límites que el propio chavismo —y Hugo Chávez en particular— le puso a su concepción, a mi modo de ver no democrática, de lo que una oposición a su régimen podía ser o no hacer. Pero tampoco podemos negar que hubo episodios durante todos estos años en donde el argumento fundamental de la oposición fue un argumento de desconocimiento. Ya sea por la vía de lo que ocurrió, por ejemplo, con el 2004, con el referéndum, que se habló de fraude electoral: sí, el desconocimiento como de las instituciones.

Y, fundamentalmente, un desconocimiento —o la traducción política del desconocimiento— de que el chavismo tenía una fuerza popular, tenía una fuerza electoral y era un proyecto.

Era un proyecto político que había que aceptar en el sentido de que había que examinarlo, entenderlo y entender que eso reconfiguró el espacio político en Venezuela. Con unas condiciones, en mi opinión, muy disminuidas para la democracia.

Es decir, para mí hay varios de los contenidos de la Constitución del 99 que están precisamente pensados para desarmar, para deconstruir lo que fueron nuestras prácticas democráticas durante muchos años.

El pluralismo político, el tema de la reelección y de la capacidad, digamos, de sacar ventaja de lo que en Estados Unidos llaman el incumbent. De ejercer el poder para impedir la alternancia. Entonces, teníamos unas prácticas democráticas que no sobrevivieron a la Constitución del 99 y que generaron un campo político distinto, unas reglas de juego diferentes. ¿Y esas son las reglas de juego que hay? No, no… Yo creo que el chavismo siente y resiente mucho —porque entonces ahí ya empezamos no tanto en las diferencias políticas, sino en las diferencias en la manera en que los actores políticos se perciben— y resiente mucho el hecho de que una parte importante de la población —eso que podemos llamar la oposición o las oposiciones— se resistieron a aceptar las nuevas reglas del juego político.

Y, en efecto, se resistieron, ¿no? Lo que ocurrió el 11 de abril es claramente un indicio de que había que jugar un juego, digamos, extrapolítico, ¿no? O por lo menos así lo pensaba parte de la oposición, con un efecto terrible que fue precisamente inventar al chavismo. O sea, el 11 de abril nace el chavismo realmente. Para mí nace el chavismo como un movimiento que se encuentra a sí mismo en la resistencia contra lo que percibe como fuerzas destituyentes, como dicen ellos mismos.

“A partir del 28 de julio, el gobierno rompió con un principio político fundamental: la soberanía popular.”

Entonces, para mí la identidad del chavismo aparece en 2004, en realidad. Si uno examina las narrativas de Hugo Chávez durante los años previos, por supuesto que dentro de las propuestas constituyentes uno podía leer allí una cantidad de principios. Pero, esencialmente, al final la Constitución termina siendo una Constitución liberal, mucho más liberal que lo que la narrativa del propio Hugo Chávez hacía esperar.

Entonces, hubo unos años más tácticos, vamos a decirlo así. Mucho más… estos años de Hugo Chávez, los primeros años, fueron unos años de construir sus instituciones, señalizar la cancha política justamente, pasar la pintura amarilla por donde es y por donde no va. Pero el 11 de abril hizo crisis, ¿no?

Eso hizo crisis, y a partir de ahí yo creo que hay una decisión clara de Hugo Chávez de adelantar el componente revolucionario de su propuesta. Es decir, reducir sus márgenes de tolerancia para la negociación, el acuerdo y los consensos. Ahí es donde, a mi modo de ver, aparece lo que yo llamo el conflictivismo, en contraste con el consensualismo que había caracterizado a la democracia a partir del pacto de Punto Fijo. Nosotros tuvimos esta extrañísima experiencia, para el momento en que se dio, que fue la construcción de una democracia pactada.

Ahí el criterio fundamental es que en ese pacto participaban todos aquellos agentes o sujetos políticos que podían ser eventualmente una amenaza para el propio sistema. Excepto, por supuesto, lo que va a hacer después de la insurrección armada, que justamente proviene más bien de hechos exógenos, que básicamente es la Revolución Cubana.

