En el marco del programa “Tejiendo senderos para el diálogo en Venezuela”, distintos actores —provenientes de trayectorias políticas, académicas y vitales profundamente distintas— se sentaron en una misma mesa para hablar de convivencia y paz. No es un hecho menor. En un país marcado por la desconfianza, la polarización y las heridas acumuladas, el simple acto de escucharse sin anularse ya constituye un gesto político de enorme significado.
Pienso en Bosnia, y la conexión se vuelve inevitable. Antes de que existiera un acuerdo firmado en una base militar en Ohio, hubo algo más difícil y fue la lenta, incómoda y muchas veces dolorosa transformación de las conversaciones. Porque en Bosnia, como hoy en Venezuela, el conflicto no era solo territorial o institucional; era profundamente narrativo. Las palabras habían sido armas. Los medios habían amplificado el miedo. Las identidades se habían rigidizado hasta volverse excluyentes.