Los ejes de la nueva política exterior de Delcy Rodríguez

William Serafino es politólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela, y Luis Alejandro Ruiz es periodista principal de asuntos internacionales en Guacamaya, licenciado en Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. Fotografía: Prensa Presidencial.


Guacamaya, 13 de octubre de 2026. La política exterior de la Venezuela gobernada por Delcy Rodríguez exige una atención fundamental por las implicaciones regionales y globales que tendrá su configuración. El 3 de enero de 2026, una operación militar estadounidense en Caracas y otros tres estados terminó con la captura de Nicolás Maduro y de Cilia Flores, trasladados a Estados Unidos para ser procesados. Dos días después, el Tribunal Supremo de Justicia  dictaminó que Delcy Rodríguez “asumiera” la presidencia encargada ante la “ausencia forzada” del mandatario, invocando el artículo 233 de la Constitución, siendo la primera mujer en ejercer el Poder Ejecutivo en la historia venezolana, aunque ella y el propio Maduro insistieron en que este seguía siendo el titular legítimo del cargo.

El primer gesto público de Rodríguez no fue hacia Washington, sino hacia sus aliados históricos. En su juramentación saludó a los embajadores de China, Rusia e Irán, que le ofrecieron respaldo pese a haber denunciado ante la ONU la “agresión armada” estadounidense. Días después recibió al embajador chino, Lan Hu. China es el principal acreedor bilateral de Venezuela.

Moscú condenó la operación como “ilegal” y exigió la liberación de Maduro, aunque el Kremlin evitó respaldo militar; semanas después, Dmitri Peskov confirmó que Rusia mantendría sus inversiones —incluidas plantas de armamento— y que Moscú “conoce muy bien” a Rodríguez, reafirmando su interés de permanecer en Venezuela.

Pese a la pretensión de Washington de desplazar a Rusia y a China, en declaraciones a la prensa, la ministra de Hidrocarburos de Venezuela, Paula Henao, afirmó que el país honrará los acuerdos de producción suscritos con empresas chinas y rusas y que estas continuarán operando con normalidad. Pekín, por su parte, pidió que su relación con Venezuela no se vea afectada por acuerdos o entendimientos con terceros, en una señal de que busca preservar sus intereses estratégicos en el país mientras Caracas profundiza sus nuevos vínculos internacionales.

Los envíos de petróleo a Cuba también se han detenido, un hecho que ha sido presentado por Washington como una victoria.

Washington: la secuencia de visitas y el nombramiento de Plasencia como bisagra

Leídas en conjunto, las visitas estadounidenses no parecen episodios sueltos, sino la ejecución del “plan de tres fases”—estabilización, recuperación, transición— que Marco Rubio presentó como marco bilateral. El 4 de marzo llegó el secretario del Interior, Doug Burgum, con empresarios interesados en el intercambio energético y minero. Poco después, el secretario de Energía, Chris Wright, selló compromisos energéticos para la recuperación productiva. Y el 4 de junio, ya en el terreno de la seguridad, el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, hizo la visita militar de más alto rango en años, mientras Rodríguez viajaba por India.

El nombramiento de Félix Plasencia como canciller, el 14 de julio, se inscribe en la misma arquitectura. No fue un relevo improvisado: diplomático de carrera desde 1991, ya había sido canciller (2021-2022), embajador en China y embajador en Colombia durante la normalización con Gustavo Petro. Pero sobre todo es un vínculo personal de Rodríguez desde que coincidieron en la embajada venezolana en Londres, bajo Rafael Caldera; fue ella quien lo designó, en febrero, encargado de negocios en Washington para reabrir la misión diplomática, tarea que completó al asumir la Cancillería. Plasencia es conocido por desenvolverse con comodidad en los círculos diplomáticos occidentales, cualidad que genera confianza ante Estados Unidos justo cuando el chavismo busca consolidar vínculos con Trump. Su llegada coincidió con la fusión de Exteriores y Comercio Exterior y el desplazamiento de Yván Gil a Ciencia y Tecnología, la jugada estaba diseñada para gestionar a la vez la mesa de Washington, Beijing y el Golfo, que meses después él mismo recorrería.

