Las monarquías del Golfo hacen sus primeras inversiones energéticas en Venezuela tras el 3 de enero

Delcy Rodríguez ha mantenido una estrecha relación con las monarquías de Catar y los Emiratos Árabes Unidos, desde su rol como vicepresidenta ejecutiva. Hoy este vínculo se refuerza con inversiones de los dos países en un proyecto gasífero en Venezuela. En la imagen, Rodríguez junto con el emir de Catar, Tamim bin Hamad Al-Thani, en abril de 2025. Fotografía: Qatar News Agency.

Guacamaya, 15 de agosto de 2026. El 13 de agosto, la multinacional BP junto con dos empresas del Golfo Pérsico, XRG y UCC Oil and Gas, lograron una licencia para explorar y desarrollar la segunda fase del campo costa afuera Loran, en aguas venezolanas.

La firma de XRG, el brazo de inversión de la Abu Dhabi National Oil Company, y UCC, vinculada al emir de Catar, representa la culminación de un largo proceso de acercamiento entre Venezuela y las dos monarquías del Golfo Pérsico, que empezó como intermediación diplomática y se convierte en negocios energéticos.

Detrás del acuerdo hay también una relación personal entre Delcy Rodríguez y el emir Tamim bin Hamad Al Thani que, según ella misma reveló a la revista Time, fue decisiva en las horas más críticas del 3 de enero.

Un acuerdo verdaderamente multinacional

La firma de la Fase II del campo Loran no fue solo un acto protocolar de la industria gasífera. Fue la fotografía de un giro estratégico. Cuando Delcy Rodríguez encabezó el jueves la suscripción del acuerdo entre PDVSA, BP Exploration Caribbean (Reino Unido), XRG (Emiratos Árabes Unidos) y UCC Oil and Gas (Catar), la presidenta encargada eligió deliberadamente el adjetivo “multipolar” para describir el consorcio.

En menos de ocho meses, el gobierno encargado ha pasado de recibir delegaciones del Golfo en Miraflores a integrarlas como socios directos en la explotación de sus yacimientos más codiciados.

El campo Loran, ubicado en alta mar en la Plataforma Deltana, abarca siete yacimientos de gas, de los cuales seis tienen carácter transfronterizo con Trinidad y Tobago. La licencia otorgada a los tres socios habilita la explotación de más de cuatro billones de pies cúbicos de gas. Rodríguez calificó la concesión como un “paso histórico”, ya que el campo permaneció sin desarrollo durante 23 años.

Esta Fase II complementa la licencia concedida en junio pasado a Shell para la Fase I del mismo campo Loran. La directora ejecutiva de BP, Meg O’Neill, participó del acto y calificó de honor la firma del acuerdo, reafirmando el compromiso de acelerar las obras operativas para poner en marcha el potencial energético del área.

El gas producido no estará destinado al mercado interno venezolano, sino que se dirigirá directamente a Trinidad y Tobago, donde se encuentra la planta de licuefacción Atlantic, operada conjuntamente por BP y Shell.

El proceso de licuefacción permite exportar gas natural en embarcaciones en forma de GNL. Venezuela carece de estas instalaciones, que requerirían años y grandes inversiones. Bajo este acuerdo, el recurso saldrá de aguas venezolanas, será procesado en territorio trinitense y Caracas recibirá regalías por su explotación y tránsito.

El acuerdo llega, además, en un momento en que el suministro de hidrocarburos desde Medio Oriente se ha visto complicado por el conflicto entre Estados Unidos e Irán, lo que añade un componente de seguridad energética a la decisión de las petroleras de tanto Europa como el Golfo de diversificar su exposición hacia el Caribe.

Cronología de un acercamiento que ha evolucionado de la intermediación a la inversión

El vínculo de Rodríguez con las monarquías Golfo no nació el 3 de enero. Catar llevaba actuando como intermediario político durante años, cultivando un canal informal entre Caracas y Washington en un momento de máxima tensión diplomática.

Ese rol de intermediación —discreto, sostenido y paralelo a la vía oficial— fue el que le permitió a Doha construir una relación de confianza tanto con el chavismo tardío como, indirectamente, con la Casa Blanca. Ese capital acumulado resultó determinante meses después, cuando la crisis del 3 de enero exigió canales de comunicación inmediatos entre las partes.

A partir de esa fecha, el acercamiento se profundizó en tres planos. Primero, el mismo día de la captura de Maduro, funcionarios cataríes ayudaron a organizar la teleconferencia entre Rodríguez y el secretario de Estado Marco Rubio, un gesto de facilitación diplomática que confirmó a Catar como canal de confianza mutua entre Caracas y Washington.

Segundo, el 13 de enero, apenas diez días después, una delegación emiratí encabezada por Ali Mohammed Al Shamsi, secretario general del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de EAU, se reunió con Rodríguez en Miraflores. Junto con representantes de ADNOC —la matriz de XRG— conversaron sobre opciones de inversión en los hidrocarburos venezolanos.

Y tercero, el 2 de marzo, tras los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán —que incluyeron represalias iraníes contra bases estadounidenses en Bahréin, Catar y Emiratos Árabes—, Rodríguez llamó telefónicamente al emir Tamim para transmitirle su solidaridad y reafirmar que “solo el diálogo y la diplomacia pueden abrir el camino para la paz”, sin mencionar directamente a Estados Unidos ni a Irán en su comunicado.

Esa secuencia —intermediación en la crisis, acercamiento de inversión diez días después, colaboración política en marzo y, finalmente, el consorcio gasífero de agosto— traza una línea recta. No es casualidad, es la consolidación de un eje que empezó como canal diplomático y terminó como socio estructural del nuevo modelo energético venezolano.

