La situación ambiental ha forzado al Gobierno a implementar racionamientos eléctricos y a realizar cambios en la directiva de Corpoelec para gestionar la crisis. | Imagen Referencial/Creditos: Universidad Nacional de La Plata.
Sleither Fernández
Guacamaya, 08 de agosto de 2026. A la fecha, Venezuela afronta no solo un cambio de condiciones climáticas, sino una prueba de resistencia para su infraestructura de servicios y productiva. Lo que comenzó, en el primer trimestre del año, como una transición desde la fase neutral del fenómeno El Niño, ha evolucionado rápidamente hacia su fortalecimiento como “Super Niño”, cuyas proyecciones sugieren que sus efectos más severos están aún por manifestarse.
Con una probabilidad del 97 % de persistir hasta principios de 2027, según la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), el país se prepara para un periodo de calor extremo y estrés hídrico. Además, existe un 81 % de probabilidad de que el fenómeno alcance un pico de intensidad “muy fuerte” entre octubre y diciembre de 2026.
¿Qué es El Niño y por qué el término “Súper Niño”?
El fenómeno El Niño es la fase cálida del ciclo climático ENOS (El Niño-Oscilación del Sur), originado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial. Este aumento de temperatura altera la circulación atmosférica global, lo que provoca lluvias torrenciales en algunas regiones y sequías prolongadas en otras, como el norte de Sudamérica en este caso.
Aunque el término “Súper Niño” se ha popularizado en medios y entre algunos especialistas, no es una clasificación oficial de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). No obstante, el viceministro para la Preservación de la Vida y la Biodiversidad, José Pereira, ha explicado que se usa este calificativo debido a que la temperatura oceánica ha aumentado entre 2 y 3 °C en apenas seis meses, una velocidad extraordinaria comparada con el aumento de 1 °C en los últimos 50 años.
El fenómeno de El Niño no tiene una periodicidad exacta, pero los especialistas y organismos internacionales como la OMM y la NOAA indican que suele presentarse en un rango de cada dos a siete años. Algunos expertos, como el meteorólogo José Pereira, señalan que, debido a la crisis climática actual, los fenómenos de El Niño y La Niña están ocurriendo de manera más consecutiva y frecuente.
¿Cómo se ve afectada Venezuela?
Aunque Venezuela no se encuentra geográficamente en el océano Pacífico, su clima está profundamente vinculado a lo que sucede en las denominadas “zonas Niño”. Estas zonas (Niño 1+2, Niño 3, Niño 3.4 y Niño 4) son áreas de medición específicas en el Pacífico ecuatorial que los científicos utilizan como “ventanas” para monitorear el estado del sistema climático global.
La zona Niño 3.4 , situada en el Pacífico central-oriental, es la región de referencia principal para medir el impacto global del fenómeno y la más importante para Venezuela, situada en el extremo norte de Sudamérica, con fachadas hacia el mar Caribe y el océano Atlántico. La afectación ocurre a través de una respuesta atmosférica global conocida como teleconexión.
Para Venezuela, el proceso funciona como una cadena de eventos que incluye el debilitamiento de vientos alisios y cambio de circulación del aire, la modificación de transporte de humedad desde el Atlántico hacia el territorio, la alteración de la Zona de Convergencia Intertropical (lo que suele retrasar el inicio de lluvias en el país) y el calentamiento y sequía de la atmósfera.
Esto quiere decir que, cuando se informa que hay una anomalía de +1,2 °C en la zona Niño 3.4, no significa que el mar en las costas de La Guaira o Falcón haya subido esa temperatura, sino que el “motor energético” del Pacífico está inyectando suficiente calor para alterar el patrón de lluvias en el norte de Sudamérica, lo que incrementa la evaporación de los embalses y genera las actuales olas de calor.
Vulnerabilidad eléctrica e hídrica: La principal amenaza
La infraestructura energética de Venezuela enfrenta un escenario de alta fragilidad debido a su excesiva dependencia de la generación hidroeléctrica, concentrada principalmente en el estado Bolívar. Las centrales Simón Bolívar (Guri), Antonio José de Sucre (Macagua) y Francisco de Miranda (Caruachi) son responsables de producir más del 70 % de la energía que consume el país.
Solo la represa del Guri aporta aproximadamente el 62% del suministro nacional, con una capacidad instalada de 10.235 MW. Aunque para julio el nivel del embalse se encontraba en su cota de seguridad (269,70 msnm), un déficit sostenido de lluvias podría amenazar con acercarla a niveles críticos como los de 2016 (248-240 msnm).