El punto de mayor tensión y beneficio llegó en agosto, con el anuncio de un acuerdo petrolero de 25 años. Según funcionarios estadounidenses citados por CBS y AP —cifras no confirmadas oficialmente—, el pacto otorgaría una concesión de cien años a una empresa conjunta en la que Estados Unidos controlaría el 55 % de la producción a precio de costo. Rodríguez defendió el esquema afirmando que Venezuela conservaría “la propiedad y la soberanía” de sus reservas, mientras Washington aportaría “capital, tecnología y capacidad operativa”.

En paralelo, Caracas recompuso su relación con la banca multilateral, suspendida desde 2019. FMI y Banco Mundial anunciaron su reanudación el 16 de abril, el BID el 24 de junio, y en julio el país accedió a 346 millones de dólares de sus DEG en el FMI. El 21 de septiembre, en Nueva York, Rodríguez se reunió con Goldfajn (BID), Georgieva (FMI) y Banga (Banco Mundial) para discutir una reestructuración de deuda con el BID cercana a 2.500 millones de dólares.

Rodríguez también desplegó una diplomacia presidencial activa, poco habitual en tiempo reciente. Su gira más relevante fue la visita de cinco días a India, del 3 al 7 de junio, donde Modi la recibió en Nueva Delhi para discutir energía, comercio y renovables. El viaje reflejó un giro comercial notable y es que en apenas dos meses, Venezuela pasó de no venderle petróleo a India a convertirse en su cuarto proveedor, impulsado por las restricciones al estrecho de Ormuz, las sanciones a Irán y a Rusia. El interés de Washington era que India diversificará sus fuentes de energía para reducir el crudo sancionado de esos dos países usando el petróleo venezolano. Desde allí voló, sorpresivamente, a Turquía, y en septiembre asistió a la Asamblea General de la ONU, donde sostuvo el primer encuentro entre un presidente estadounidense y un mandatario venezolano en más de once años.

La contracara fue la llegada de funcionarios extranjeros a Caracas. Apenas diez días después de la captura de Maduro, Rodríguez recibió a embajadores y posteriormente a emisarios de alto rango de la Unión Europea, España, Reino Unido y Suiza para “avanzar en una agenda nueva”. El 24 de abril, Petro fue el primer jefe de Estado en visitar Miraflores tras el 3 de enero, centrado en la seguridad fronteriza del Catatumbo. En julio, una delegación del Congreso estadounidense con varios miembros ligados a AIPAC, la plataforma de lobby pro-israelí en Estados Unidos viajó a Caracas, sumándose a las visitas de Burgum, Wright y Caine ya reseñadas.

Rodríguez también visitó a naciones caribeñas como Grenada, Barbados y Suriname 

El giro hacia el Golfo

En paralelo a Washington, Caracas desarrolló un acercamiento activo a las monarquías del Golfo, en gran medida como vía indirecta de interlocución con Estados Unidos. Plasencia realizó su primera gira internacional por Catar y Arabia Saudita. En Doha se reunió con el emir Tamim bin Hamad Al Thani, continuidad de un vínculo que Rodríguez cultivó desde la vicepresidencia; capital catarí evalúa inversiones en la mina de bauxita de Los Pijiguaos. En Riad discutió inversión en agricultura, turismo, infraestructura y petróleo. Emiratos Árabes Unidos también ha sido central tras los terremotos de junio, Abu Dabi aportó financiamiento para la reconstrucción.

 Israel

Ningún giro resulta tan revelador del aprendizaje del gobierno como el israelí. Venezuela había degradado sus relaciones con Israel en 2006  y las rompió por completo en 2009 tras la ofensiva sobre Gaza.

