Venezuela campeón mundial de béisbol: ¿Cómo el deporte ha cambiado la historia de países en conflicto?

Guacamaya, 19 de marzo de 2026. Venezuela es campeón mundial de béisbol, un deporte que ha marcado la identidad del país y ha estado profundamente ligado a su historia petrolera. El triunfo llega en un contexto particular del país que lleva décadas atravesado por heridas, muerte, crisis económica, migración y confrontación política.

En 2026 se encuentra a las puertas de un posible proceso de transformación y de reintegración con los Estados Unidos, país con el que, en su vínculo histórico, además del petróleo, el béisbol ocupa un lugar muy especial. Por eso, me permito reflexionar sobre lo que implica esta victoria más allá de lo deportivo, repasando también sus espejos en la historia contemporánea.

Introducido a finales del siglo XIX y consolidado en las primeras décadas del siglo XX, el béisbol rápidamente se convirtió en el deporte popular de Venezuela, especialmente en la región costera y en las ciudades petroleras de Oriente y del Zulia, así como en la capital, Caracas. No era solo entretenimiento; era un espacio de socialización, donde distintos grupos podían interactuar dentro de reglas comunes, desarrollando sentido de equipo, disciplina y cooperación.

Las ligas locales y las selecciones nacionales, que competían internacionalmente desde los años 40 y 50, permitieron a los venezolanos proyectar una identidad moderna y cosmopolita al ser parte de un mundo que miraba hacia Estados Unidos y el Caribe. El béisbol, entonces, funcionaba como un marco de integración social, especialmente en contextos urbanos y portuarios donde se mezclaban migrantes internos, trabajadores del petróleo y empresarios.

El béisbol como elemento cohesionador de nuestra identidad nacional y producto de nuestra historia petrolera

Aunque el béisbol ya se practicaba en Caracas desde finales del siglo XIX, con la fundación del Caracas B.B.C. en mayo de 1895 —cuando los hermanos Amenodoro, Emilio, Gustavo y Augusto Franklin organizaron el primer partido oficial en un campo frente a la estación de tren de Quebrada Honda, en un juego que se anunció en los diarios como “un nuevo tipo de ajedrez”. No obstante, fue el auge petrolero del siglo XX el que realmente encendió su llama en todo el país.

Aquella primera vez, los bates y pelotas llegaron a Caracas en manos de jóvenes que regresaban del extranjero con sueños de modernidad. Pero la difusión masiva del juego —su expansión más allá de las élites y su llegada a cada rincón del territorio— se produjo cuando la industria petrolera abrió un puente entre Venezuela y los Estados Unidos. Fue a través de la presencia de empresas petroleras, de trabajadores internacionales y de las conexiones culturales que estas trajeron consigo que el béisbol dejó de ser un pasatiempo cosmopolita para las clases altas caraqueñas y se convirtió en un fenómeno nacional, arraigado incluso entre quienes vivían en poblados alejados de la capital

El crudo no solo transformó la economía, sino también las formas de ocio y sociabilidad. En los campos petroleros, en los campamentos de trabajadores y en las ciudades portuarias donde la bonanza comenzó a notarse, los diamantes de béisbol brotaron en terrenos abiertos, bajo el sol ardiente, entre pozos y camiones, se levantaron las bases y se trazaron los círculos de juego. Allí, hombres que compartían jornadas laborales exhaustivas encontraban en el béisbol un lenguaje común, un espacio colectivo donde las diferencias se desvanecían por un momento y las pasiones se unificaban en cada lanzamiento y en cada jugada.

El vínculo entre béisbol y petróleo refleja la dialéctica entre trabajo y ocio. Por un lado, los trabajadores de las refinerías y plataformas petroleras veían en el béisbol un espacio de recreación y comunidad, un lugar donde las jerarquías laborales se suavizaban por un tiempo y donde la meritocracia del juego podía sustituir, simbólicamente, la desigualdad estructural del trabajo.

Por otro lado, el béisbol funcionaba como puente cultural y simbólico, debido a que ofrecía un lenguaje común para trabajadores, empresarios, migrantes del Caribe y técnicos extranjeros. Era un espacio donde se podía proyectar la modernidad que el petróleo prometía enmarcada.

La novela Oficina Nº 1 de Miguel Otero Silva retrata con realismo la transformación de una región rural en un campo petrolero en Los Llanos orientales, a partir del descubrimiento y la explotación del crudo alrededor del pozo Oficina Nº 1, el primero perforado en el oriente venezolano. La obra reconstruye no solo la dimensión económica de ese proceso, sino también las relaciones humanas que se tejieron en torno al dinamismo social y cultural que acompañó la llegada de la industria petrolera al país

En ese primer gran asentamiento petrolero, la explosión de la actividad económica combinó a personas de procedencias diversas que abarcan desde  campesinos locales que migraron en busca de sustento, inmigrantes venezolanos de otras regiones, técnicos y gerentes extranjeros, obreros especializados hasta jornaleros sin oficio, además de una constelación de oficios emergentes alrededor del campo. La vida cotidiana mostraba tensiones, desigualdades, hegemonía y jerarquías donde los extranjeros y los gerentes ocupaban posiciones distintas en la escala social que los trabajadores nacionales o los residentes originarios.

