Escalada en el Golfo Pérsico reconfigura el mapa energético ¿una ventana de oportunidad para el crudo venezolano?

La escalada de tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán genera fuertes repuntes en los precios del petróleo y restricciones en la cobertura de riesgos marítimos en el Golfo Pérsico. Fotografía: compartida por habitante de Teherán en la red social X.

Guacamaya, 4 de marzo de 2026. La reciente escalada de tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán amenaza no solo la estabilidad geopolítica de Oriente Medio, sino también los mercados energéticos globales. Mientras los precios del petróleo muestran fuertes repuntes y las aseguradoras marítimas restringen la cobertura de riesgo de guerra en el Golfo Pérsico, expertos advierten sobre la fragilidad del régimen iraní y los posibles escenarios tras la salida del ayatolá Alí Jamenei. En este contexto, Venezuela emerge como un actor estratégico capaz de influir en la oferta mundial de crudo, ante la posibilidad de interrupciones prolongadas en el estrecho de Ormuz.

1. Crisis en el estrecho de Ormuz

Según estimaciones de analistas de JPMorgan, los principales productores de petróleo del Golfo Pérsico solo podrían sostener sus niveles actuales de producción durante un período limitado —aproximadamente 25 días— en caso de un cierre total del estrecho de Ormuz como consecuencia de la escalada militar en la región. Superado ese umbral, las restricciones de almacenamiento obligarían a paralizar progresivamente la producción ante la imposibilidad de evacuar el crudo hacia los mercados internacionales.

El análisis se produce en un contexto de alta tensión tras los ataques lanzados por Estados Unidos e Israel contra Irán durante el fin de semana, seguidos por una respuesta iraní con misiles dirigidos hacia varios países del Golfo, entre ellos Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin. El presidente Donald Trump declaró que las operaciones militares continuarán hasta alcanzar los objetivos estratégicos definidos por Washington.

Aunque el estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado— no ha sido formalmente clausurado, el tránsito de buques petroleros se ha reducido significativamente debido a una suspensión preventiva adoptada por navieras y armadores. De acuerdo con JPMorgan, los flujos de exportación se contrajeron hasta alrededor de 4 millones de barriles diarios, muy por debajo del promedio habitual cercano a 16 millones de barriles diarios que cruzan esta vía estratégica.

En términos estructurales, cerca de 19 millones de barriles diarios de combustibles líquidos —incluidos unos 16 millones de barriles diarios de crudo— dependen de esta ruta marítima. Si bien países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos cuentan con infraestructuras de oleoductos que permiten desviar parte de sus exportaciones hacia rutas alternativas, la capacidad disponible es limitada y no compensa plenamente un eventual cierre prolongado.

En conjunto, los siete principales productores del Golfo como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Kuwait, Catar, Omán e Irán, disponen de una capacidad estimada de almacenamiento en tierra de aproximadamente 343 millones de barriles, lo que equivale a unos 22 días de producción en ausencia de exportaciones. Opciones adicionales de almacenamiento flotante —incluyendo alrededor de 60 petroleros vacíos en la región con capacidad para absorber unos 50 millones de barriles— podrían extender ese margen entre tres y cuatro días adicionales.

El escenario descrito evidencia la extrema sensibilidad del mercado energético global ante cualquier interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz y refuerza la dimensión sistémica del conflicto en curso.

La escalada de tensiones en Oriente Medio no solo está generando impactos inmediatos en los precios del crudo, sino que podría alterar de manera profunda la arquitectura misma del mercado petrolero global, desde el comercio físico hasta los instrumentos financieros derivados. En este contexto, los participantes del mercado —productores, refinadores, comercializadores e instituciones financieras— se ven obligados a replantear tanto las rutas logísticas del suministro como las estrategias de cobertura ante un entorno caracterizado por una incertidumbre extrema.