Y ya sabemos, pues: el impacto que tuvo la Revolución Cubana en toda América Latina fue muy importante, y la postura oficial del gobierno de Rómulo Betancourt fue la Doctrina Betancourt, justamente: defender los regímenes democráticos y presionar al régimen cubano para que hiciera elecciones libres, etcétera —cosas que no ocurrían— y por lo tanto implica una ruptura.

Y ahí Venezuela le propone a la OEA excluir a Cuba. Y eso generó una ruptura dentro de AD —Acción Democrática— que termina alimentando, efectivamente, la idea revolucionaria que no había dejado de estar, porque durante la resistencia a Pérez Jiménez era muy fácil construir también en esa resistencia como la antesala de la revolución socialista o bolchevique, o de cualquier naturaleza.

Entonces, ese consensualismo —esa idea de que pudimos construir una democracia gracias al consenso, no solamente al consenso inicial en torno a respetar las reglas del juego democrático, sino a convertir el consenso en la regla de decisión para todas las políticas públicas y para las grandes estrategias y planes de la nación, no es una idea mía, por cierto. Eso lo ha planteado Diego Bautista Urbaneja en varias de sus obras, y yo creo que en la última —que es muy interesante— dice algo que casi hace esta teoría del consensualismo. Lo del conflictivismo lo pongo yo más, porque entonces nos acostumbramos a vivir en un mundo político en conflicto.

Es decir, el chavismo inaugura —yo creo que ese es su gran logro, y además creo que era el gran objetivo de Hugo Chávez personalmente— la destrucción del consensualismo. Porque en ese consensualismo, es verdad, consensuaban los actores relevantes. Esa regla de decisión, que es el consenso en el sentido de que ningún actor relevante quede fuera o sea perjudicado por las políticas públicas —cosa que era posible gracias al rentismo, etc., ese es otro tema—, esa regla de decisión era exactamente aquello a lo cual Hugo Chávez se enfrentaba. Y su propuesta política es: “No es el consenso lo que vamos a cultivar como sociedad, tenemos que cultivar el conflicto”, en el sentido de que —y eso sí puede verse como algo muy marxista o vagamente marxista— el motor de la historia es el conflicto. Y eso lo pensaba Chávez personalmente.

Era en ese sentido más bien leninista, diría yo, porque eso era una cosa que era muy coherente con su propia formación como militar. En última instancia, si tuviéramos que distinguir esos dos momentos, para mí ese es el fundamental.

“En Venezuela prevalece la narrativa de lo criminal o lo moral. Y eso es profundamente destructivo. No porque ignoremos el peso de las economías ilícitas en el país —que nadie puede negar.”

Esa distinción entre tener una regla de decisión basada en el consenso —que incorpora a todos los actores relevantes— y tener una regla de decisión que favorece el conflicto —en el sentido de la dominancia de unos actores sobre otros— es lo que permite motorizar el cambio y, por lo tanto, la historia. Entonces creo que ahí hay un punto que para nosotros es muy relevante, porque si tenemos una cultura política del conflicto en la que ustedes han crecido, ¿qué hacemos para reconstruir una cultura política distinta? Esa es la pregunta que nosotros, como venezolanos, tenemos que plantear si queremos vivir en una sociedad en la que haya una regla de decisión basada en la predominancia de unos sobre otros. Por lo más legítima que sea esa predominancia, por cierto —no estoy hablando ni siquiera de imposición de la fuerza, estoy hablando en general.

¿Hay alguna otra posibilidad desde el punto de vista de nuestra cultura política? Esa creo que es una pregunta importante. Y yo me la respondo de una manera bastante pesimista, porque tengo la impresión de que estamos en un momento epocal, civilizatorio. Mucho menos romántico de lo que quisiéramos. Entonces, claro, ahí podríamos hablar de la paz.

Y yo creo que justamente estamos en un contexto histórico y en una trayectoria histórica que me parece —de nuevo— un retorno; un retorno a momentos societales anteriores, digamos.

Marx decía en El 18 Brumario, una de sus obras quizás más literarias e interesantes: la historia ocurre primero como tragedia y se repite como farsa. Yo no llegaría a tanto. Yo creo que se puede repetir como tragedia también.

Pero sí siento que estamos como en un ciclo que está recuperando narrativas y emociones políticas y visiones del mundo que el siglo XX había aparentemente —no me gusta la palabra “superado”, porque parecería que hay una evolución natural de las cosas—, pero había metabolizado, vamos a decirlo así. Había otras opuestas.