En Oficina Nº 1, Otero Silva describe este crisol humano donde las diferencias se combinan de formas complejas, a veces conflictivas y a veces colaborativas donde las poblaciones locales conviven con empleados de la compañía, artesanos y trabajadores informales coexisten con técnicos norteamericanos, y se entrelazan modos de vida rurales con prácticas introducidas por la industria moderna.

Los trabajadores en muchos casos eran destinos a barracas precarias, con sueldos muy inferiores a los técnicos extranjeros y estaban expuestos a constantes accidentes sin ningún tipo de protección en un sistema que tenía elementos de segregación y discriminación.

La presencia del béisbol en esos escenarios no eliminaba las desigualdades intrínsecas al mundo petrolero —las diferencias de salario, las distancias entre los espacios de vivienda, las jerarquías de trabajo—, pero funcionaba como uno de los pocos espacios públicos donde la normalización de la interacción cotidiana podía ocurrir de manera más horizontal que vertical. Los juegos se convertían en situaciones de cooperación y competencia simbólica compartida, en las que campesinos, obreros, técnicos y gerentes podían reconocerse primero como seres humanos antes que como categorías sociales de un sistema hegemónico.

Fue tan así que, en el corazón del Zulia, una de las regiones petroleras más importantes de Venezuela, entre el olor a crudo y el murmullo constante de las bombas petroleras, surgió algo inesperado. No era un simple juego; era la promesa de identidad, de comunidad y de modernidad. Maracaibo, con su inmenso lago y sus calles, vio nacer en 1913 el primer torneo formal de béisbol, un evento que reunió a trabajadores, inmigrantes, comerciantes y soñadores bajo el mismo cielo, con el mismo bate y la misma pelota bajo un intenso calor.

Aquella liga no solo organizaba partidos; creaba rituales, memorias y vínculos. Entre el zumbido de los motores de las refinerías y el ir y venir de los carros, el béisbol enseñaba cooperación, disciplina y orgullo. 

Cada lanzamiento era un acto de precisión, cada carrera una pequeña victoria compartida, y cada juego un escenario donde la diversidad social del Zulia se transformaba en comunidad dentro de una Venezuela que se cohesionaba y deja de ser ese país archipiélago.

Con los años, esa tradición se consolidó, y equipos como las Águilas del Zulia se convirtieron en emblemas de la región, recordando que la pasión por el deporte nació entre el petróleo, las calles y la gente que soñaba en grande. Allí, en Maracaibo, se entendió temprano algo que hoy seguimos celebrando y es que el béisbol no solo construye campeones, sino sociedades que aprenden a jugar juntas, a pesar de sus diferencias

El béisbol se consolidó como parte de la identidad venezolana moderna vinculada a la prosperidad petrolera. Cada éxito internacional, desde ligas menores hasta selecciones nacionales en torneos globales, era percibido como un símbolo de la capacidad del país para competir en escenarios globales, era reflejo de la riqueza y proyección que el petróleo había proporcionado a una sociedad rural que estuvo atrapada en décadas de conflictos internos y guerras civiles.

Allí, en medio del calor y del crudo, se aprendía algo que no estaba escrito en los reglamentos de la compañía ni en los manuales de procedimientos y era que la identidad se construye también en comunidad, en la interdependencia de la acción y en la alegría compartida, sin necesidad de borrar la diversidad ni las heridas históricas. Como en Sudáfrica en 1995 o Belfast en 1986, el béisbol se convertía en un laboratorio de convivencia, un lugar donde jugar juntos podía enseñar más sobre humanidad que cualquier oficina o jerarquía laboral.

Hoy, cuando la selección de Venezuela gana un Clásico Mundial de Béisbol, no solo celebra el deporte; celebra una historia de interdependencia entre la industria petrolera y la identidad nacional, donde el béisbol fue vehículo de integración social, modernidad y orgullo colectivo. La alegría no es superficial, pues es el fiel eco de décadas donde el trabajo, la economía y la cultura se entrelazaron para construir lo que significa ser venezolano.

Esta capacidad del deporte —en particular del béisbol— para tejer redes de convivencia en un entorno caracterizado por la estratificación económica y cultural recuerda, a escala local, lo que en otros contextos históricos han significado ciertos eventos deportivos como espacios de sincronización emocional entre grupos sociales diversos. Por ejemplo, el rugby en Sudáfrica o el fútbol en Irlanda del Norte.

En los campos petroleros, el béisbol funcionaba como un contexto relacional capaz de minimizar temporalmente las diferencias y producir experiencias compartidas donde la identidad común de ser participantes del juego podía articular una convivencia más cercana que la que imponían las estructuras laborales o los estereotipos culturales.

