En sesión de la Asamblea Nacional de este martes se aprobó la conformación del Grupo de Amistad Parlamentaria entre Estados Unidos y Venezuela. Fotografía: cuenta de X @Asamblea_Ven
Guacamaya, 12 de mayo de 2026. Jorge Rodríguez ha anunciado en el pleno de la Asamblea Nacional este martes la conformación del Grupo de Amistad Parlamentaria entre Estados Unidos y Venezuela que estará conformado por los diputados: Antonio Ecarri, Oliver Ponce, Pablo Pérez, Francisco Torrealba, Orlando Camacho, Aurora Paredes, Félix Freites Rodolfo Sanz e Ilenia Medina
El 24 de marzo en medio del proceso de restablecimiento gradual de las relaciones entre Caracas y Washington, la Asamblea Nacional venezolana aprobó la creación de un nuevo “Grupo Parlamentario de Amistad Venezuela–Estados Unidos”, una iniciativa impulsada por el diputado opositor Antonio Ecarri y respaldada por el presidente del Parlamento, Jorge Rodríguez. La propuesta busca abrir un canal institucional de diálogo directo con el Congreso estadounidense y recuperar mecanismos de diplomacia parlamentaria similares a los que existieron durante el llamado Grupo de Boston a comienzos de los años 2000.
Según la carta enviada por Ecarri a la directiva de la Asamblea Nacional, el objetivo del grupo será contribuir a “la recuperación de la confianza recíproca” y fortalecer los vínculos bilaterales bajo criterios de cooperación y respeto mutuo. Entre los temas planteados figuran la normalización de las relaciones económicas, la protección de activos venezolanos en el exterior, la recuperación de la confianza institucional y el impulso de inversiones estadounidenses en Venezuela.
La iniciativa apareció en un contexto particularmente sensible, ya que pocos días antes, la presidenta encargada venezolana había recibido en Caracas a representantes del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, acompañados por la entonces encargada de negocios estadounidense en Venezuela, Laura Dogu. El encuentro fue interpretado como una señal de reactivación de canales políticos directos entre ambos países después de años de ruptura diplomática y máxima tensión bilateral.
El nuevo grupo parlamentario también se inscribe dentro de una tradición de “diplomacia parlamentaria”, utilizada históricamente para mantener interlocución incluso cuando las relaciones formales entre gobiernos atraviesan momentos críticos y no delegar la relación bilateral exclusivamente a los ejecutivos de ambos países. En el caso venezolano, muchos observadores han comparado este esfuerzo con el antiguo Grupo de Boston, creado tras la crisis política de 2002 como un puente informal entre dirigentes venezolanos y miembros del Congreso estadounidense.
El presidente del Grupo es el diputado opositor Antonio Ecarri, hace meses Guacamaya le hizo una entrevista donde planteó su visión acerca de varios temas que son claves para entender su posible rol en esta nueva responsabilidad.
¿Quién es Antonio Ecarri?
Antonio Ecarri emerge nuevamente como una figura de interlocución en la política venezolana al asumir la conducción del nuevo Grupo Parlamentario de Amistad Venezuela–Estados Unidos, una instancia que busca reconstruir canales políticos e institucionales entre Caracas y Washington tras años de confrontación diplomática. Su designación no resulta casual, pues a lo largo de su trayectoria, Ecarri ha cultivado una imagen de dirigente moderado, proclive al diálogo y con capacidad para tender puentes entre sectores políticos tradicionalmente enfrentados.
Abogado, dirigente político y fundador de la Alianza del Lápiz, Antonio Ecarri ha desarrollado una carrera marcada por posiciones independientes dentro del espectro opositor venezolano. A diferencia de otros liderazgos alineados con estrategias de confrontación total, Ecarri ha defendido durante años la necesidad de construir acuerdos institucionales, recuperar espacios de negociación y priorizar soluciones pragmáticas frente a la crisis venezolana.