Mira, en la década gloriosa de la democracia —que es la de 1990 hasta el año 2000, hasta el año 2001, diría yo—. Esa es la década que acaba con el atentado de las Torres Gemelas. Ese es el momento en que se rompe la década maravillosa. La cantidad de transiciones y cambios hacia la democracia que hubo eran increíbles.

Y el famoso optimismo que se empieza a generar sobre las posibilidades de la democracia liberal como the only game in town —o sea, el único juego posible—, la conceptualización posible del poder moderno, la victoria final, el fin de la historia.

Esa década deja una impronta que yo diría, en este momento, casi nefasta, porque nos hizo creer a todos que la construcción democrática era sencilla o fácil, que tenía ciertas fórmulas o que se repetían ciertos patrones.

Lo que empieza a ocurrir con el siglo XXI es —bueno, ya sabemos lo que dicen los politólogos constantemente— la desdemocratización.

A partir del 28 de julio, el gobierno rompió con un principio político fundamental: la soberanía popular. Desde entonces entramos en un espacio distinto, regido por reglas que ya no son políticas, y en el que —lamentablemente— todos los actores han encontrado un lugar. La oposición también se ha acomodado dentro de esa lógica no política.

¿De qué manera? Moralizando la política, convirtiéndola en una lucha entre el bien y el mal. La narrativa ya no es política: no se habla de un proyecto, de una revolución, del socialismo o del autoritarismo. No existe una construcción política del madurismo; en su lugar opera un relato criminalizante o moralizante, unas reglas al margen de la política.

En este escenario, el campo en el que se puede discutir políticamente parece haberse evaporado. Por eso, cuando afirmo que debemos reconstruir la política desde la economía, a muchos les suena a una locura. Pero es exactamente lo que hay que hacer: debilitar la narrativa moral, desmontar la idea de que la disputa venezolana es entre “buenos y malos”.

No se trata de negar que cada quien tenga principios o convicciones; se trata de entender que, sin reconstruir lo político, no hay salida democrática posible.

Esta erosión de lo político no es exclusiva de Venezuela. Trump, en política exterior, desestructura la política internacional; Putin, al invadir Ucrania, destruye las reglas que la sostienen. Ese juego se acabó. Y nosotros vamos a tener que volver a los principios básicos: la política es, ante todo, conflicto entre intereses, articulados dentro de reglas, no dentro de narrativas morales o penales.

En Venezuela, en cambio, prevalece la narrativa de lo criminal o lo moral. Y eso es profundamente destructivo. No porque ignoremos el peso de las economías ilícitas en el país —que nadie puede negar— sino porque reemplazar la política por categorías penales impide construir soluciones.

“Una irresponsabilidad política es apoyar una estrategia —en este caso bélica o cualquier otra— y no hablar de las consecuencias que tiene.”

Colette Capriles fue miembro del Grupo Estratégico de la Mesa de la Unidad Democrática y participó en el grupo de consulta de la sociedad civil que acompañó a la delegación opositora en las negociaciones en República Dominicana. Fotografía: Guacamaya / Luis Silvera.

P: A lo largo de las últimas décadas, las intervenciones militares de Estados Unidos han dejado un saldo complejo en distintos escenarios del mundo. En Irak, la invasión de 2003 destruyó la estructura estatal y dio paso a años de violencia sectaria que aún persisten; en Libia, la intervención de 2011 condujo al colapso institucional y a una guerra civil prolongada; y en Haití, la sucesión de misiones internacionales y operaciones militares no logró estabilizar el país, sino que en muchos casos agravó su fragilidad política y social.

En este contexto, algunos actores políticos venezolanos han sostenido que una intervención de ese tipo “no tendría los mismos efectos en Venezuela”, argumentando que el país cuenta con una “tradición institucional y democrática” que evitaría un escenario de caos. Dicho razonamiento ha sido utilizado, en ocasiones, para justificar la posibilidad de una acción militar extranjera con fines de cambio de régimen.

A partir de su experiencia y conocimiento en materia de resolución de conflictos y política internacional, ¿cuál es su percepción sobre este argumento? ¿Cree usted que se están ignorando los efectos colaterales y las consecuencias a largo plazo que conlleva una acción militar de este tipo, tanto en términos de estabilidad política como de cohesión social y legitimidad institucional?