Sin embargo, además del poder de integración que ha tenido el béisbol, hoy quiero invitarlos a un viaje en el tiempo para hablar del deporte como un elemento fundamental para la paz, la construcción de confianza y la reconciliación. No se trata únicamente del béisbol; también lo han sido el fútbol y el rugby. Por eso, nos adentraremos en dos experiencias históricas que nos enseñan el poder transformador del deporte como elemento de cohesión, incluso en momentos de conflicto, crisis y dificultad. Concretamente iremos a Irlanda del Norte en 1986 y a Sudáfrica en 1995.

Belfast, Irlanda del Norte en 1986: fútbol entre muros y escombros

Imagina Belfast en 1986. No en un mapa, sino en sus frecuencias.

En una calle de Falls Road, una mujer abre la ventana y sale el murmullo de una radio. Es Sunday Bloody Sunday, de U2, que resuena sobre los muros pintados con consignas y nombres de caídos. El ritmo de la batería parece replicar los golpes de la ciudad, el pulso de una rutina atravesada por alarmas y disparos.

A solo unas cuadras, en Shankill, un niño escucha a Van Morrison, sus notas melancólicas suavizan por un instante el sonido de la patrulla militar británica que pasa. La música no cambia la política; solo atraviesa las realidades.

Los taxis y buses evitan ciertas calles después de las seis. Los pubs cierran temprano. Cada paso está calculado. Los muros —los peace walls— dibujan territorios invisibles y la ciudad se mueve al compás de la desconfianza entre personas profundamente rotas y heridas. 

Y en medio de todo, hay fútbol.

No uno cualquiera. La selección de fútbol de Irlanda del Norte viaja a México para disputar el Mundial. Para muchos, es solo otro torneo. Para quienes quedan en Belfast, es un acto de magia silenciosa, algo casi utópico, hablamos de  un equipo donde protestantes y católicos entrenan juntos, dependen unos de otros, confían en pases que atraviesan líneas invisibles de división.

En Belfast, el 14 de junio de 1986, la ciudad amanecía entre sirenas y pasos apresurados sobre adoquines húmedos, hacía frío. 

Los muros pintados con consignas y nombres de víctimas recientes parecían vigilar cada movimiento. El IRA operaba en las sombras planificando el próximo golpe, los paramilitares de la Mano Roja del Ulster levantaban barricadas y fijaban objetivos en barrios católicos, y cada control militar británico en la calle tenía su riesgo.

En ese escenario, Radio Belfast cortaba la rutina con voz grave:

“Buenos días, Belfast. Reportes de enfrentamientos entre el IRA y las fuerzas de seguridad británicas son  tres heridos en Falls Road. En Shankill, la Mano Roja del Ulster mantiene bloqueadas varias calles. Mantengan las ventanas cerradas y los oídos atentos”.

Pero a través del transistor, otra frecuencia se abrió paso con un tono diferente, era la narración del Mundial de México 1986. La voz del comentarista cortaba la tensión:

“Y allí va Norman Whiteside, se quita a tres defensas de encima y dispara ¡paradón de Argelia! Qué reflejos, qué seguridad bajo los tres palos.”

A pesar de que católicos y protestantes se enfrentaban en las calles, la gente veía y escuchaba algo diferente en la radio, se trataba de católicos y protestantes jugando juntos, entendiéndose y confiando los unos en los otros. Aquello fue sumamente poderoso. No había malas palabras o etiquetas; solo existía la intención de jugar, de defenderse y de atacar juntos bajo un objetivo común.

En casas de Falls Road y Shankill, católicos y protestantes escuchaban el mismo relato. Silencio absoluto. Por noventa minutos, la ciudad cambió de frecuencia. Los muros seguían ahí, el conflicto seguía ahí, pero dentro de cada hogar, la prioridad era otra: el fútbol, la emoción y la esperanza compartida.

Los nombres de Pat Jennings, Mal Donaghy, Jimmy Quinn y Norman Whiteside resonaban como símbolos de un nosotros práctico. No resolvían conflictos, pero enseñaban que la cooperación y la confianza podían funcionar incluso en medio de la división más profunda. Por un instante, la ciudad había aprendido a coexistir.

El vestuario se convierte en territorio neutral. Allí no hay murales políticos, ni patrullas, ni consignas; solo instrucciones, estrategia, no para fijar la próxima bomba, protesta o ataque, el discurso versa sobre la urgencia del próximo partido. La identidad, que en las calles determina riesgo y supervivencia, se reconfigura. Por noventa minutos, lo que significa “nosotros” deja de depender de la religión, del barrio y del apellido.

Mientras en México se juegan los partidos, en Belfast las radios transmiten goles y atajadas, y por primera vez en semanas, meses, años, millones de personas en distintos barrios sienten algo parecido. Un mismo ritmo, una misma tensión, una misma emoción.