A diferencia de los mercados bursátiles, donde los precios a futuro suelen interpretarse como indicadores de expectativas, en el mercado petrolero la curva forward cumple principalmente una función de cobertura. Por ello, cuando aumentan los riesgos geopolíticos, los ajustes más significativos no siempre se reflejan en el precio spot del barril, sino en la forma de dicha curva y en el comportamiento del mercado de opciones. En escenarios de crisis, los operadores recalibran sus posiciones para protegerse frente a posibles interrupciones del suministro o a cambios abruptos en la demanda, lo que provoca un aumento de la volatilidad implícita y la proliferación de estructuras complejas de derivados.

¿Qué pasa con el petróleo?

El petróleo es particularmente vulnerable a las tensiones internacionales debido a que una porción sustancial del suministro mundial transita por puntos geográficos altamente sensibles, como el estrecho de Ormuz. Incluso la mera posibilidad de una interrupción en estas rutas puede alterar los flujos comerciales y los precios antes de que se produzca una pérdida efectiva de producción. En tales circunstancias, los indicadores más reveladores del mercado suelen encontrarse en la estructura temporal de precios y en el comportamiento de las opciones, que en la última década se han convertido en herramientas centrales para la gestión del riesgo en el sector energético.

Más allá de la volatilidad general, un elemento clave es la llamada asimetría o “skew”, que refleja la diferencia entre la volatilidad implícita de las opciones de compra (call) y de venta (put) fuera del dinero. Este indicador permite inferir qué tipo de riesgo perciben como dominante los participantes del mercado. Cuando prevalece el temor a interrupciones del suministro —por ejemplo, ante la posibilidad de un cierre del estrecho de Ormuz— los operadores tienden a adquirir opciones de compra para protegerse frente a un fuerte aumento de los precios, elevando así la volatilidad implícita de estas opciones y generando un sesgo alcista.

Sin embargo, este patrón puede invertirse rápidamente si el conflicto amenaza con afectar el crecimiento económico global o desencadenar inestabilidad financiera. 

2. Impacto en precios y mercados

El crudo Brent registró aumentos de hasta un 10 % en una sola jornada, y varios analistas anticipan que podría acercarse o superar los 100 dólares por barril si la interrupción del suministro se prolonga. Otros escenarios más conservadores sitúan el rango entre 85 y 90 dólares.

En este contexto, la alianza OPEP+ —que incluye a países como Arabia Saudita, Rusia, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Kazajistán, Argelia y Omán— ha señalado que continúa monitoreando estrechamente las condiciones del mercado, reiterando la necesidad de actuar con prudencia. Aunque sus comunicaciones oficiales no han aludido directamente al conflicto, autoridades rusas sí han advertido que una interrupción del transporte por el estrecho podría provocar un desequilibrio significativo en los mercados globales de petróleo y gas.

Paradójicamente, algunos productores externos a la región podrían beneficiarse de este escenario. Rusia, por ejemplo, ha visto disminuir sus ingresos petroleros debido a sanciones y a mecanismos como el tope de precios impulsado por el G7. Una reducción del suministro procedente del Golfo podría elevar los precios internacionales y estimular la demanda de crudo ruso, particularmente por parte de China, que necesitaría compensar la pérdida de barriles iraníes u otros proveedores regionales. En consecuencia, la crisis no solo plantea riesgos de seguridad energética, sino también una reconfiguración potencial de los flujos comerciales y de las relaciones geoeconómicas en el mercado mundial de hidrocarburos.

3. Oportunidad para Venezuela

Para Venezuela, un escenario de disrupción prolongada en Oriente Medio presenta efectos ambivalentes. Por un lado, un aumento sostenido de los precios internacionales del crudo podría mejorar los ingresos por exportaciones y aliviar parcialmente las restricciones fiscales y externas del país, especialmente en un contexto de flexibilización parcial de sanciones y reactivación de la industria petrolera. Asimismo, una menor disponibilidad de crudo de Oriente Medio en ciertos mercados podría abrir oportunidades para redirigir exportaciones venezolanas hacia Asia o incluso hacia Europa, dependiendo de las condiciones políticas y logísticas.