R: Una cosa es que si te opones, te dicen que estás defendiendo al gobierno, o que nadie va a defender al gobierno en un eventual conflicto. Lo que pasa es más complejo que eso, y es que las estructuras que ha montado el gobierno no son para defenderlo a él. La narrativa del oficialismo es para que cada uno se defienda. O sea, en Venezuela hay más de 6 millones de armas en manos de civiles.

Es decir, la gente no va a salir a defender a Maduro. Bueno, pero es que nadie va a salir a defender a nadie. Te vas a tener que defender a ti mismo. Es decir, es la guerra de todos contra todos.

Ese es el escenario, no es un escenario en el que haya unas fuerzas leales y entonces una fuerza de no sé quién que se le enfrenta a las fuerzas leales. Ese ajedrez o lo que fuera no lo entiendo ni siquiera, porque ¿sobre qué base se piensa eso? Entonces yo creo que la pregunta que hay que hacerse es: no importa cuál es la hipótesis que la gente tenga; la pregunta es sobre qué la fundamenta.

En mi opinión, es sobre un desconocimiento absoluto de cómo está funcionando la Fuerza Armada, de cuáles son las capacidades institucionales de la Fuerza Armada, de cómo ha habido lo que los politólogos llaman coup-proofing, es decir, el blindaje contra golpes militares que ha venido dándose desde el 11 de abril.

Eso cambia completamente las líneas de mando de la Fuerza Armada. Se crearon estas ZODI que tienen una red que hace que no se puedan comunicar horizontalmente entre sí. Tienes que ir por un canal que es distinto al canal logístico, además. Entonces, cualquier alzamiento no puede tener repercusión en lo demás: se aísla automáticamente.

O sea, hay un sistema de blindaje contra golpes militares puesto en práctica desde hace muchos años y una cultura también interna. Yo estaba leyendo el mensaje que le envía el piloto de Nicolás Maduro al operativo de la CIA que supuestamente había tratado de sobornarlo. Y el hombre le dijo: “Mira, nosotros seremos cualquier cosa, pero traidores nunca”. Rechazó 50 millones de dólares.

Entonces, yo no diría que eso es presagio de un quiebre. Eso puede ser una excepción y a lo mejor otro hubiera hecho algo diferente, pero es un mensaje. Y es un mensaje que muestra lo contraproducente que pueden ser estas cosas y lo que se pretende hacer, y —voy más allá— deja clara la falta absoluta de conocimiento.

Tienes que conocer, y no hay intención ni siquiera de conocer cómo funciona —de nuevo— la Fuerza Armada: ¿cuáles son sus valores?, ¿cuál es su narrativa interna?, ¿cómo es su relación con el poder civil?, ¿qué están dispuestos a hacer?, ¿y cuál es la relación con la oposición? Entonces, sin esos fundamentos, ¿cómo pueden justificar cualquier acto? Y repito: no lo estoy juzgando moralmente.

“El objetivo fundamental político que debemos perseguir es la alternancia política.”

O sea, la gente puede decir: bueno sí, a mí me parece que hay que tener una intervención de fuerza porque las vías políticas han sido agotadas, supongamos. Podemos discutir el fondo —yo no estoy de acuerdo con eso—, pero eso lo puedo debatir si me fundamentan esa estrategia. O sea, ¿en qué se fundamenta esa estrategia? ¿Y cómo puedes esperar el éxito de una estrategia semejante? ¿Hacia dónde nos conduce?

Filosóficamente uno puede siempre argumentar sobre los fundamentos y los principios o sobre las consecuencias. ¿Verdad? Uno puede tener una agenda consecuencialista en ese sentido. Es decir: no juzgo moralmente ni políticamente lo que están planteando, pero sí puedo juzgar moral y políticamente las consecuencias de lo que están planteando.

Y yo creo que ese es exactamente el giro que ha dado la opinión pública estadounidense y los cálculos políticos con la reacción demócrata. Dicen: “No, ya va. Ni siquiera nos pongamos a discutir sobre los motivos, las razones; vamos a discutir las consecuencias”.

