Mil quinientos kilómetros de costa caribeña, islas, tepuyes y un archipiélago son también una dotación. Imagen: Guacamaya.
Guacamaya, 5 de noviembre de 2026. Tras el 3 de enero, la economía venezolana parece haber tomado un curso diferente, definido, en gran parte, por una mayor apertura del sector hidrocarburos del país derivado del restablecimiento de las relaciones entre el gobierno de Estados Unidos y el de la presidenta interina Delcy Rodríguez.
Bajo la promesa de la recuperación económica del país, los esfuerzos de ambas administraciones para esta tarea se han concentrado en la reconstrucción de la industria petrolera. Estados Unidos permitiendo la comercialización de petróleo e inversión en el sector a través de la flexibilización de sanciones, y Venezuela reformando la ley de Hidrocarburos.
Esta combinación ha resultado en la firma de acuerdos petroleros, que de acuerdo con declaraciones del presidente de PDVSA Héctor Obregón, la empresa espera concretar 105 acuerdos para final de año.1 Manteniendo este escenario sin variaciones, las firmas de estos acuerdos significan un aumento de la producción petrolera, que en cifras de Obregón alcanzará para finales de 2027 los 1.5 millones de barriles diarios2 —un aumento del 20% respecto a la producción actual.
En un país cuya riqueza natural sobrepasa los recursos minerales para su explotación y exportación, vale la pena preguntarse si la política de crecimiento debe concentrarse exclusivamente en la actividad petrolera. Mil quinientos kilómetros de costa caribeña, islas, tepuyes y un archipiélago son también una dotación, y la pregunta es qué lugar puede ocupar el turismo en esa estrategia.
La literatura señala que hay 4 vertientes en la que el turismo se vincula con el crecimiento del PIB.3 La primera es la hipótesis del crecimiento impulsado por el turismo, que sostiene que el turismo es un motor clave del crecimiento económico. La segunda es la hipótesis del turismo impulsado por el crecimiento, que considera que el crecimiento económico contribuye significativamente al desarrollo del sector turístico. La tercera postura plantea la existencia de una relación bidireccional entre el turismo y el crecimiento económico. Por último, existe la postura de neutralidad, según la cual el turismo y el crecimiento económico no presentan causalidad entre sí.
Los últimos años del turismo en Venezuela
En Venezuela la actividad turística no ha alcanzado un desarrollo pleno, en parte, porque los esfuerzos se han concentrado en el desarrollo del sector petrolero. Dada la alta sensibilidad del PIB a las exportaciones petroleras, y considerando que ese ingreso se transmite al gasto de los hogares por la vía del efecto gasto, cabe esperar que la reactivación del sector petrolero se traduzca en el incremento de viajes de turistas nacionales dentro del país.
Previo a la reducción del PIB de más del 70% en el periodo 2014-2020, cifras oficiales revelan que en 2013 Venezuela recibió 1.084.776 viajeros extranjeros —34,4% fueron venezolanos no residentes en el país. Comparando con la cifra de 2012, el turismo internacional aumentó un 2,24%.4 Según Conseturismo, para 2015 la llegada de turistas internacionales se reduciría en un 30% en comparación a los recibidos en 2014.6 En 2019, atravesando la hiperinflación y escasez de productos y servicios, Venezuela recibiría solo 292.188 visitantes extranjeros.7 Una reducción del 27,5% respecto a los visitantes registrados de 2018. La caída constante del recibimiento de turistas condujo a una reducción en los ingresos derivados del turismo receptivo entre 2015 y 2019 del 81%.
Aunado a la hiperinflación, inseguridad pública y escasez de bienes durante este periodo, el control cambiario y la escasez de divisas fueron medulares para el cese de la actividad turística. En 2014, aerolíneas reclamaban una deuda de USD 3 mil millones de dólares al gobierno de Venezuela como parte de una deuda que este mantenía con ellas8 como resultado del sistema del control de cambios vigente desde 2003: las aerolíneas vendían boletos en bolívares y el Estado debía entregarles los dólares para repatriar esos ingresos. El gobierno dejó de pagarlo. De las 32 aerolíneas que operaban en Venezuela en 2013, alrededor de 15 dejaron de operar en el país o redujeron la frecuencia de vuelos considerablemente entre 2014-2019. En términos de números de vuelos internacionales disponibles, para 2013 había un total de 352 frecuencias semanales hacia el exterior. La cifra se reduciría a 40 vuelos semanales en 2019.9 Para 2025, el número de vuelos aumentó significativamente respecto a los de 2019, alcanzando los 105 vuelos a la semana. Sin embargo, tras el endurecimiento de las políticas estadounidenses hacia Venezuela a partir de noviembre, la frecuencia de vuelos cayó 24,7%.10 De acuerdo con cifras recientes, tras la reanudación de las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, 11 aerolíneas operan los 129 vuelos internacionales semanales en septiembre 2026.11
La combinación de consumo nacional contraído por efectos de una hiperinflación, baja producción, disminución en el ingreso de divisas por concepto petrolero, inseguridad y control cambiario, hizo del sector turístico uno de los mas afectados por la crisis económica.