Su trayectoria pública comenzó vinculada a la política municipal caraqueña y al ámbito educativo, una de las banderas centrales de su discurso político. Con el tiempo, se consolidó como una voz crítica tanto del chavismo como de sectores opositores tradicionales, apostando por una narrativa centrada en la reconstrucción institucional, la descentralización y la reinserción internacional de Venezuela.
En los últimos años, Ecarri ha intentado posicionarse como representante de una oposición moderada dispuesta a mantener interlocución con distintos actores nacionales e internacionales. Esa línea política le permitió participar en espacios de diálogo y desarrollar contactos con sectores diplomáticos y parlamentarios extranjeros, particularmente en Estados Unidos y Europa.
Ecarri fue candidato presidencial independiente en las elecciones de 2024. El 29 de julio de ese año acudió ante el Tribunal Supremo de Justicia para solicitar que el Consejo Nacional Electoral publicará los resultados detallados de los comicios, mesa por mesa y centro por centro, argumentando que el país necesita cifras transparentes, auditables y plenamente verificables. “Venezuela merece conocer resultados completos y confiables”, sostuvo durante su pronunciamiento.
Su actuación dentro de la Asamblea Nacional
En esta nueva Asamblea Nacional, Ecarri ha participado en la redacción y la comisión de seguimiento de la Ley de Amnistía, así como forma parte de la comisión para reformar el sistema judicial.
Hizo varias propuestas en los debates sobre las reformas clave de la Ley de Hidrocarburos y la Ley de Minas.
En tiempos recientes votó a favor de las designaciones del Fiscal General y de la Defensoría del Pueblo.
Su impulso para crear el Grupo Parlamentario de Amistad Venezuela–Estados Unidos es coherente precisamente esa visión. La iniciativa busca restablecer mecanismos de diplomacia parlamentaria entre ambos países y abrir canales de comunicación directos con el Congreso estadounidense en temas sensibles como sanciones, energía, activos venezolanos en el exterior y normalización económica. En sus declaraciones recientes, Ecarri ha insistido en que Venezuela necesita “recuperar la confianza internacional” y proyectarse nuevamente como un proveedor energético confiable en un contexto global marcado por reconfiguraciones geopolíticas y energéticas.
La decisión de la Asamblea Nacional de encomendarle, junto al primer vicepresidente del Parlamento, Pedro Infante, la conformación de este nuevo grupo parece evidenciar que Ecarri es percibido como un actor capaz de facilitar interlocuciones políticas complejas. Su perfil dialogante parece seguir la lógica del antiguo Grupo de Boston surgido tras la crisis de 2002, marcado por espacios informales o semiformales donde figuras de distintos sectores mantenían abiertos canales con Washington incluso en momentos de máxima tensión bilateral.
En un escenario donde las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos atraviesan una etapa de contactos discretos y recalibración política, Antonio Ecarri parece apostar a ocupar un rol específico y es el de mediador parlamentario y constructor de puentes en una relación bilateral marcada en décadas recientes por la desconfianza y la confrontación.
Un antecedente clave: el Grupo de Boston
Tras los acontecimientos del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y la profunda crisis política derivada del Paro Petrolero de 2002-2003, surgió una iniciativa poco recordada pero clave en la relación bilateral entre Caracas y Washington y ese es el llamado Grupo de Boston. Se trató de una comisión parlamentaria binacional impulsada con apoyo de la OEA y de congresistas estadounidenses, concebida como un canal de comunicación informal en medio de la polarización extrema que atravesaba Venezuela.
El Grupo reunió a dirigentes oficialistas y opositores venezolanos con miembros del Congreso de Estados Unidos, especialmente vinculados al Partido Demócrata y al estado de Massachusetts. Entre sus integrantes estuvieron figuras que luego tendrían enorme influencia en la política venezolana: Nicolás Maduro, Cilia Flores, Elvis Amoroso, John Kerry, Enrique Márquez y Ramón José Medina, uno de los fundadores de la MUD y cercano a Edmundo González Urrutia.