No se resuelven conflictos. No desaparecen los muros.

Pero algo sucede.

Algo que ni la política ni la historia logran imponer, se trata de un instante donde coexistir es posible, donde lo común se siente real aunque sea breve, y donde un equipo de fútbol puede ofrecer un ensayo de comunidad en medio de la fractura.

El vestuario como territorio neutral y el eco de una época

Hay momentos históricos en los que distintas corrientes —políticas, culturales, filosóficas— parecen converger sin coordinarse. La Irlanda del Norte de los años ochenta fue uno de esos momentos.

Mientras The Troubles continuaba marcando la vida cotidiana con una lógica binaria —nosotros o ellos—, en otros planos emergían ideas que cuestionaban precisamente esa rigidez.

El vestuario de la selección nacional, sin saberlo, se convirtió en un pequeño laboratorio donde esas tensiones se ponían  bajo cuestionamiento.

Emerge así la crisis de los grandes relatos y se da inicio a un pequeño paso en desarmar las narrativas que alimentan el conflicto. Los pases, las faltas recibidas, los balones despejados son un atentado contra el discurso de las lógicas binarias que predican el conflicto en un plano existencial basado en el odio y la intolerancia.

La crisis de los grandes relatos y el desplazamiento de las narrativas binarias 

En 1979, Jean-François Lyotard publicó su ensayo titulado La condición posmoderna. Su tesis central era simple y disruptiva, se fundamentaba en que las grandes narrativas —religión, ideología, nación— estaban perdiendo su capacidad de organizar la realidad.

En Irlanda del Norte, esas narrativas seguían vivas, incluso exacerbadas. Ser unionista o republicano no era una opinión: era una estructura de vida.

Pero la selección de fútbol introducía algo distinto.

No reemplazaba esas narrativas, pero las suspendía momentáneamente. En el campo, no se jugaba por una visión histórica del Estado, sino por algo mucho más inmediato: el partido.

Ese desplazamiento —de lo absoluto a lo contingente— es profundamente posmoderno.

Identidad como construcción, no destino o definición absoluta 

Al mismo tiempo, pensadores como Michel Foucault venían cuestionando la idea de identidades fijas. Para Foucault, las identidades no son esencias inmutables, sino construcciones históricas, atravesadas por relaciones de poder.

Tanto en Belfast como en Venezuela, esa idea parecía difícil de sostener. Las identidades estaban cristalizadas, reforzadas por décadas de conflicto.

Y sin embargo, en el vestuario de la selección, ocurría algo que dialoga con Foucault: las identidades no desaparecían, pero se reconfiguraban.

Un jugador podía ser protestante o católico fuera del campo. Pero dentro, era lateral, delantero y portero. Su función en el equipo reorganizaba —temporalmente— su lugar en el mundo.

No es que la identidad se borrara. Es que dejaba de ser total y un marco de definición absoluta.

El lenguaje, el silencio y lo compartido

En esos mismos años, Ludwig Wittgenstein —aunque de una generación anterior— se volvía cada vez más influyente en la forma de pensar el lenguaje.

Su idea de que el significado surge del uso, de los “juegos de lenguaje”, ayuda a entender lo que ocurría con el fútbol.

El conflicto en Irlanda del Norte estaba saturado de lenguaje: discursos, consignas, etiquetas y narrativas históricas que promovían la deshumanización del otro 

El fútbol, en cambio, operaba con otro tipo de lenguaje.

Un pase.

Una señal.

Un movimiento coordinado.

No hacía falta traducir posiciones ideológicas. El sentido emergía de la práctica compartida.

Era un lenguaje más básico, pero también más accesible con menos prejuicios y precondiciones.

La literatura de la fractura

Mientras tanto, la literatura irlandesa capturaba esa misma tensión desde otro ángulo.

Seamus Heaney, premio Nobel y nacido en Irlanda del Norte, escribía sobre la violencia sin convertirla en consigna. Sus poemas exploraban la memoria, la tierra, el peso de la historia.

No ofrecían soluciones. Ofrecían complejidad.

En textos como Punishment, Heaney se enfrenta a la violencia sin justificarla ni simplificarla. Reconoce su propia ambigüedad como observador.

Esa ambigüedad también estaba presente en la selección.

El equipo no era “neutral” en un sentido absoluto. Estaba atravesado por la misma historia que el resto de la sociedad. Pero, como en la poesía de Heaney, se movía en un espacio intermedio, incómodo, difícil de clasificar.

Música: la emoción antes que la ideología

Si la filosofía cuestionaba y la literatura matizaba, la música amplificaba.

U2 no ofrecía un programa político claro en Sunday Bloody Sunday. Lo que hacía era otra cosa: transformar la violencia en experiencia emocional compartida.

“I can’t believe the news today…”

La canción no resolvía el conflicto. Pero lo hacía audible de una forma que trascendía las posiciones.

Algo similar ocurría con el fútbol.