La Asociación de Operadores Turísticos de Venezuela (Asotuv) informó que en 2015 la actividad del sector se contrajo 60%. Durante el mismo año, se reportaron más de cincuenta 50.000 personas desempleadas ha dejado el cierre de hoteles y restaurantes.12 En el caso del destino turístico de la isla de Margarita, en 2012 tenía 20 mil plazas-cama.13 En 2026 esta disponibilidad ronda entre los 4.500–8.000.14 En cuanto a ocupación a nivel nacional, las cifras disponibles muestran una del 40,6% en julio 2017,15 manteniéndose en un rango de 25–32% sostenido en 2021–2026.16
Conviviendo con el petróleo
Hoy en día, el sector se enfrenta al reto de recuperar una infraestructura marcada por décadas de falta de inversión y un profundo deterioro, que llevó al abandono e incluso a la pérdida de edificaciones ante la imposibilidad de mantenerlas o repararlas. La necesidad de reactivar el sector no es contingente al ingreso petrolero. Sabemos bien que un sector en auge –como el petrolero– afecta al resto de la economía. Los economistas Corden y Neary distinguieron dos canales.17,18 El primero es el efecto gasto: parte del ingreso extraordinario se gasta internamente, eleva la demanda de bienes y servicios no transables, y sube su precio relativo. El segundo es el efecto movimiento de recursos: el sector en auge paga más, atrae trabajo y capital, y drena de ambos a los sectores que no pueden igualar esa oferta.
Para Venezuela la distinción es favorable. El petróleo venezolano es intensivo en capital y emplea a una fracción pequeña de la fuerza laboral; se comporta, en términos de empleo, casi como un enclave. Eso significa que el segundo canal opera débilmente y que domina el primero. En otras palabras, el ingreso petrolero adicional sí se traduce en demanda interna, y el turismo nacional es uno de los sectores que la recibe, especialmente cuando gran parte del gasto público es también generado por el ingreso petrolero.
En este sentido, la actividad turística no compite en términos de ventajas comparativas con el sector petrolero, pero si es una fuente significativa de empleo y desarrollo para los destinos nacionales receptores de turistas, y por ello la relevancia de su reactivación para la creación de trabajo, generación de divisas y por la capacidad de distribución de riquezas a partir del ofrecimiento de servicios de calidad e innovación como estrategia competitiva entre las empresas.19
Hay una asimetría que conviene entender en el desarrollo del sector cuando hablamos de una economía petrolera como la venezolana. El turismo receptivo no es un servicio no transable puro: su demanda se forma en el exterior y se paga en divisas. El precio que el visitante extranjero paga es medido en su propia moneda. En este punto, la apreciación de la moneda local por efectos del auge petrolero puede encarecer los precios relativos de los bienes y servicios que deben pagar los turistas internacionales en el territorio, haciendo de Venezuela un país con precios altos para visitar.
La evidencia más directa viene del auge minero australiano, estudiado con modelos de equilibrio general.20,21 La apreciación cambiaria asociada al aumento de la exportación minera erosionó la competitividad-precio de Australia como destino y encareció su oferta frente a la de sus competidores. El mecanismo no es exclusivo de Australia. Moyle y coautores, con datos de 190 países entre 2002 y 2017, encuentran que la intensidad en recursos naturales reduce de forma directa las llegadas de turistas internacionales.22 Pero el efecto total es más matizado, porque corre por dos vías opuestas: el auge atrae inversión extranjera, y esa inversión sí favorece al turismo; al mismo tiempo deteriora la calidad institucional, y ese deterioro lo perjudica. Cuál de las dos pesa más depende del país.
La conclusión operativa, entonces, no es pesimista sino de segmentación: el auge petrolero empuja el turismo nacional, y aunque puede encarecer el destino para turistas internacionales, no necesariamente esto se traduzca en una reducción del turismo receptivo, especialmente cuando un país tiene la capacidad de desarrollar un marco institucional que incentive la actividad turística.
A tiempo de empezar
El mismo entorno político y económico que hoy permite reformas institucionales para incentivar la producción petrolera y minera puede abrir espacio al turismo. El Ejecutivo ya anunció aperturas a la participación privada en otros sectores clave, y nada impide extenderlas a la inversión en infraestructura turística, la formación en cultura de servicio y la modernización tecnológica del sector.
El momento obliga a preguntarse cuánto puede aportar el turismo al crecimiento del PIB venezolano. Con la apertura a la inversión en marcha y una posible mejora del consumo interno, es oportuno evaluar el marco institucional del sector y, en paralelo, estructurar proyectos que lleguen temprano a un mercado con pocos competidores.