Dicen: si nos van a involucrar en una situación bélica en Venezuela, ¿no involucra acaso una presencia permanente de Estados Unidos en ese territorio? ¿Cuál es la escala? ¿De qué se trata esto? ¿Cómo queda la gente? ¿Sabes? Empiezas a ver las preguntas claves. Entonces, por eso decía yo antes, la conversación es importante.

Porque detrás de mucho de lo que se dice —sobre todo en las redes, imagínate, en el ámbito del espacio público que tenemos en Venezuela— está compuesto por consignas que no hacen el razonamiento completo: solamente las premisas, pero las consecuencias nadie las quiere asumir, y es una irresponsabilidad.

Una irresponsabilidad política es apoyar una estrategia —en este caso bélica o cualquier otra— y no hablar de las consecuencias que tiene. Entonces, es muy complicado, porque claro: también se dice que no hay algo peor que el presente y que básicamente entonces es mejor lo que sea que venga. Se dice que no hay nada peor que lo que tenemos, pero sabemos —por experiencia— que siempre hay algo peor.

La historia y la academia nos dicen cómo, en varios momentos, hemos visto que se decía “nada puede ser peor que Chávez”, y ahí tenemos. En fin, sabemos perfectamente que ese no es un argumento, eso es una falacia absoluta. Primera falacia que le enseñan a uno en filosofía: eso es una falacia probabilística.

Fíjate que estamos entonces en un dilema para ver cómo salimos de esto. Mira, así como estoy —digamos— articulando, tratando de describir mi propio desconcierto acerca de cómo es posible que se propongan estas estrategias, digamos, para recuperar nuestra democracia —yo creo que ese es el objetivo, yo creo que nadie puede decir que ese no sea el objetivo de todos—.

Y por eso precisamente pongo el dedo en el tema de las consecuencias de la responsabilidad política que hay que tener cuando se hacen ciertas propuestas, ¿verdad? En el caso de intervenciones bélicas o estrategias de fuerza, o estrategias de máxima presión —las podemos meter todas allá, aunque no son iguales— o la estrategia de quiebre, porque se supone que todo esto era tomar el poder; o la estrategia de colapso, de que —de alguna manera, no se sabe cómo— esto pondría al gobierno de Maduro frente a unos dilemas. Bueno, no importa. Pero el punto es: hay que hacerse responsable de las consecuencias que cualquiera de esas acciones políticas va a tener.

Y al revés, y del otro lado también —al otro lado del espejo— entre quienes dicen, y yo me cuento entre quienes dicen: “Bueno, no, ya va, momento. Esta crisis…” Es que la palabra crisis se queda como corta, ¿verdad? Ya de tanto repetirse. Ante esta circunstancia existencial en la que estamos como venezolanos, pues también hay que hacerse cargo de las consecuencias de las propuestas que uno pueda tener, que son propuestas en las que tenemos que reconstruir el tejido político, tenemos que lograr que —de alguna manera— la presión debe estar ubicada para que el gobierno de Maduro reconstruya su propia base institucional, es decir, no siga violando las instituciones y la Constitución. El objetivo fundamental político que debemos perseguir es la alternancia política.

Ahora, ¿cuáles son las consecuencias de una política como esa? Tiempo. No es instantánea, no tiene ninguna garantía de éxito, puede ser que pase y puede ser que no. Entonces, hay que construir tácticas para eso, que —en mi opinión— tienen que ser tácticas en el orden económico.

Yo creo que las posibilidades para reconstruir un espacio democrático en Venezuela pasan muchísimo por reconstruir las capacidades económicas del Estado, cosa que —en esta coyuntura— puede ser muy útil para que esas capacidades económicas renovadas tengan que venir acompañadas —y ahí está la presión política— de reformas políticas y de liberalización política. Y de algo clave, que es el reconocimiento de la oposición y, en fin, respeto a la Constitución. Es decir, en toda esta coyuntura el gobierno ha podido salvarse de ser receptor de las consecuencias de esta horrenda nueva crisis económica en la que estamos, ¿no?

Entonces, ese fondo está ahí. El gobierno no tiene capacidades económicas para asegurar —no digo simpatías— sino incluso gobernabilidad en un cierto sentido, ¿no? Por lo tanto, hay una puerta de entrada. Por ejemplo, la reinserción de Venezuela en el sistema financiero internacional.