No eliminaba las diferencias, pero generaba una emoción común que no necesitaba ser traducida ideológicamente.

Coexistencia como experiencia, no como teoría

Lo más relevante de todo esto es que la coexistencia no apareció como un discurso.

No hubo manifiestos.

No hubo tratados.

Hubo práctica.

Entrenar juntos.

Confiar en el otro.

Representar algo común sin estar de acuerdo en qué significa exactamente ese “común”.

Eso conecta con una intuición clave de muchas corrientes contemporáneas donde  la realidad social no se transforma solo a través de ideas, sino a través de prácticas compartidas.

Pensar después de jugar

Cuando terminó la Copa Mundial de la FIFA 1986, la selección volvió a una Irlanda del Norte que seguía siendo profundamente dividida.

Pero algo había quedado.

No una teoría.

No una solución.

Sino una experiencia que podía ser pensada después.

Como en la filosofía.

Como en la literatura.

Como en la música.

La certeza de que, incluso en contextos donde todo parece definido por la diferencia, existen espacios donde esa diferencia puede reorganizarse.

Brevemente.

Imperfectamente.

Pero de forma real.

Y a veces, en la historia de los conflictos, eso es el comienzo de algo más profundo y transformador 

Un eco de la historia 

Casi cuatro décadas después, en otro contexto completamente distinto —pero con tensiones propias— el deporte volvió a funcionar como escenario de experiencias sociales compartidas.

El zumbido de las radios de Belfast aún se escucha en la memoria, mezclado con el eco de los pasos apresurados por calles vigiladas. Ahora imagina otro escenario, casi cuarenta años después en Miami, marzo de 2026. El LoanDepot Park lleno de luces, cámaras, gritos y banderas tricolores. El corazón de Venezuela, y de su diáspora, latiendo a la misma velocidad que el de los jugadores en el diamante.

En Belfast, los espectadores escuchaban goles en frecuencias compartidas; en Miami, los venezolanos miran cada lanzamiento, cada swing, cada deslizamiento hacia la base con el mismo asombro colectivo. El estadio vibra, las redes sociales explotan, los teléfonos transmiten la misma emoción en Caracas, Valencia, Maracaibo o Maracay, y hasta en ciudades tan lejanas como Madrid o Bogotá.

Los nombres se vuelven símbolos: Eugenio Suárez, Maikel García y Ronald Acuña Jr., no son solo jugadores; son catalizadores de una experiencia compartida que suspenden diferencias, ideologías, partidos políticos. Por unos minutos, las grietas internas del país dejan de importar. Las disputas se silencian. La celebración es simultánea, colectiva, irrepetible. Lo mismo ocurrió en Irlanda del Norte con nombres como Pat Jennings, Norman Whiteside o Jimmy Quinn.

Como en Belfast, no se borran las tensiones previas. La crisis económica, la polarización política, la injusticia, el sectarismo y la diáspora, siguen ahí. Pero el béisbol crea lo que el conflicto no puede y se trata de una sincronía emocional. Un espacio compartido donde millones sienten lo mismo al mismo tiempo. Donde “nosotros” no es una construcción ideológica, sino una experiencia vivida, sentida en el pecho y en las manos, en la voz que grita ¡Venezuela! al unísono.

En el Clásico Mundial de Béisbol 2026, celebrada la final en el LoanDepot Park de Miami entre Venezuela y Estados Unidos, la selección venezolana alcanzó su primer título en la historia de la competencia, derrotando al equipo anfitrión 3–2 en un juego cargado de dramatismo y pasión. 

Para millones de venezolanos dentro y fuera del país, ese triunfo no fue solo una victoria deportiva. Fue un momento colectivo de identificación y emoción compartida —un momento donde las diferencias internas, las fracturas sociales, la diáspora, las injusticias y la polarización política quedaron suspendidas por un instante. 

En Caracas, en Miami, en Bogotá, en plazas de ciudades lejanas, la bandera venezolana ondeó con una sincronía emocional que trascendió discursos políticos. Hubo quienes celebraron dejando de lado discusiones cotidianas, otros que se encontraron en plazas públicas con desconocidos para ver el juego en pantalla gigante, y muchos que pudieron sentir simultáneamente lo mismo: orgullo, esperanza y pertenencia.

Ese momento de sincronía —aunque efímero— recuerda la experiencia de Belfast en 1986. No porque las realidades sean comparables en contenido político o histórico, sino porque ambos instantes muestran cómo el deporte puede generar experiencias compartidas que interrumpen, por un rato, las narrativas fragmentadas que dominan la vida social.

Del “nosotros práctico” al “nosotros emocional

La selección de Irlanda del Norte fue un nosotros práctico —un conjunto que funcionaba como equipo aunque el entorno no lo hiciera. Era coexistencia en la acción: entrenar juntos, depender unos de otros en el campo, coordinar sin exigir acuerdo sobre todo lo demás.