Ese pilar se resquebrajó tras los terremotos de junio de 2026. Caracas aceptó una misión oficial israelí —el embajador Yoed Magen, el general Elad Edri y el rabino Yosef Garmon—, primer despliegue gubernamental israelí en territorio venezolano desde 2009. Netanyahu anticipó la lectura política: “están reconstruyendo ruinas, y también están reconstruyendo relaciones”. El 11 de agosto ambos gobiernos formalizaron el giro con el restablecimiento de relaciones consulares, acordado entre Gideon Sa’ar y Félix Plasencia —de nuevo, la misma figura como punto de contacto—. El comunicado evitó toda referencia a Palestina y apeló a la comunidad judía venezolana como “un importante puente histórico de amistad”. Pocos días después también se produjo un impasse de Venezuela con Irán por unas declaraciones del canciller persa.

El hecho cobra relieve si se recuerda que Nicolás Maduro Guerra, hijo del expresidente, planteó restablecer relaciones “con todos los países, incluyendo Estados Unidos e Israel” —ruptura notable dentro del propio chavismo—. Más allá de lo simbólico, la apertura conecta con lo económico: Venezuela posee reservas de hierro, bauxita, níquel, oro, cobre y coltán, esenciales para semiconductores y defensa, mientras empresas como Palantir Technologies —vinculada a Peter Thiel y con cooperación israelí— reflejan la convergencia entre inteligencia artificial, seguridad nacional y minerales críticos.

Marcos de referencia a considerar 

Existen en este caso pequeños marcos de referencia que convendría mirar. Por ejemplo, si algo distingue a Turquía, Catar o Brasil es su negativa a tratar el alineamiento como una elección binaria. Ankara está en la OTAN pero compra defensa rusa y conserva canales con Teherán; Doha aloja una base estadounidense clave y a la vez media con Hamás, Irán y los talibanes; Brasilia cultiva su pertenencia a los BRICS sin renunciar a una relación comercial estrecha con Washington. Ninguno es neutral en sentido clásico, han convertido la ambigüedad estratégica en fuente de poder.

Leída con ese espejo, la trayectoria de Rodríguez deja de parecer errática. La ambigüedad frente a China, Rusia e Irán replica el cálculo turco o catarí de no cerrar puertas mientras se negocia con Washington. El giro hacia el Golfo construye intermediarios —Catar, Arabia Saudita, Emiratos— que amortiguan la asimetría frente a Estados Unidos, como esos países lo han hecho entre Washington y sus adversarios. Y la apertura hacia Israel sigue la misma lógica que ha llevado a Ankara o Brasilia a sostener vínculos funcionales con actores ideológicamente incómodos cuando el interés lo justifica. Un solo canciller —Plasencia— capaz de operar en Washington, Beijing y Doha resume, en una decisión de gabinete, todo el modelo.

En los últimos días, Delcy Rodríguez ha intensificado sus contactos con líderes latinoamericanos en el marco de una estrategia de reapertura diplomática de Venezuela. El presidente paraguayo, Santiago Peña, visitó Caracas y acordó iniciar un proceso para restablecer progresivamente las relaciones diplomáticas y consulares, con énfasis en la cooperación económica, el comercio y la lucha contra el crimen transnacional. También se abordó el posible regreso de Venezuela al Mercosur. En Nueva York, Rodríguez avanzó además en un acercamiento con el presidente chileno, José Antonio Kast, orientado inicialmente a la reactivación de los vínculos consulares y al diálogo bilateral. Estos movimientos sugieren que Rodríguez busca construir canales propios de interlocución con los aliados de Donald Trump en la región, al tiempo que desarrolla contactos con otros actores influyentes en Washington, como los países del Golfo y la India.

Ese pragmatismo tiene, sin embargo, un techo que Turquía, Catar y Brasil no enfrentan y es que en ninguno gobierna bajo una influencia tan directa de una potencia extranjera sobre su gabinete y su política exterior.  La Revolución Bolivariana aspiró a un polo alternativo al poder estadounidense; veinticinco años y una intervención militar después, la lección aprendida parece ser distinta y se basa en que en un mundo multipolar, la supervivencia política no depende de elegir bando, sino de volverse indispensable para varios a la vez, dentro de los márgenes que la potencia dominante tolere.