Por otro lado, la volatilidad extrema del mercado, el encarecimiento del transporte marítimo y las limitaciones financieras asociadas a sanciones que todavía persisten y riesgos reputacionales o las condiciones propias del país debido a la inestabilidad pueden dificultar la capacidad de Venezuela para capitalizar plenamente estos precios elevados. Además, si el conflicto derivara en una desaceleración económica global, la eventual caída de la demanda energética podría neutralizar los beneficios de un shock inicial de oferta. En consecuencia, el impacto dependerá tanto de la duración de la crisis como de la capacidad operativa y diplomática y de gestión de Caracas para adaptarse a un entorno energético altamente inestable. 

Un aspecto destacado de la evolución energética reciente es la recuperación y expansión de las exportaciones petroleras de Venezuela, tras un período prolongado de aislamiento y sanciones.

Según datos compilados por la firma de inteligencia marítima Kpler, las exportaciones diarias de crudo de Venezuela se incrementaron de forma pronunciada en febrero, alcanzando aproximadamente 788.000 barriles por día, casi el doble de los 383.000 barriles diarios registrados en enero —el mes en que la administración de Estados Unidos asumió el control de las ventas de crudo venezolano por primera vez tras la captura del presidente Nicolás Maduro. Este nivel representa el máximo de exportaciones en cinco meses. Este repunte se produce en medio de un acuerdo entre Caracas y Washington —tras la captura de Maduro— que permitió la reactivación de ventas petroleras y el regreso del crudo venezolano a mercados que estaban cerrados bajo sanciones.

La agencia Bloomberg indica que la producción venezolana se ha recuperado en parte debido a la llegada de diluyentes esenciales (nafta pesada), que son necesarios para reducir la viscosidad del petróleo extrapesado venezolano y permitir su transporte y procesamiento. En febrero se recibieron cinco cargamentos de diluyentes, frente a dos en enero, mejorando la operatividad de la industria. 

Empresas como Chevron Corporation han desempeñado un rol facilitador en la reactivación del sector, ampliando la exportación y refinación de crudo venezolano hacia refinerías estadounidenses en más de siete años. Además, comercializadoras globales como Vitol Group y Trafigura Group han enviado decenas de millones de barriles a mercados internacionales, fungiendo como intermediarias autorizadas bajo el nuevo régimen de exportaciones. En conjunto, estas operaciones representan la mayor cantidad de petróleo venezolano que ha ingresado a los sistemas de refinación desde antes de las sanciones, y han llevado a que las ventas bajo el acuerdo con Estados Unidos alcancen cerca de 2.000 millones de dólares para fines de febrero.

A pesar de este repunte de exportaciones, el país enfrenta limitaciones estructurales profundas. La infraestructura petrolera venezolana ha sufrido décadas de desinversión, descuido, corrupción y sanciones y buena parte de las cargas exportadas se destinan inicialmente a almacenamiento en terminales en el Caribe, Estados Unidos y buques en alta mar debido a demoras logísticas. En todo caso se habla de potencialidad más no de una realidad inmediata para llenar el vacío que deja el conflicto en Oriente Próximo en el mapa energético.

Es relevante que la primera comunicación de Delcy Rodríguez tras el conflicto en Oriente Próximo haya sido con Catar, y no con Irán. Este hecho constituye una clara declaración de prioridades los países del Golfo continúan situándose como un eje estratégico clave en la política exterior venezolana, tal como hemos venido analizando.

El impacto real para Venezuela y su posterior beneficio está en que el conflicto tienda a prolongarse. Históricamente el país ha vivido etapas de aumento de ingresos petroleros cuando han ocurrido conflictos en Oriente Próximo.

4. Irán en medio de una  transición histórica

Tras la muerte de Ali Jamenei, el poder en Irán ha avanzado en una fase reconfiguración, tras años de una población asfixiada por las sanciones, la mala gestión económica y los fenómenos climáticos el poder en el país está en el ojo de todo el mundo. 