El problema se agrava por el estado del parque termoeléctrico, que debería servir de respaldo. Actualmente, estas plantas generan apenas unos 2.500 MW, lo que representa solo el 13 % de su capacidad instalada. La mayoría de las unidades térmicas están fuera de servicio por averías, falta de mantenimiento o escasez de combustible, lo que impide a Corpoelec cubrir una demanda nacional que ronda los 13.000 MW.
Esta brecha operativa ya se manifiesta en una crisis de servicios, evidenciada por la situación de muchos venezolanos que pasan, en promedio, 6 horas diarias sin electricidad en varias ciudades, mientras que en las zonas rurales los cortes superan las 12 horas continuas.
Con respecto al agua potable, el déficit hídrico afecta directamente el caudal de ríos y estaciones de bombeo, que a su vez dependen de la infraestructura eléctrica ya inestable. Según la encuesta ENCOVI 2025, solo el 19 % de los hogares venezolanos contaba con suministro continuo de agua, una cifra que podría deteriorarse con la mayor evaporación y sequía urbana proyectada.
Aunque el Ministerio de Atención de las Aguas reportó una producción nacional de más de 175.000 litros por segundo en 2025, la experiencia ciudadana revela una brecha operativa significativa.
Impacto sectorial: Producción y sociedad bajo presión
En cadena, la intensificación de El Niño no solo altera el termómetro, sino que también amenaza los pilares productivos del país. Expertos del sector agropecuario prevén una reducción en el rendimiento de cultivos de secano como el maíz y el arroz, además de un deterioro de los pastizales para el ganado bovino en los Llanos.
Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo alerta sobre el impacto en trabajadores informales y rurales expuestos a estrés térmico severo, lo que podría derivar en desocupación rural y presión inflacionaria sobre los alimentos.
Mientras tanto, expertos como el pediatra Adrián Crespo han advertido públicamente que las altas temperaturas aumentan el riesgo de deshidratación y golpes de calor, especialmente en niños, niñas y adolescentes. Además, el almacenamiento precario de agua por las fallas de suministro favorece la reproducción de mosquitos transmisores de dengue, zika y malaria.
Además, la vegetación seca y el calor extremo elevan exponencialmente el riesgo de incendios forestales en parques nacionales como el Henri Pittier. Esto también genera problemas respiratorios por el humo en las ciudades y poblaciones aledañas.
Medidas gubernamentales y apoyo técnico
Ante este escenario, la administración de Delcy Rodríguez ha activado un Plan de Ahorro de Energía Eléctrica y Agua con carácter preventivo. Entre las acciones anunciadas destacan planes de racionamiento obligatorio que incluyen la regulación de aires acondicionados a 21°C en oficinas públicas y reducción de jornadas laborales.
Además, también se tiene prevista un proceso de recuperación termoeléctrica, con la meta de incorporar 4.800 megavatios adicionales al cierre de 2026. En esta materia, recientemente se informó la recuperación de 300 MW en la planta Termocarabobo, tras los daños sufridos por el doble sismo del 24 de junio.
Con los nuevos nombramientos de Juan Crisóstomo Fernández, en la Presidencia de Corpoelec, y de José Luis Betancourt, al Viceministerio de Servicios Eléctricos, esperan optimizar estas gestiones. Al mismo tiempo, se anunció un monitoreo constante de embalses y cuencas, junto con planes de prevención de incendios forestales.
En el ámbito técnico, también destaca la reciente visita de expertos del Departamento de Energía de los Estados Unidos (DOE) a la represa del Guri el 3 de agosto. Esta inspección, coordinada con autoridades locales, busca trazar una ruta de modernización del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) en el marco de una reapertura técnica y económica.
Asimismo, se mantienen contratos y memorandos de entendimiento con empresas internacionales como General Electric e IMPSA para el robustecimiento del sistema.
Perspectivas y prevención
Aunque algunos expertos locales sugieren que el impacto podría ser “relativamente bajo” debido a que el Guri inició el ciclo con cotas aceptables, el consenso internacional insta a la preparación máxima. Los meses de agosto a octubre marcarán el inicio de las mayores anomalías térmicas, extendiéndose hasta el primer trimestre de 2027.
La capacidad de respuesta del Estado y la “conciencia ciudadana” solicitada por el Ejecutivo serán determinantes para evitar que el “Súper Niño” apague definitivamente la luz de un país que ya vive en racionamiento. Entre las recomendaciones para los ciudadanos se sugiere el uso racional del agua, el ahorro eléctrico consciente, el cuidado de la salud y la prevención ambiental.