Hipótesis analíticas para entender el presente

Los acelerados cambios en el manejo diplomático han configurado un paisaje en el que la realidad avanza mucho más rápido que la teoría. Pero ello no implica, automáticamente, que se esté trabajando en el vacío o de manera improvisada.

Aunque no de manera completamente explícita, cada paso en el nuevo camino geopolítico emprendido por Rodríguez encuentra ecos y referencias subyacentes en enfoques teóricos de las relaciones internacionales. 

Partiendo de allí, algunas categorías del campo de las relaciones internacionales podrían arrojar luz sobre las confusiones que priman en la comprensión del nuevo momento diplomático del país.

Antes de entrar en materia, conviene decir que hay una verdad inocultable: las coordenadas analíticas disponibles en el escenario, por su marcado déficit interpretativo, no alcanzan a responder las preguntas más inquietantes de la actualidad. La complejidad de un panorama novedoso queda reducida a aproximaciones binarias, maniqueas, colonizadas por miradas marcadamente ideológicas.

Dicho de otra manera, pareciera una obligación decidir entre extremos a la hora de analizar la geopolítica desde Venezuela: o el gobierno encargado está asumiendo una claudicación sottovoce ante Washington; o, más bien, gestiona un realineamiento táctico hacia EE.UU. mediante el pragmatismo para ganar tiempo, sin clarificar del todo los objetivos ulteriores.

En ambos casos, lo que se jerarquiza es cómo lo ideológico condiciona el cálculo geopolítico, con el análisis quedando sustituido por la especulación y los sesgos particulares. Cierta razón tenía Luis Vicente León, presidente de Datanalisis, cuando afirmaba, en el contexto del acuerdo petrolero Washington-Caracas establecido a finales de agosto, que difícilmente se pueden comprender las derivaciones de lo convenido tomando como conceptos absolutos “la soberanía, la legitimidad y la constitucionalidad”. 

Pensar estas categorías de forma autónoma de la realidad agudiza el fenómeno de la incomprensión. No porque no sean importantes, sino porque limita evaluar la escala de grises en la que los actores se están moviendo, operando y proyectando sus respectivos cálculos. 

Aterricemos el argumento. La tesis de la entrega de la soberanía, en primer lugar, no incorpora en su limitada caracterización los aspectos materiales que la sustentan. Además, subestima la visión de Caracas y cancela todo debate posible en torno a los beneficios económicos potenciales de la renovada relación bilateral con EE.UU. 

El mismo efecto de cancelación es patente en el otro extremo: considerar que en los crecientes vínculos con la potencia del norte solo existe un reacomodo táctico parece ir a contracorriente de la poderosa influencia que ejerce la administración Trump sobre el país y su desenvolvimiento internacional. 

Las dos “teorías”, sobre las cuales se ha forjado un consenso interpretativo limitado, no parecen responder a la evolución de la realidad tal cual se nos presenta, sino a conveniencias puramente partidistas. Así, ubicarse en un extremo u otro facilita el tránsito por una coyuntura excepcional que lesiona las posiciones previas a la intervención militar del 3 de enero de todo el arco político. 

En general, ver al gobierno de Rodríguez rendido ante la Casa Blanca insufla la esperanza de sectores opositores que aspiran a que el tutelaje norteamericano los recompense en el futuro cercano. Pero, al mismo tiempo, victimiza a Rodríguez ante sus seguidores, que ven en sus decisiones un curso de acción involuntario. 

Paradójicamente, esta lectura tiene un anverso problemático: convive el convencimiento del chavismo de que la noción de soberanía no se ha visto alterada, con el temor de la oposición ante una eventual mejora de la imagen gubernamental de Rodríguez ante la población. 

Difícilmente usando este diagrama tan estrecho se pueda capturar eficazmente la reconfiguración en proceso de la política exterior venezolana y sus cálculos dominantes.

Lo que es innegable es que Trump tiene la mano fuerte en la mesa y que la relación con Caracas tiene en su ADN esa asimetría de poder e influencia. Pero dicha premisa no agota la realidad, ni un sentido ni en otro de las conveniencias en juego.