En ese orden de ideas, la situación interna es clave no solo para Irán, también para la región y el mundo 

Según Suzanne Maloney, vicepresidenta de la Brookings Institution, la República Islámica de Irán se encuentra en la antesala de un cambio de liderazgo que podría tener implicaciones regionales y globales. El líder supremo asesinado, Alí Jamenei,  gobernó durante casi cuatro décadas, consolidando el poder clerical y expandiendo la influencia regional iraní.

Maloney advierte que la experiencia de 1979 demuestra los costos de no anticipar adecuadamente una transición iraní. A su juicio, Washington debe prepararse para distintos escenarios, disuadir una escalada impulsada por sectores radicales e incentivar comportamientos más responsables por parte de un eventual sucesor.

Entre los posibles desenlaces menciona tres trayectorias no excluyentes: continuidad del régimen mediante sucesión controlada, toma del poder por las fuerzas armadas o colapso del sistema. La Constitución iraní establece que la Asamblea de Expertos —integrada por 88 clérigos— designa al líder supremo. Sin embargo, el proceso está fuertemente condicionado por estructuras de poder vinculadas al actual liderazgo

En la revista Foreign Affairs, Karim Sadjadpour, investigador del Carnegie Endowment for International Peace, plantea que Irán podría enfrentar no solo un cambio de liderazgo, sino una posible transformación de régimen.

La guerra reciente habría evidenciado la brecha entre la retórica ideológica de Teherán y sus capacidades reales. Ataques israelíes y bombardeos estadounidenses contra instalaciones estratégicas dejaron al descubierto vulnerabilidades militares y limitaciones en el control interno. Para Sadjadpour, la pregunta central es si el sistema teocrático perdurará, mutará hacia una forma menos ideológica o implosionará.

Uno de los escenarios más relevantes contempla el ascenso decisivo del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). En este supuesto, los guardias podrían desplazar progresivamente al clero y redefinir la legitimidad del Estado, sustituyendo la narrativa revolucionaria chií por un nacionalismo iraní centrado en la seguridad y la unidad territorial.

Indica que con 92 millones de habitantes y una economía severamente sancionada, Irán representa la mayor sociedad del mundo parcialmente aislada del sistema financiero internacional. Su moneda depreciada, su limitada integración económica y la censura digital alimentan tensiones internas persistentes.

La eventual transición en Teherán no solo redefinirá la política interna iraní, sino que alterará el equilibrio estratégico regional. El futuro del programa nuclear, la relación con Israel y Estados Unidos, la proyección hacia el Golfo y el papel en redes de aliados no estatales dependerán del tipo de liderazgo que emerja.

Por otro lado, el profesor Mohammad Reza Farzanegan, académico iraní y profesor de economía de Oriente Medio en la Universidad Philipps de Marburgo, advierte que la posible salida del ayatolá Alí Jamenei del liderazgo de Irán no garantiza un colapso rápido ni una transición fluida, como algunas corrientes internacionales podrían suponer. En su artículo de opinión publicado en Al Jazeera, Farzanegan sostiene que “la suposición de que la eliminación de una figura central conducirá a una ruptura breve y decisiva, seguida de una transición fluida, dista mucho de ser cierta” 

El académico recuerda que experiencias recientes en la región, como Afganistán, Irak y Libia, muestran que las intervenciones externas rara vez generan estabilidad inmediata. Afganistán, tras la invasión estadounidense de 2001, enfrentó décadas de conflicto; Irak experimentó múltiples insurgencias tras 2003; y Libia, luego de la intervención de la OTAN en 2011, cayó en una fragmentación prolongada y permanece dividida entre gobiernos rivales. Estos casos sugieren que la desintegración institucional y la ausencia de continuidad administrativa pueden derivar en ciclos prolongados de inestabilidad.

Farzanegan subraya que, a diferencia de estos países, el régimen iraní posee un universo simbólico y religioso robusto, donde la muerte del líder supremo podría interpretarse como un acto martirológico, reforzando cohesión nacional en lugar de provocar un colapso inmediato: “La muerte a manos de supuestos enemigos del islam puede presentarse como una transición redentora, más que como una derrota”

Al mismo tiempo, insiste en que la preservación de la cohesión administrativa y la integridad territorial depende del “Estado profundo” iraní, incluyendo la burocracia civil, la tecnocracia y el aparato de seguridad. La continuidad de ministerios, bancos y gobernaciones regionales sería crucial para evitar una fragmentación total, como la observada en Libia.