La Venezuela de 2026, por su parte, generó un nosotros emocional a escala global. En un país atravesado por tensiones políticas y sociales profundas, el triunfo no resolvió ninguna estructura de fondo. No saneó diferencias, ni cerró heridas históricas. Pero creó un terreno compartido de alegría, orgullo y pertenencia.

Ese nosotros emocional se vio en mensajes, celebraciones espontáneas en calles y plazas, y en miles de voces que, al mismo tiempo, gritaban ¡Venezuela! como si ese grito fuese la afirmación de un vínculo común más profundo que cualquier división discursiva y de heridas irreparables.

Irlanda del Norte nos enseñó que coexistir es un ensayo, que la práctica puede preceder a la teoría. Venezuela nos recuerda que la emoción compartida puede unir fragmentos de identidad, suspendiendo temporalmente las divisiones.

El deporte no reemplaza la política ni borra las fracturas. Pero crea momentos donde el “nosotros” se vuelve tangible, y donde la sincronía emocional demuestra que, aunque efímera, la unidad es posible.

En Belfast, se aprendió en noventa minutos de fútbol; en Miami, en nueve innings de béisbol. En ambos casos, lo que queda es lo mismo: la memoria de que coexistir y emocionarse juntos es posible, incluso en los contextos más fracturados.

Cuando finalizó el Mundial de 1986, Belfast volvió a sus sirenas, disparos, bombas y muros; cuando terminó el Clásico Mundial 2026, Venezuela volvió a su polarización, la supervivencia y  duros desafíos cotidianos. Pero en ambos lugares quedó un registro de memoria y emociones compartidas, un primer paso hacia la confianza en medio de un profundo dolor .

Sudáfrica: el rugby y el factor Ubuntu

Sudáfrica, 1995. Apenas un año después de la elección histórica de Nelson Mandela, la nación seguía profundamente marcada por décadas de apartheid. 

Imagina a Sudáfrica en los primeros años de los noventa. Un país donde la piel define no solo tu identidad, sino también tu acceso al mundo donde los barrios, las escuelas, los empleos, hasta los sueños. Durante casi medio siglo, el apartheid había tejido una red de leyes, costumbres y violencia que separaba blancos y negros, ricos y pobres, opresores y oprimidos. Cada ciudad era un mosaico de guetos, murallas, controles policiales y patrullas militares.

La vida cotidiana estaba marcada por la tensión constante. Para los negros, cada paso podía ser observado, cada palabra podía ser castigada. Para los blancos, cada cambio social era un recordatorio de que el privilegio, construido sobre la segregación, comenzaba a desmoronarse. 

Y mientras la transición hacia la democracia avanzaba lentamente, la memoria del miedo seguía viva, casi como una sombra constante sobre calles y hogares.

En este contexto, la cultura y la filosofía de la época reflexionaban sobre la desigualdad y la reconciliación. Escritores como J. M. Coetzee exploraban en sus novelas el aislamiento moral y psicológico de la segregación, mientras pensadores sociales debatían sobre la justicia, la identidad y la memoria histórica. El arte, el teatro y la literatura buscaban interrogar la idea de “pertenencia” y la posibilidad de un nosotros que no estuviera determinado por el color de la piel. En la música, grupos de resistencia y coros comunitarios entonaban himnos que hablaban de unidad, de libertad y de memoria compartida, desafiando la narrativa oficial histórica del Estado afrikaner 

En este paisaje de fractura y esperanza, un elemento inesperado comenzó a emerger como catalizador social: el rugby. 

Tradicionalmente, los Springboks habían sido el símbolo del poder blanco afrikaner, un equipo que representaba exclusión y supremacía. Pero en 1995, la historia estaba a punto de ofrecer un giro simbólico a través de un juego que podía transformarse en un escenario de reconciliación, un laboratorio de convivencia emocional.

El estadio de Ellis Park, en Johannesburgo, estaba lleno hasta los topes. Miles de sudafricanos blancos y negros compartían gradas, aunque con recelo. La selección nacional, los Springboks, había sido durante años un símbolo del poder blanco y la exclusión. Para muchos negros, era un equipo que representaba la opresión. Para muchos blancos, era el orgullo de la nación.

Pero Mandela tenía un plan que consistía en usar el rugby como herramienta de reconciliación. Durante semanas, su mensaje fue claro y era que el equipo no era solo de blancos, ni solo de negros; era de Sudáfrica. La diversidad en el campo podía convertirse en un puente entre comunidades.

El partido que detuvo al país 

La final del Rugby World Cup 1995 enfrentaba a Sudáfrica y Nueva Zelanda. En la ciudad, los noticieros radiaban cada jugada, y millones de sudafricanos seguían el partido pegados a la radio o la televisión. La tensión era tangible: no era solo un juego; era un experimento social.