Es decir, al acceso a los fondos y préstamos del Fondo Monetario Internacional o de los fondos hemisféricos. Es una puerta. Ahí hay fondos y son condicionables, porque ningún préstamo del Fondo Monetario Internacional se hace si no hay unas condiciones macroeconómicas, ¿verdad? Y de transparencia de cuentas, que permitiría entonces ayudar a los venezolanos en la condición de saber cuál es el proyecto económico de este gobierno y cuál es la condición actual de la economía y qué se puede hacer. Ahí tiene mucho que ver con cómo se hizo en la negociación de Barbados y Oslo cuando se planteó el acuerdo sobre el fondo social.

Pero esto tendría que ser a una escala mayor. Pero un poco de eso se puede condicionar, ese comportamiento político e institucional del gobierno de Maduro con eso que en realidad son presiones, pero en el orden económico. Entonces, existe la posibilidad de que el gobierno haga —como a veces hace Cuba, que lo acaba de hacer— que rechazó ayuda humanitaria.

Entonces, claro, el gobierno de Maduro dice: “No, no, yo no voy a abrirme a nada”. Y bueno, seremos la segunda Cuba y la tercera Nicaragua. Pero yo pienso que hay un camino, porque puede ser útil e interesante para avanzar. También me pregunto ahí: ¿cuál es la responsabilidad política que hay que tener ahí?

La responsabilidad política que hay que tener es decir: bueno, esto es un proceso que puede ser exitoso o fallar y que necesita paciencia y tiempo.

Y pasa por, lamentablemente, decir: vamos a dejar lo político por ahora de lado; vamos a reconstruir las instituciones económicas, vamos a reconstruir un mínimo de estabilidad, y vamos entonces a empezar el trabajo de apertura política, que no puede dejar de hacerse porque si no, la economía va a seguir colapsando. Creo que ahí hay una vía.

Pregunto: ¿quién se hace responsable de decirle eso a los venezolanos? Porque eso es lo más impopular que puede haber. Popular es, en cambio, prometer que un actor de afuera puede resolver una situación tan compleja como la venezolana.

Entonces, de nuevo: los dos necesitan responsabilidad política. Y yo creo que eso es común. Me van a decir que estoy comparando los dos, pero no. Yo creo que no es un problema solamente de los actores políticos: los venezolanos, en general, somos muy irresponsables con nuestras propias opiniones políticas. Y con nuestras propias preferencias.

No nos cuesta nada cambiar de preferencia. O sea, ¿recuerdas en la época de Juan Guaidó? Ese entusiasmo un poco burloncillo, ¿no? Pero había como una cierta certeza: bueno, ya esto está listo y esto va a ocurrir y ya tenemos cómo salir de esto y tal.

Las mismas personas que después terminaron criticando y decepcionadas por lo que ocurrió con Guaidó, pues ahora resulta que no están decepcionadas cuando se les plantea la misma política. Hay un tema muy complejo. Yo veo a la gente, además, muy ocupada de su propia supervivencia. Ese es el otro elemento.

Ahí hay una recomposición geopolítica, ¿no? Es decir, el Make America Great Again no es una consigna vacía: implica recuperar casi que el Lebensraum, ¿no?, los “espacios vitales” en los cuales estamos nosotros. El espacio vital de Estados Unidos, del cual formamos parte: Venezuela forma parte de eso, América Latina forma parte de eso. Y, por lo tanto, esa recuperación va por los dos lados. Por un lado, recuperar el espacio hemisférico propiamente dicho.

Como veremos, cuando uno observa, por ejemplo, el préstamo que se le hizo a Argentina, eso es una forma muy fuerte de alianza económica: es construir un aliado comercial y financiero. Lo mismo puede pasar en Bolivia. Y también lo que está ocurriendo en cooperación militar con Ecuador, con Trinidad, ahora con Jamaica con el tema del huracán, y sin duda también con las Antillas Holandesas. En fin, hay ahí un mensaje extremadamente claro de recuperar la influencia. Y yo diría más que influencia: la dominancia. No sería “neoimperial” porque las lógicas imperiales son otras, más extractivas, etcétera.