Una apreciación más realista implicaría sostener que existen convergencias estratégicas entre Washington y Caracas. Mientras el primero delimita el campo de juego y tiene un margen de maniobra superior para imponer sus intereses; el segundo busca explotar las oportunidades económicas y políticas que se generan.

Es cada vez más evidente la configuración de una comunión de intereses compartidos, en la que Miraflores y la Casa Blanca extraen ventajas de dimensiones variadas de acuerdo a sus posibilidades inmediatas. 

La intersección entre necesidades energéticas norteamericanas y necesidades económicas venezolanas tras una década de sanciones ha dado como resultado una alianza Trump-Rodríguez, dominada por apuestas en el corto plazo que abarcan estabilidad y negocios.

A medida que avanza esta convergencia, los destinos de ambos actores se vuelven uno solo. En Rodríguez, Trump ha depositado su principal triunfo de política exterior. En Trump, Rodríguez consigue la estabilidad y legitimidad que no conseguiría por medios propios. La dependencia es mutua, aunque favorable a Washington en lo estratégico. 

Aun cuando EE.UU. sea el elefante de la mesa, al decir de León, en el marco de una relación asimétrica ambos actores interactúan midiendo costos, beneficios y sacrificios en lo programático. Y es claro que Rodríguez busca, dentro de los límites de la asimetría, aprovechar la relación con Trump con fines económicos y el regreso a la política mundial derivada de ella para construir márgenes de autonomía relativa, triangulando influencias propias entre el Golfo, Beijing, Nueva Delhi y países caribeños. 

¿Cómo se traduce esto en términos de la nueva política exterior que implementa Rodríguez? En el discurso ideológico y partidista difícilmente encontraremos respuestas satisfactorias.

En lo teórico, los nuevos manejos en este campo pudieran enmarcarse en la articulación de tres categorías generales de las relaciones internacionales: el realismo periférico de Carlos Escudé, la categoría de autonomía heterodoxa de Juan Carlos Puig y la premisa del bandwagoning de Stephen Walt.

Pese a que fueron desarrolladas en contextos diferentes entre sí, los principios generales de cada hipótesis sirven como carta de navegación. 

Carlos Escudé, politólogo argentino fallecido en 2021, impulsó el concepto de realismo periférico como la doctrina de política exterior para estados débiles y periféricos. Realizando un resumen arriesgado de su ideario, lo central de su planteamiento radica en que una política exterior confrontativa emitida por un Estado vulnerable, con capacidad de proyección de poder reducida, traería costos insoportables en la mayoría de los casos. 

Esto no debe interpretarse automáticamente como una apología a la subordinación geopolítica. Para Escudé, la autonomía debe perseguirse, pero seleccionando con prudencia sus objetivos y alcances para evitar generar impactos negativos en la vida económica y social del país. En síntesis, para el argentino era un error rivalizar con una gran potencia cuando no se tienen las condiciones materiales para absorber los daños. 

También de Argentina, Juan Carlos Puig, teórico y canciller del presidente Héctor José Cámpora, quien promovió el concepto de autonomía heterodoxa para describir una orientación de política exterior donde se acepta el mandato del centro dominante en cuanto a sus intereses estratégicos, pero guardando distancias e incluso discrepando en aspectos considerados no vitales. 

Este sentido específico de autonomía (circunscrito a una tipología más amplia que incluye la dependencia colonial, paracolonial y la autonomía secesionista) busca el desarrollo interno sin entrar en conflicto directo con las potencias.

Por último, la teoría del bandwagoning (en criollo, subirse al carro del fuerte) que desarrolla Stephen Walt en su texto The Origins of Alliances de 1987. Llevando el resumen al extremo, de acuerdo con el autor norteamericano el bandwagoning se opone al equilibrio o balance, y supone una medida de apaciguamiento para evitar ataques de una potencia, asumiendo concesiones asimétricas por parte del estado débil. 