Dentro del campo, los jugadores blancos y negros del equipo nacional dependían unos de otros como nunca antes. Cada acción requería confianza absoluta. Cada pase era una declaración silenciosa de unidad. No había tiempo para la desconfianza histórica; solo existía el juego, la estrategia y el objetivo común.

En las gradas y en las casas, la gente comenzó a ver algo que desafiaba décadas de división: sudafricanos de distintos colores celebrando juntos un try, animando en voz alta a los mismos jugadores, compartiendo el mismo orgullo. La tensión del pasado no desapareció, pero se transformó momentáneamente en emoción colectiva.

Un símbolo de reconciliación

Cuando Sudáfrica ganó 15–12 en tiempo extra, el país explotó en júbilo. Mandela, con la camiseta verde de los Springboks, se acercó al capitán Francois Pienaar y le entregó la copa. La imagen fue poderosa: un hombre negro, presidente, abrazando a un jugador blanco, símbolo de una nación fragmentada que intentaba unirse.

El rugby no resolvió los problemas estructurales del país ni borró el racismo de la sociedad. Pero creó un espacio simbólico y emocional donde las divisiones podían suspenderse, donde la experiencia compartida superaba los prejuicios. Por noventa minutos, Sudáfrica vivió un nosotros que antes parecía imposible.

El factor Ubuntu 

En las lenguas zulú y xhosa del sur de África existe una palabra que no se traduce fácilmente, pero que contiene una visión completa del ser y el mundo: Ubuntu —literalmente, “yo soy porque nosotros somos” — umuntu ngumuntu ngabantu

Ubuntu fue una de las ideas que acompañó el tránsito histórico de Sudáfrica desde los años finales del apartheid hasta la transición democrática: una convicción de que nadie es verdaderamente humano en aislamiento, sino siempre en relación con los demás, y de que el bien común es también el bien propio

Cuando Sudáfrica levantó la Copa Mundial de Rugby en 1995, esa filosofía no era solo un concepto abstracto en libros o discursos políticos. Estaba viva en la experiencia misma del juego a través de los pases entre compañeros, en la cooperación táctica, en la solidaridad que el equipo exigía para mantenerse unido ante uno de los oponentes más temibles del torneo.

Ese triunfo no fue únicamente deportivo. Fue, en términos prácticos, una puesta en escena de Ubuntu. Un instante donde personas de diferentes antecedentes, largas décadas de separación y heridas individuales se juntaron bajo una misma camiseta —blanca y verde— y sintieron que su victoria no era solo suya, sino de todos los que los miraban desde fuera.

Cuando Nelson Mandela, encarnación viviente de la filosofía Ubuntu en la política, entregó la copa al capitán Francois Pienaar, de orígen afrikaner, lo que estaba ocurriendo fue más que una celebración deportiva, pues  era una representación simbólica de que la humanidad compartida podía ser un puente incluso entre quienes habían sido segregados por leyes injustas y recuerdos dolorosos, represión y muerte.

Sin embargo, Ubuntu no es exclusivo de Sudáfrica ni de África. Es una filosofía que habla del vínculo humano como fundamento de la existencia, y por eso puede dialogar con experiencias aparentemente lejanas —por ejemplo, con el triunfo de Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol 2026.

Cuando millones de venezolanos —dentro y fuera del país— vibraron con ese título histórico, ocurrió algo similar en la experiencia colectiva, ya que por momentos, las diferencias internas, las tensiones políticas, las contradicciones sociales quedaron en segundo plano, y lo que emergió fue una frecuencia colectiva de emoción compartida.

En ese terreno emocional de celebración y orgullo —donde millones sintieron simultáneamente el mismo latido— se vislumbra un atisbo de Ubuntu en un instante en que las personas se sintieron “uno entre muchos”, no por anulación del yo, sino por reconocimiento de que su alegría dependía de la alegría de todos los demás que celebraban con ellos.

Esa emoción compartida no disuelve las diferencias estructurales ni reemplaza la política, las injusticias o las pérdidas humanas pero genera —como lo hizo el rugby en 1995 en Sudáfrica y el fútbol en Belfast 1986— un ensayo de convivencia, de memoria colectiva basada en recuerdos comunes en un espacio donde la humanidad se experimenta en plural, no en aislamiento. La alegría de uno se vuelve alegría de todos; el orgullo de uno se siente como orgullo colectivo.

Ante esto no podemos olvidar que somos porque existen los demás, y nuestra identidad se construye en la interdependencia de las relaciones humanas. Esta comprensión no es impuesta, ni decretada, ni fundamentada en la anulación de la diversidad; es una constatación de que nuestra humanidad se realiza en comunidad, no en aislamiento.

Partiendo de esa idea —una que resuena con la filosofía Ubuntu, que entiende al ser humano como un ser‑con‑los‑otros—, Venezuela podrá enfrentar los desafíos del futuro. Un país roto, fracturado por heridas profundas e irreparables, tiene ante sí la urgente tarea de remontar la vida y las circunstancias. Se trata de aprender, colectivamente, que “el arte de vencer se aprende en las derrotas”, como lo dijo Simón Bolívar, recordándonos que la victoria no es un destino sino un aprendizaje constante que nace de enfrentar la adversidad con humildad y disciplina. 