Aquí no se trata solamente de eso: se trata del proyecto originalista de Trump, que sostiene que a América le corresponde prevalecer, y que su prevalencia en el mundo —su capacidad de influir, de tomar decisiones y de participar en decisiones en otros espacios políticos y geopolíticos— va a depender de la fuerza que realmente pueda tener en su propio patio trasero, justamente en su propio hemisferio.

“Incluso desde un punto de vista de autopreservación política, si alguien tiene un proyecto de transición democrática, no debería apoyar la prolongación indefinida de las sanciones.”

P: Hay una cosa que quiero preguntarle, a propósito de eso. En distintos procesos de transición política —como la España de la Transición democrática (1975–1982), la Sudáfrica posterior al apartheid (1990–1994) o la Polonia del movimiento Solidaridad en la década de 1980— la clase media desempeñó un papel determinante como mediadora entre el poder político, los actores sociales y la ciudadanía. Su capital educativo, profesional y organizativo permitió canalizar demandas, sostener el diálogo y evitar fracturas sociales profundas.

En el caso de Irán, tras las elecciones de 2009 y el surgimiento del Movimiento Verde, la clase media urbana —profesionales, docentes, estudiantes y emprendedores— encarnó una aspiración a la modernidad cívica e institucional, en línea con lo que Lipset describía como una movilización reformista basada en el consenso. Posteriormente en 2022 observamos el movimiento “Mujer, Vida, Libertad” tras lo sucedido con Mahsa Amini que ha sido relevante en la historia contemporánea de movilizaciones en Irán. Sin embargo, un estudio realizado por los académicos iraníes Mohammad Reza Farzanegan (Philipps-Universität Marburg) y Nader Habibi (Brandeis University), publicado recientemente en el European Journal of Political Economy, demostró que las sanciones internacionales impuestas a Irán desde 2012 no debilitaron al régimen, sino que devastaron a su clase media, reduciéndose en promedio 17 puntos porcentuales entre 2012 y 2019, con un déficit acumulado de 28 puntos para ese año.

A la luz de estos precedentes, y considerando que Venezuela, al igual que Irán, es una economía profundamente dependiente del petróleo, ¿cree usted que las sanciones internacionales han tenido un efecto similar en el debilitamiento de la clase media venezolana—tradicionalmente un actor clave en la organización ciudadana y política— todo eso sin ignorar el impacto de las medidas económicas tomadas desde la época de Hugo Chávez? ¿Hasta qué punto este impacto ha limitado la posibilidad de construir espacios de diálogo, mediación y participación social autónomos?

R: No ha ocurrido un colapso semejante en tiempos de paz, como lo ha mostrado muy bien Francisco Rodríguez. Y ahí, honestamente, la discusión, de nuevo, es nominalista: sigue siendo una discusión de puras palabras, que lo que quieren es señalizar otras cosas, ¿no? La discusión sobre si el drama venezolano —el drama que vivimos los venezolanos día a día— se debe a las sanciones o se debe a la Revolución no tiene ningún sentido. O sea, no tiene absolutamente ningún sentido. Hay sanciones y hay revolución. Las dos tienen que tener un efecto, sencillamente. Si no tuvieran un efecto las sanciones, no se pondrían.

O sea, lo que yo le digo a las personas que se niegan a entender que las sanciones petroleras y secundarias que se toman a partir de 2019 sí tienen un efecto fundamental sobre la estructura económica venezolana y la estructura social venezolana —incluyendo, por supuesto, la diáspora y todas las consecuencias que sabemos— es eso: “entonces, si las sanciones no afectan para nada, entonces ¿por qué están ahí? Bueno, perfecto, si es así, entonces no necesitamos las sanciones, ¿para qué están? Quítenlas, ¿no?”

Entonces me tendrán que decir: “No, sí tienen un impacto de presión”. Entonces yo pregunto: “Ah, ¿entonces sí hay un impacto sobre la población?”. En la medida en que se recortan los ingresos fiscales de una nación, pues algún efecto tiene que tener sobre una sociedad que, en efecto, depende del petróleo.

Lo que me sorprende es que es un nuevo caso, es como lo que hablábamos antes de la polarización: es un nuevo caso de una falsa oposición, de un falso dilema, que lo que hace es quitarnos energía. Y lo que hace, justamente —ahí vamos al tema de la polarización— es seguir creando narrativas opuestas, narrativas que no tienen nada en el medio. El conflictivismo.

