Escudo de la Agencia Central de Inteligencia. Fotografía: redes sociales
Guacamaya, 16 de enero de 2026. El encuentro entre John Ratcliffe, director de la C.I.A., y la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, se convirtió en la señal más clara hasta ahora de la estrategia de la administración Trump: cooperación en seguridad e inteligencia y apoyo a una transición controlada que priorice la estabilidad tras la captura de Nicolás Maduro.
La visita del director de la Agencia Central de Inteligencia (C.I.A.), John Ratcliffe, a Caracas y su reunión con la presidenta interina Delcy Rodríguez representan un hito en la relación entre Estados Unidos y Venezuela tras la captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses hace casi dos semanas. Se trata del funcionario estadounidense de más alto rango y del primer miembro del gabinete en viajar al país desde el operativo que alteró por completo el tablero político venezolano.
En el pasado el gobierno encabezado por Nicolás Maduro y su antecesor Hugo Chávez responsabilizaron a la CIA de apoyar conspiraciones para derrocarles y de efectuar sabotajes en el país.
El encuentro se produjo un día después de una llamada telefónica entre el presidente Donald Trump y Rodríguez, y coincidió con la reunión del mandatario estadounidense con María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, en Washington. La secuencia diplomática revela un enfoque dual: diálogo con la oposición, pero reconocimiento práctico del poder que hoy ejerce el gobierno interino en Caracas.
Según un funcionario estadounidense que habló bajo condición de anonimato al NY Times, Ratcliffe acudió a la reunión por instrucciones directas de Trump para transmitir la expectativa de una “mejor relación laboral” entre ambos gobiernos. En la conversación se abordaron temas clave como la cooperación en inteligencia, la estabilidad económica y la necesidad de impedir que Venezuela continúe siendo un refugio para redes criminales y narcotraficantes.
Para la administración Trump, la reunión constituye un gesto de respaldo político a Rodríguez y a su capacidad para mantener el control del Estado en una etapa de transición delicada. Desde el verano pasado, altos funcionarios estadounidenses discutían cómo evitar un colapso institucional tras la eventual salida de Maduro, en paralelo a la planificación de una ofensiva usando el pretexto de “operación antidrogas” que finalmente desembocó en su captura.
En esos debates internos, la experiencia de Irak fue citada reiteradamente como advertencia. Funcionarios temían que desmantelar el aparato estatal venezolano o imponer de inmediato un liderazgo opositor sin control territorial derivara en una espiral de violencia e inestabilidad, similar a la que siguió a la caída de Saddam Hussein.
Evaluaciones tempranas de la C.I.A. describieron a Rodríguez como una dirigente pragmática, más inclinada a la negociación que a la confrontación ideológica. Esa percepción facilitó contactos previos con enviados de la Casa Blanca, incluidos intentos de negociación para una salida pactada de Maduro, que no prosperaron pero dejaron abierta una vía de comunicación.
El respaldo implícito que supone la reunión de Ratcliffe con Rodríguez ha generado malestar en sectores de la oposición, cuyos seguidores esperaban que Estados Unidos impulsara de inmediato la instalación de Edmundo González en el poder. No obstante, los estadounidenses sostienen que, en el corto plazo, la prioridad es preservar el orden y la funcionalidad del Estado.
Mientras el presidente Trump ha puesto el acento en el potencial económico y petrolero de Venezuela, el secretario de Estado Marco Rubio ha reiterado su apoyo a una eventual “transición democrática”. Según un alto funcionario, esa transición llegará más adelante. Por ahora, la reunión en Caracas deja claro que Washington ha optado por una estrategia de estabilidad negociada, con Delcy Rodríguez como pieza central del proceso.