Durante décadas los venezolanos han vivido derrotas —en muchas ocasiones, como en un partido interminable, golpe tras golpe, pérdida tras pérdida, fractura tras fractura— donde parecía que cada avance era seguido por un retroceso. El conflicto, la injusticia, las tensiones sociales y económicas parecían cicatrices sin fin; cada tentativa de avance encontraba de nuevo resistencia, desesperanza, pérdida de vidas y dolor.

Tal vez ahora —después de las bombas, las muertes, las prisiones injustas, la injusticia y la precarización de nuestras vidas—, tengamos la oportunidad de ganar nuestro propio campeonato. No un campeonato literal, sino uno simbólico y profundo, habló de construir una sociedad que pueda jugar en conjunto, colectiva y creativamente, sin desprenderse de su identidad, de sus creencias y superando sus heridas.

Como en la Rugby World Cup de 1995 en Sudáfrica o en la experiencia de convivencia forjada por la selección de Copa Mundial de la FIFA 1986 en Irlanda del Norte, donde el deporte fue el escenario en el que personas con pasados marcados por el conflicto pudieron experimentar juntos un nosotros compartido, Venezuela puede encontrar en su diversidad la fuerza para construir sentido común sin borrar lo que nos hace distintos.

Renunciar a esto implicaría no jugar colectivamente —es decir, no reconocer que la verdadera victoria es esa que se construye en la interacción, en la empatía, en el reconocimiento del otro como parte de nosotros mismos. Esta no es una invitación a la homogeneidad, sino a una convivencia creativa donde las diferencias no se enfrentan como enemigos, sino como piezas necesarias de un propósito común.

Así, Venezuela podrá enfrentar sus retos de manera auténtica, no negando su historia ni sus dolores,ni sus pérdidas sino aprendiendo de todo eso para reinventarse, colaborando en lugar de dividirse, y entendiendo que la victoria no es un golpe aislado, sino el producto de la solidaridad, la resiliencia y la interdependencia entre sus ciudadanos.

El lago de los campeones de 2026

Vale la pena recordar que según la última encuesta del PNUD, uno de los principales desafíos para los venezolanos en su interrelación como sociedad es la confianza. En contextos de conflicto, lo que se rompe primero no es solo el orden institucional, sino la confianza entre las personas, esa certeza de que el otro no representa una amenaza, de que su palabra tiene valor y de que es posible convivir sin recurrir a la violencia. Por eso, construir paz no comienza necesariamente con tratados o decretos, sino con la reconstrucción de vínculos.

La confianza permite algo fundamental: reducir la incertidumbre sobre las intenciones del otro. En escenarios donde históricamente ha existido miedo, resentimiento o traición, cada gesto de cooperación —por pequeño que sea— tiene un valor acumulativo. Es lo que hace posible sentarse a negociar, cumplir acuerdos y sostener procesos a largo plazo.

La paz no se limita a la ausencia de violencia; implica la capacidad de convivir, cooperar y construir proyectos comunes. Y eso solo es viable cuando existe un mínimo de confianza mutua. Sin ella, las diferencias se perciben como amenazas; con ella, pueden transformarse en diversidad productiva

Uno de los legados más importantes de este equipo de Venezuela campeón es precisamente la capacidad de confiar en el otro para alcanzar un objetivo común. Los arquitectos del hito se convirtieron en un ejemplo de la práctica de la confianza para superar obstáculos y adversidades. Aquí es donde el deporte, como hemos visto, juega un papel clave creando entornos donde la confianza se practica de manera casi intuitiva. Para jugar, es necesario confiar; para ganar, es imprescindible cooperar. Además se brinda un entorno de condiciones para que los aficionados en este caso los venezolanos se sumen y apoyen lo mismo.

La paz es algo que se construye; no se decreta, ni se impone, y mucho menos significa renunciar a las creencias o ideas propias. Representa, en cambio, la posibilidad de un futuro compartido frente a los retos que nos esperan como venezolanos, en un mundo marcado por la guerra y con escaso margen para el diálogo y el entendimiento.

Uno de los mayores retos en sociedades marcadas por el conflicto es que la desconfianza no es solo presente, sino también memoria acumulada. Las heridas, las injusticias y las experiencias pasadas condicionan la manera en que se percibe al otro.

Por eso, construir confianza no significa olvidar, sino reconfigurar la relación con el pasado. Implica reconocer el daño, pero también abrir la posibilidad de un futuro distinto. Es un proceso lento, gradual y muchas veces frágil, pero absolutamente necesario.

Porque, al final, toda sociedad que logra superar sus fracturas lo hace sobre una base sencilla pero profundamente exigente: la decisión de creer que es posible convivir con el otro, incluso después del conflicto.

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