Más allá de los encuentros parlamentarios, el Grupo de Boston terminó funcionando como un mecanismo discreto de interlocución política entre sectores de poder de Venezuela y Estados Unidos. En momentos de máxima tensión diplomática, muchos de sus integrantes mantuvieron contactos directos o indirectos que ayudaron a abrir canales de negociación sobre temas sensibles como liberaciones de detenidos, conversaciones políticas, mediaciones informales e incluso aproximaciones entre Washington y Caracas en distintas etapas de las últimas dos décadas.
El grupo era mucho más que una comisión parlamentaria
La importancia histórica del Grupo radica en que logró reunir, en una misma mesa, a dirigentes chavistas y opositores cuando el clima político venezolano estaba marcado por la confrontación absoluta. Con el tiempo, muchos de aquellos actores pasaron a ocupar posiciones determinantes dentro del Estado venezolano, la oposición y la política estadounidense, convirtiendo al Grupo de Boston en una suerte de red de interlocución permanente que sobrevivió incluso al deterioro formal de las relaciones entre ambos países.
Aunque el espacio perdió fuerza tras las elecciones parlamentarias de 2005 y la salida de buena parte de la oposición de la Asamblea Nacional, su legado político continuó influyendo silenciosamente en diversos procesos de negociación y acercamiento entre Venezuela y Estados Unidos.
El grupo fue bisagra en la arquitectura internacional de contención del conflicto en Venezuela entre el 2002 y 2004
Hay que recordar que el Grupo de Boston, la mediación de Jimmy Carter y la participación de la OEA formaron parte de una misma arquitectura de contención política creada para evitar que Venezuela derivara hacia una ruptura institucional o incluso un escenario de violencia prolongada tras la crisis de 2002.
Después del golpe de abril y del retorno de Hugo Chávez al poder, Venezuela quedó atrapada en una confrontación total entre gobierno y oposición. La polarización se profundizó aún más con el Paro Petrolero de 2002-2003, que paralizó sectores estratégicos de la economía y colocó al país en una situación de enorme inestabilidad política y social. En ese contexto, surgió una presión internacional para crear mecanismos de negociación que permitieran canalizar el conflicto por vías electorales e institucionales.
Allí apareció la llamada “Mesa de Negociación y Acuerdos”, instalada formalmente en noviembre de 2002 con facilitación conjunta de la OEA, el Centro Carter y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El secretario general de la Organización de los Estados Americanos, César Gaviria, tuvo un papel central como mediador directo entre el gobierno de Chávez y la Coordinadora Democrática, mientras que Jimmy Carter aportaba legitimidad internacional y capacidad de interlocución con Washington y distintos actores venezolanos.
El objetivo principal de ese proceso era evitar una salida insurreccional o militar y construir una solución constitucional a la crisis. De allí nació el acuerdo político que terminó encaminando la disputa hacia el referéndum revocatorio presidencial de 2004, previsto en la Constitución de 1999 impulsada por el propio chavismo.
En paralelo a esa negociación formal, el Grupo de Boston operaba como un canal menos visible pero políticamente importante. Mientras la Mesa de Negociación reunía oficialmente al gobierno y a la oposición bajo mediación internacional, el Grupo permitía mantener contactos parlamentarios y políticos entre dirigentes venezolanos y sectores influyentes de Estados Unidos, especialmente congresistas demócratas. Esa red ayudó a disminuir tensiones, transmitir mensajes y generar espacios de confianza en momentos donde las relaciones diplomáticas estaban extremadamente deterioradas.
La dinámica era interesante porque coexistían varios niveles de interlocución:
- El primero de la OEA y el Centro Carter actuaban como mediadores formales.
- En el segundo el PNUD aportaba respaldo institucional y técnico.
- El tercero fue precisamente el Grupo de Boston funcionaba como diplomacia parlamentaria informal.
Washington mantenía contactos discretos tanto con el chavismo como con sectores opositores.