Pese a que estas teorías fueron desarrolladas en contextos nacionales diferentes y en un escenario geopolítico atravesado por la Guerra Fría, sirven como referentes para comprender el accionar de política exterior del gobierno venezolano, cuyos resortes de poder nacional para sostener una política exterior de desafío a EE.UU. se debilitaron estratégicamente en la última década por el profundo impacto negativo de las sanciones impulsadas por Washington.

En el creciente acoplamiento estratégico hacia EE.UU. se puede observar un cálculo que comprende intercambiar el alicaído prestigio global asociado a la construcción multipolar por oportunidades de inversión estadounidenses que se traduzcan en desarrollo económico interno, siguiendo el marco teórico Escudé.

Junto a ello, es fácilmente identificable el objetivo de apaciguar a un Washington determinado a utilizar la fuerza militar en América Latina, mientras intenta capitalizar económicamente los efectos de un EE.UU. centrado nuevamente en la región. Subirse al carro de un Trump que cabalga el imaginario imperial del monroísmo tiene como efecto inmediato la validación regional, con Santiago Peña rompiendo el celofán del aislamiento de Caracas y viajando al país a reunirse con Rodríguez. 

La triangulación entre hipótesis analíticas nos permite aproximarnos con mayor eficacia a una coyuntura excepcional, en la que Washington parece sentirse satisfecho con domesticar a un estado rebelde para reinsertarlo en su esfera de influencia. El gobierno encargado, pendulando entre el  bandwagoning y el realismo periférico, también parece estar conforme con admitir que sus aspiraciones geopolíticas de hace una década ya no se corresponden con sus capacidades de poder para enfrentar el desafío, y opta por construir influencia en un marco más acotado en busca de márgenes de autonomía.

Todavía está por verse cuáles serían los futuros factores de discrepancia con Washington que acercarían a Caracas a la autonomía heterodoxa o, más bien, a la dependencia colonial siguiendo la categorización de Puig. 

Implicaciones y un llamado a la reflexión

Resulta imposible evadir el contexto general de lucha entre potencias y transición hegemónica del orden mundial en el cual se desarrolla el giro en curso de la política exterior venezolana. 

Desde una perspectiva general, China sigue aventajando a EE.UU. en los sectores de mayor competencia de la geopolítica global (desarrollo tecnológico, procesamiento de tierras raras, transición energética, etc.). 

La entropía negativa de endeudamiento crónico y pérdida de influencia geopolítica global ha socavado estratégicamente la posición hegemónica de la potencia del norte, quien ha recurrido a la Doctrina Monroe para evitar un aterrizaje aparatoso de su proyecto imperial de corte global. 

En el corto plazo, la reconfiguración de la política exterior venezolana espera cosechar éxitos económicos de profundo calado, que reviertan en recuperación salarial, de servicios públicos e infraestructura para el desarrollo interno, apuntalada por el crecimiento del sector hidrocarburífero. 

A largo plazo, los efectos sistémicos pueden no ser tan alentadores, en tanto Venezuela se va perfilando como un socio de confianza del bando perdedor de un nuevo orden global caracterizado por la multipolarización económica y la regionalización geopolítica. 

Sin embargo, todavía es pronto para realizar un balance completo de ese devenir, sobre todo si se atiende a una dinámica mundial caótica e inestable.

Por último, además del esfuerzo interpretativo, este artículo es una convocatoria para comenzar a sentar las bases de paradigmas propios en política exterior, desde las academias, instituciones y la ciudadanía en general. 

El país, en medio de la compleja era de reconstrucción que atraviesa, requiere producir categorías e hipótesis con perspectiva nacional, con el propósito de analizar correctamente su desempeño diplomático y así identificar, con mayor eficacia, áreas de oportunidad para potenciar el interés nacional y apuntalar sus capacidades de poder y negociación, superando los filtros mediocres de la sobreideologización y el partidismo excesivo.

Ha llegado la hora de volver sobre nuestros pasos, recuperar las lecciones de nuestra historia diplomática y conducir con una mirada propia nuestra presencia en el mundo, en beneficio de la nación. Nadie lo hará por nosotros.


Artículo de William Serafino y Luis Alejandro Ruiz.

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