Después de los dos terremotos que sacudieron a Venezuela en junio de este año, Catar envió un equipo de rescatistas al país para apoyar en las labores de ayuda y adicionalmente instaló un hospital de campaña para atender a la población venezolana durante un mes. Por su parte, Emiratos Árabes Unidos donó 10 millones de dólares y 70 toneladas de ayuda humanitaria para atender la tragedia.

¿Por qué Catar y Emiratos Árabes importan tanto para la Casa Blanca de Trump?

Para entender porqué Caracas apostó por el Golfo hay que mirar primero hacia Washington. Desde su segundo mandato, Trump ha convertido a Catar y Emiratos Árabes Unidos en dos de los socios más mimados de su política exterior.

Su gira por el Golfo en mayo de 2025 —la primera gran salida internacional de su segundo término— dejó compromisos de inversión combinados por más de dos billones de dólares entre Arabia Saudita, Catar y EAU. Catar comprometió aproximadamente 1,2 billones de dólares en acuerdos de defensa, infraestructura y un histórico pedido de aviones Boeing a Qatar Airways, mientras Emiratos aceleró un compromiso de inversión en Estados Unidos por 1,4 billones de dólares a diez años, concentrado en tecnología, inteligencia artificial e infraestructura energética.

Ese nivel de cercanía económica y personal —que incluye proyectos inmobiliarios ligados a la familia Trump tanto en Doha como en Abu Dabi y Dubái— convirtió a ambas monarquías del Golfo en interlocutores privilegiados de la Casa Blanca en 2026, con capacidad de influir en iniciativas que van mucho más allá de Oriente Medio. Venezuela es uno de ellos.

Que XRG y UCC—esta última no estatal, pero estrechamente vinculada al propio emir Tamim bin Hamad Al Thani y con intereses previos en minería venezolana— sean las primeras firmas del Golfo en invertir directamente en energía venezolana confirma que Doha y Abu Dabi están usando su cercanía con Trump para abrirse paso en un mercado que hasta hace poco les era prácticamente inaccesible por las sanciones estadounidenses. También en la estrategia de Rodríguez de acercarse a los distintos círculos de influencia que orbitan alrededor del presidente estadounidense para seguir ganando espacio.

El vínculo de Rodríguez con el Golfo no nació con la crisis de enero, viene desde la administración Biden con los Acuerdos de Doha, en los que se acordaron la flexibilización de sanciones al sector energético venezolano en 2023 y que fue clave para el regreso de compañías occidentales y especialmente estadounidenses al país. 

En esta etapa Catar llevaba actuando como intermediario político desde al menos abril de 2025, cultivando un canal informal entre Caracas y Washington en un momento de máxima tensión diplomática. Ese rol de intermediación —discreto, sostenido y paralelo a la vía oficial— fue el que le permitió a Doha construir una relación de confianza tanto con el chavismo tardío como, indirectamente, con la Casa Blanca. Ese capital acumulado resultó determinante meses después, cuando la crisis del 3 de enero exigió canales de comunicación inmediatos entre las partes.

La confesión a Time: el emir que le recordó a Delcy su responsabilidad

El perfil que la revista Time dedicó a Delcy Rodríguez a finales de julio, bajo el título que interrogaba su tránsito “de leal a Maduro a representante de Trump”, contiene el episodio que mejor ilustra la centralidad de Catar en esta historia. Rodríguez relató que, en las horas posteriores al traslado de Maduro a Estados Unidos, una de las primeras llamadas que recibió fue la del propio emir Tamim bin Hamad Al Thani, con quien —según sus palabras— ya había cultivado una relación previa. Según contó la mandataria, el emir le hizo saber que la responsabilidad de preservar Venezuela recaía entonces sobre ella.

En la misma entrevista, al preguntársele quién fue la figura clave en esas horas, Rodríguez fue directa y mencionó al emir de Catar. Cuando Time le preguntó si Tamim mantuvo contacto paralelo con la administración Trump, Rodríguez respondió que, según su entendimiento, sí: “el primer ministro catarí sostuvo conversaciones directas con el gobierno estadounidense en ese mismo período”.

Ese testimonio no es anecdótico. Confirma, desde la propia voz de la presidenta encargada, algo que la diplomacia regional ya intuía. Catar no solo colaboró como canal entre Caracas y Washington antes de la crisis, sino que operó como intermediario en tiempo real durante el momento más delicado de enero, y ese vínculo personal entre Rodríguez y el emir sobrevivió —y se profundizó— una vez consolidado el nuevo gobierno.

El patrón que se consolida

Lo que hoy se firma en el campo Loran es, en ese sentido, la traducción económica de una relación construida sobre años de acercamiento e intermediación diplomática. 

Catar cultivó ese vínculo desde su papel como facilitador de canales de comunicación en 2023 hasta el acompañamiento discreto de los primeros días de enero de 2026, y Emiratos Árabes Unidos llegó apenas diez días después de la captura de Maduro, atraído por la oportunidad de negocio en un país donde buena parte de Occidente todavía se movía con cautela. Ambos, además, tienen algo que ofrecer  y es el acceso directo y personal a Donald Trump, algo que Rodríguez parece haber entendido con particular claridad desde antes de enero.

El gas de Loran no llegará al mercado venezolano sino a las plantas de licuefacción de Trinidad y Tobago, sorteando al territorio continental venezolano casi por completo salvo por las regalías. Es, en el fondo, un proyecto que hace sentido tanto económica como políticamente, pues diversifica el suministro energético del Golfo Pérsico ante la inestabilidad con Irán, consolida a Catar y Emiratos como pioneros de la nueva era de inversión extranjera venezolana, y refuerza el capital político que Rodríguez necesita frente a una Casa Blanca que, según ella misma ha reconocido, terminó definiendo el rumbo de su gobierno interino.

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