Actores venezolanos de ambos bandos intentaban construir garantías para evitar una escalada mayor en un mundo que venía marcado por la intervención estadounidense en Irak y en pleno reordenamiento.
El grupo fue una red de actores influyentes
Muchos de quienes participaron en esos espacios terminaron convirtiéndose en figuras centrales de la política venezolana durante las siguientes décadas. Nicolás Maduro y Cilia Flores ascendieron dentro del chavismo; John Kerry llegó a ser secretario de Estado de Estados Unidos; Elvis Amoroso terminó presidiendo el CNE; Enrique Márquez se convirtió en una figura relevante de la oposición moderada y que recientemente fue incluso reconocido en el Congreso estadounidense por Donald Trump; y Ramón José Medina, una persona muy cercana a Edmundo González, quien participó en la construcción de plataformas unitarias opositoras.
Por eso, el Grupo de Boston suele ser visto retrospectivamente como mucho más que una comisión parlamentaria: fue uno de los primeros mecanismos estructurados de interlocución política sostenida entre Washington y Caracas en la era chavista, enmarcado dentro del esfuerzo internacional liderado por la OEA, el Centro Carter y otros actores para contener la crisis venezolana mediante negociación y salidas electorales.
El paralelismo con el presente
La creación del Grupo Parlamentario de Amistad Venezuela–Estados Unidos tiene una importancia que va mucho más allá de lo simbólico. Representa, en esencia, la institucionalización de un nuevo canal de interlocución entre Caracas y Washington después de años de ruptura diplomática, sanciones, desconocimiento mutuo y confrontación política extrema. En contextos donde las relaciones formales entre gobiernos son frágiles o políticamente costosas, la diplomacia parlamentaria suele convertirse en un mecanismo alternativo para explorar acuerdos, transmitir mensajes y construir confianza.
Uno de los elementos más importantes del grupo es que permite abrir contactos sin necesidad de asumir inmediatamente costos diplomáticos mayores. La diplomacia parlamentaria funciona muchas veces como una especie de “canal de baja intensidad”, esto permite conversaciones exploratorias, construcción de confianza y negociaciones indirectas antes de que existan.
Eso fue precisamente lo que ocurrió con el Grupo de Boston en los años posteriores a la crisis de 2002. En aquel momento, la polarización venezolana era extrema y existía el temor real de una ruptura institucional más profunda o incluso de escenarios de violencia prolongada. Washington mantenía enormes tensiones con el gobierno de Hugo Chávez, mientras la oposición y el chavismo prácticamente habían roto toda capacidad de interlocución interna.
Hoy parece repetirse parcialmente esa lógica. Aunque el contexto es distinto, nuevamente aparecen mecanismos paralelos de interlocución con contactos discretos entre Caracas y Washington, procesos de negociación internos, iniciativas legislativas de reconciliación y ahora un nuevo canal parlamentario binacional.
Eso demuestra que estos espacios terminan funcionando muchas veces como redes permanentes de interlocución política, incluso cuando las relaciones formales colapsan. Más que producir acuerdos inmediatos, crean vínculos, códigos y mecanismos de comunicación que pueden activarse años después en momentos críticos.
Ese probablemente sea el elemento más importante del nuevo Grupo Parlamentario, no necesariamente producirá resultados visibles a corto plazo, pero puede convertirse en una infraestructura política de comunicación entre ambos países para los próximos años.
En última instancia, la relevancia del grupo radica en que parece responder a una lógica clásica de contención y estabilización. Tanto en 2002 como ahora, distintos actores nacionales e internacionales parecen intentar evitar escenarios de ruptura total y favorecer mecanismos graduales de negociación.
La experiencia del Grupo de Boston demostró que incluso en momentos de enorme polarización pueden mantenerse canales discretos de interlocución capaces de reducir tensiones y abrir espacios de negociación. El nuevo Grupo Parlamentario parece inspirarse precisamente en esa experiencia de construir puentes políticos en una relación bilateral históricamente marcada por la desconfianza







