Fabián J. Campos Sánchez es Economista Empresarial de la Universidad Metropolitana, Magíster en Dirección Financiera y Gerente de Escenarios de Datanalisis, especializado en Análisis de Entorno, Formulación de Escenarios y Planificación Estratégica.
Guacamaya, 11 de enero de 2026. Divide et Impera (“Divide y vencerás”) se refiere a una estrategia de origen militar, pero extrapolable a la política, psicología y demás ciencias sociales, cuya máxima se podría resumir en el siguiente principio:
Es más fácil derrotar o controlar a un grupo si este se fragmenta en facciones más pequeñas que pelean entre sí, en lugar de permitir que se mantengan unidas con un propósito común.
Resulta irónico que la implementación de una estrategia tan efectiva, deba su origen y consecución a tres acciones tan básicas:
- Fomentar la discordia: Crear o profundizar rivalidades entre los grupos.
- Evitar alianzas: Asegurarse de que los grupos pequeños no se unan para formar un frente sólido.
- Ofrecer beneficios selectivos: Dar privilegios a un grupo específico para que se sienta superior o aliado al grupo dominador, generando “resentimiento” en los demás grupos.
Aunque esto coincide con una de las máximas de la política moderna, su origen se remonta al siglo IV a.C., cuando Filipo II de Macedonia la consolidó como una de las estrategias militares más trascendentales de toda la historia. Una movida tan “trascendental” que hasta su hijo, Alejandro Magno (“The Great”), lo convirtió en uno de sus pilares estratégicos y militares más importantes.
Si analizamos nuestra historia más reciente, y reflexionamos sobre las implicaciones del Divide et Impera, nos daríamos cuenta que nos hemos estado dejando aplicar el truco más viejo del libro. De allí se entienden muchas cosas sobre el “cómo” hemos resultado como sociedad y lo que nos ha llevado hasta este momento. Y los hechos parecieran sugerir que, por mucho tiempo, hemos sucumbido a la “tentación” de cada una de esas tres acciones.
En principio, comenzamos a acentuar las diferencias y minimizar las similitudes. Nos volvimos Ricos o Pobres; Empresarios o Empleados; “De derecha” o “De izquierda”; “Adecos” o “Copeyanos”; “Rojos” o “Azules”; y pare usted de contar. Volvimos todo blanco o negro y nos olvidamos que en la vida pueden haber infinitas gamas de “grises”, cada una con sus matices, con sus pros y con sus contras y no “mutuamente excluyentes” entre sí.
Luego nos olvidamos de que “en la unión está la fuerza”. Dejamos las alianzas en un segundo plano y comenzamos a perseguir nuestras propias “agendas”. Nos concentramos en conseguir y crecer, pero descuidamos el contribuir. Por momentos rozamos la excelencia y logramos ser una sociedad que sumó, pero no nos percatamos que nos alejamos cada vez más de poder multiplicar. En el caso de las empresas, se destaca que las más exitosas tienen más acuerdos permanentes con los eslabones de su cadena de producción, por lo que dependen más de la competitividad de dichas cadenas que de sí mismas. La desconfianza se arraigó en nuestra psique, se trasladó a nuestra conducta y empezamos a contar más enemigos que amigos. Empezamos a “jugar solos” y dejamos que la selección natural sacara lo peor de nosotros.
Y la guinda del pastel fue aceptar un modus operandi y unas reglas del juego que nos enfrentaron directamente. Por priorizar tejer hilos verticales, “con quien gobierne” (y no horizontales, entre pares), como cualquier sociedad tribal. Aceptamos que el know who era más importante que el know how, dimos las cosas por sentado y nos sentimos merecedores de todo “porque ahora me toca a mí”.
Entonces, sí nos propusieramos hacer este ejercicio de autoconsciencia, más que hallar argumentos, probablemente nos preguntaríamos ¿cuándo fue que nos dejamos “dividir y vencer”?
Ya habrá tiempo para gurús, para los conocedores de todo, para proyectar y decidir, para reencontrarse, para especular, para la viveza criolla, para picar adelante, para encomendarse. Ya habrá tiempo para pensar y reflexionar, sobre lo que se hizo bien y sobre todo, para ahondar en lo que se hizo mal. Ya habrá tiempo para culparse y buscar culpables. Ya habrá tiempo de exigir y de ser exigido. Ya habrá tiempo de hacer lo que hemos sabido hacer mejor durante tanto tiempo: polarizarlo todo.
Pero ahora, parece que la nación nos exige a todos un camino diferente. De alinearnos en lo que pensamos, sentimos y hacemos. Para ser y saber ser el Equipo Venezuela. Un llamado a aceptar y a tolerar a quienes no pensaron, piensan o pensarán como nosotros. A entender que hay belleza en los grises y que este barco es de todos.
Seguir divididos sería incurrir en los mismos errores y sería un guiño a una cultura que nos ha convertido en nuestros propios detractores. Porque hoy Venezuela no se permite seguir restando y porque nos exige dar lo mejor de nosotros. Porque pareciera que es hora de proponer una estrategia diferente: Unite et vincite (“Unir y vencer”).