Es decir: la verdad, la única posibilidad es que prevalezca “la” verdad y la construcción de la verdad que yo he hecho. No hay otra. Y, por lo tanto, ya no estamos en el campo de la política, que yo creo que ahí es donde podemos terminar aterrizar en este accidentado vuelo que hemos hecho.

“Hoy vivimos una paradoja: un Estado omnipresente simbólicamente, hipervigilante, hiperrepresivo, pero inexistente en lo concreto. No está en los hospitales, en el transporte, en las pensiones, en la economía. Para la gente, el Estado no existe.”

La destrucción de la industria petrolera es un hecho. A medida que las sanciones continúan golpeando la producción, reducen también las capacidades de recuperación de la propia industria. Eso implica que, mientras más se prolongue este esquema, más difícil y menos probable será en el futuro reconstruirla.

Incluso desde un punto de vista de autopreservación política, si alguien tiene un proyecto de transición democrática, no debería apoyar la prolongación indefinida de las sanciones. Al final, el petróleo —nos guste o no— será la fuente fundamental de recursos para cualquier reconstrucción democrática e institucional. Hasta por eso, uno se pregunta: ¿qué discusión estamos teniendo realmente?

Lo sabemos bien, y lo saben los expertos. Francisco Rodríguez acaba de publicar el libro “The Collapse of Venezuela” —traducido como “Tierra Arrasada”—, y allí está todo lo que hay que saber sobre las sanciones y sus efectos. Son hechos. Que alguien quiera aceptarlos o no es otra cosa, pero los hechos están ahí. Y un futuro democrático después de tantos años de sanciones es inevitablemente distinto al futuro que tendríamos sin ellas.

La breve recuperación económica de los últimos años lo demuestra: cuando se flexibilizan las sanciones, la economía respira, aunque sea modestamente, porque el crecimiento tampoco ha sido espectacular. Pero un futuro con la menor cantidad posible de altibajos derivados del régimen sancionatorio es, sin duda, mejor que un futuro con sanciones prolongadas durante décadas.

Desde esa perspectiva, insistir en más años de sanciones es incluso irresponsable. Es como querer llegar al poder mientras se crean condiciones que harán ese poder ingobernable. Resulta contradictorio.

Y surge una reflexión incómoda: ¿por qué no podemos hablar de estas cosas? ¿Por qué quienes estudiamos estos temas —pocos, porque la mayoría de la gente está ocupada en sobrevivir— tenemos que someternos a consignas? ¿Por qué provocar hostilidad por simplemente señalar las consecuencias lógicas de lo que algunos defienden?

Hemos perdido cultura pública. En las experiencias del Foro Cívico, y en otros ejercicios de escucha que hicimos, lo que encontramos es que los acuerdos son mayores que los desacuerdos cuando existen las condiciones adecuadas para conversar. La gente tiene una fuerte demanda de orden institucional. Quiere un Estado que funcione. Es simple.

Existe una nostalgia —quizá idealizada— de un Estado que realmente provea justicia, servicios, protección. La justicia entendida como ese puente entre el ciudadano y el Estado. Hoy vivimos una paradoja: un Estado omnipresente simbólicamente, hipervigilante, hiperrepresivo, pero inexistente en lo concreto. No está en los hospitales, en el transporte, en las pensiones, en la economía. Para la gente, el Estado no existe.

Y lo que la gente quiere es justamente eso: un Estado que funcione. Ese es el verdadero proyecto político del ciudadano común.

Por eso necesitamos volver a escucharnos, recuperar espacios de conversación y evitar la polémica superficial que domina el espacio público —un espacio pequeño, fragmentado y, simbólicamente, sangriento. Y no solo simbólicamente: las restricciones y riesgos son reales.

Pero aun así hay que buscar salidas. No podemos seguir atrapados en este ciclo agotador: que si habrá invasión, que si no; que si habrá cambio, que si no. Mientras tanto, el gobierno no termina de consolidarse, pero tampoco cae. Está ahí, sin resolver ni siquiera el tema económico, pero resistiendo.

Así son las cosas. Y con esa nota, al menos, un poco optimista, termino.

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