En caso de fracaso institucional o de competencia entre el Ejército regular (Artesh) y la Guardia Revolucionaria (IRGC), el país podría enfrentar un ciclo de conflicto persistente, caracterizado por la fragmentación territorial y social. Las minorías étnicas, incluidos baluchis, kurdos y árabes, podrían intensificar demandas separatistas, mientras que milicias locales y grupos armados podrían disputar el control de recursos y territorios urbanos, generando lo que Farzanegan denomina una “guerra de élites” dentro de las instituciones del Estado

El académico también destaca el impacto de décadas de sanciones: la desarticulación de la clase media elimina uno de los estabilizadores sociales tradicionales durante cambios políticos, aumentando la probabilidad de que el vacío de poder sea ocupado por facciones militares radicalizadas o insurgentes descentralizados. Esto refuerza la advertencia de que un cambio violento podría desencadenar un período prolongado de inestabilidad estructural y social, en lugar de una resolución rápida y ordenada

En tal sentido podríamos ver un escenario de conflicto prolongado no solo a nivel externo, también a lo interno de Irán, donde no existe una oposición unificada capaz de tomar el poder y el gobierno actual busca consolidar todas las opciones de resistencia posible .

Los análisis de Suzanne Maloney, Karim Sadjadpour y Mohammad Reza Farzanegan convergen en un punto central: Irán se encuentra ante un momento crítico de transición, con un liderazgo envejecido y un sistema profundamente arraigado que enfrenta presiones internas y externas sin precedentes. Sin embargo, la evaluación de las consecuencias varía según el énfasis que cada autor pone en los distintos factores internos y externos.

Lo que indican los expertos no es que el conflicto sea inevitable ni que se produzca un colapso inmediato; más bien, enfatizan la alta incertidumbre y los riesgos de un período prolongado de inestabilidad estructural y social.

La transición en Irán probablemente será gradual y compleja, y dependerá tanto de la preservación de las instituciones internas como de la capacidad de los actores regionales e internacionales de manejar la presión política y militar.

El análisis indica que el conflicto no es inevitable, pero el potencial de crisis interna y regional es alto, dependiendo de cómo se gestione la transición del liderazgo y la preservación de las instituciones clave.

5. Dimensión geopolítica.

El riesgo en Ormuz y el encarecimiento de seguros marítimos reconfiguran los flujos energéticos. Rusia emerge como beneficiario directo con el alza de los precios clave para mantener su maquinaría de guerra en Ucrania; Venezuela enfrenta una ventana de oportunidad condicionada por su capacidad de sostener, gestionar y direccionar el aumento exportador

Actualmente, el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel está generando repercusiones que se extienden a lo largo de todo Oriente Medio y el Cuerno de África, configurando un entramado geopolítico complejo. Desde Pakistán, con su participación e intervención en Afganistán, hasta India, que ha reforzado sus vínculos estratégicos con Israel, la tensión se proyecta hacia el Mar Rojo, involucrando a Somalia y Somalilandia, esta última reconocida por Israel como Estado soberano para consolidar su influencia frente a los hutíes en Yemen. Paralelamente, la inestabilidad se refleja en Sudán y en el conflicto interno de Libia, donde las dinámicas de poder locales se entrelazan con los intereses de potencias externas.

Estos movimientos no son casuales pues representan una estrategia deliberada de Israel y Estados Unidos para asegurar corredores de influencia, monitorear rutas estratégicas y contener la proyección de Irán en la región. La combinación de alianzas regionales, reconocimientos diplomáticos selectivos y cooperación militar sugiere que la disputa con Teherán no se limita a confrontaciones directas, sino que se está librando a través de un ajuste de balances de poder en múltiples frentes, desde la diplomacia hasta la seguridad marítima y terrestre.

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