El destino heredado:  Venezuela en el ideario de America First

Desde sus orígenes, a pesar de que la corriente ideológica de America First prefiere menos aventuras extranjeras, sí promueve una mayor presencia en el hemisferio occidental. Imagen: Guacamaya.

Guacamaya, 20 de agosto de 2026. Hay una fotografía que no existe pero que cualquiera puede imaginar. Un aula de la Facultad de Derecho de Yale, madera oscura, ventanas altas, un puñado de estudiantes con corbata discutiendo si Estados Unidos debía volver a sangrar en las trincheras de Europa. Es el 4 de septiembre de 1940.

Robert Douglas Stuart Jr., heredero de la fortuna de Quaker Oats, funda junto a compañeros como Kingman Brewster Jr. —entonces editor del Yale Daily News— el America First Committee.  El comité llegaría a reunir 800.000 miembros y 450 delegaciones antes de disolverse, apenas fundado Pearl Harbor, en diciembre de 1941.

Ochenta y cuatro años después, otro egresado de esa misma Facultad de Derecho —J. D. Vance, clase de 2013— ocuparía la vicepresidencia de Estados Unidos bajo la bandera de “America First”. 

La coincidencia geográfica no prueba una filiación directa, pero sí ilumina algo más profundo: Yale, cuna de la élite internacionalista que en los años cuarenta forjaría el orden liberal de posguerra, fue también el génesis de su negación. El aislacionismo estadounidense no nació en el Medio Oeste rural, como suele caricaturizarse, sino en las aulas de la Ivy League, entre jóvenes que veían con desconfianza el compromiso imperial que dos guerras mundiales estaban a punto de imponerles.

La voz del águila solitaria

El rostro público del comité fue Charles Lindbergh, el aviador que en 1927 había cruzado el Atlántico en solitario y se había convertido, de la noche a la mañana, en el héroe cultural más grande de su generación —una suerte de astronauta antes de que existiera la carrera espacial, el hombre que domó la distancia con sus propias manos. Ese capital simbólico lo convirtió en el orador ideal para una causa que necesitaba parecer patriótica y no cobarde.

En abril de 1941, en un discurso ante el comité, Lindbergh articuló la idea que estructuraría el aislacionismo del siglo XX: Estados Unidos no debía involucrarse en las guerras ajenas del Viejo Mundo, pero sí estaba dispuesto a defender con firmeza su propio hemisferio frente a cualquier injerencia externa. No era pacifismo puro —el comité lo aclaraba una y otra vez— sino una jerarquización de prioridades geográficas en las que el patio propio iba primero antes que el ajeno, el continente americano como esfera natural de autoridad, y el resto del mundo como un problema que Europa debía resolver sin arrastrar consigo a Washington.

Esa misma cadencia retórica —rechazo a las “guerras eternas”, reivindicación del hemisferio occidental como zona de interés vital— reaparece, casi calcada, en los discursos de campaña y de gobierno de Donald Trump. No hace falta forzar la comparación, pues el propio lenguaje trumpista sobre Groenlandia, el Canal de Panamá o la cuenca del Caribe evoca aquel viejo argumento de Lindbergh de que la verdadera frontera de seguridad estadounidense no está en el Rhin ni en el Dniéper, sino en su propio vecindario.

El águila y las mujeres que la sostuvieron

El America First Committee tuvo, desde su origen, una cara femenina poderosa que contaba con nombres como Alice Roosevelt Longworth, hija del propio Theodore Roosevelt, formó parte de su junta directiva, una ironía histórica considerando que su padre había sido el arquitecto del intervencionismo hemisférico que el comité defendía a medias. Pero fue décadas después, en la segunda mitad del siglo XX, cuando una mujer terminaría de tejer el puente entre aquel aislacionismo de preguerra y el trumpismo contemporáneo y se trata de  Phyllis Schlafly.

Abogada, madre de seis hijos y activista incansable, Schlafly construyó su carrera política sobre dos pilares que hoy resultan indistinguibles del ideario de Trump y Vance y es el rechazo al globalismo económico y militar, y la reivindicación de la familia tradicional como unidad moral de la nación frente al feminismo de la Enmienda de Igualdad de Derechos, batalla que lideró y ganó en los años setenta y ochenta. 

Schlafly no solo fue una precursora ideológica; fue una aliada política directa. Respaldó a Trump desde marzo de 2016, coescribió con él el libro The Conservative Case for Trump —publicado el mismo día de su muerte— y Trump acudió personalmente a su funeral en San Luis, donde la llamó una guerrera que había peleado toda su vida para que las necesidades del pueblo estadounidense estuvieran primero que cualquier otra cosa.

Esa fusión entre nacionalismo económico, escepticismo ante las instituciones internacionales y una visión conservadora del rol de la mujer en el hogar es, en buena medida, el ADN ideológico que Vance hereda y actualiza en su propio libro Hillbilly Elegy y sus discursos sobre familia, natalidad y comunidad son una traducción generacional del proyecto schlafliano, ahora blindado con el lenguaje de la “soberanía nacional” en política exterior.

William McKinley el fantasma de Ohio en la mente de Trump.

Si Lindbergh y Schlafly proveen el linaje cultural de “America First”, William McKinley aporta su justificación histórica de poder duro. El propio Trump lo dijo en su discurso inaugural de 2025 en el que  prometió devolverle al monte más alto de Norteamérica el nombre de McKinley —arrebatado a Denali por Barack Obama en 2015— y afirmó que aquel presidente, gracias a los aranceles y al talento, había hecho rico al país y le había dado a Teddy Roosevelt el dinero para “muchas de las grandes cosas que hizo, incluido el Canal de Panamá”.

McKinley gobernó entre 1897 y 1901, en el tránsito entre el Destino Manifiesto continental del siglo XIX y el imperialismo ultramarino del XX. Bajo su mandato, la guerra contra España de 1898 dejó a Washington con Puerto Rico, Guam y Filipinas, y consolidó la idea de que el proteccionismo arancelario y la expansión territorial no eran contradictorios sino complementarios en la que primero se protege la industria doméstica, después se abren mercados afuera por la fuerza si es necesario. Es exactamente el par conceptual que Trump ha resucitado —aranceles como arma de negociación geopolítica, no solo comercial— y que sus críticos, como el economista Douglas Irwin, insisten en que Trump malinterpreta, atribuyendo a los aranceles una prosperidad que en realidad vino de la electrificación y el ferrocarril.

Lo relevante para el hilo venezolano es otro dato, casi anecdótico pero decisivo. Cuando McKinley murió asesinado en 1901 y su vicepresidente, Theodore Roosevelt, heredó no solo la presidencia sino el impulso expansionista, que aplicaría con especial intensidad al Caribe y a la costa norte de Sudamérica.

1902: cuando las cañoneras llegaron a La Guaira

A fines de 1902, Gran Bretaña, Alemania e Italia bloquearon los puertos venezolanos para forzar el pago de deudas impagas del gobierno de Cipriano Castro, llegando incluso a bombardear Puerto Cabello y hundir parte de la precaria flota venezolana. Roosevelt, que apenas llevaba un año en la presidencia tras el asesinato de McKinley, observó con alarma la posibilidad de que potencias europeas establecieran presencia militar permanente en el hemisferio que Washington consideraba su patio trasero desde la Doctrina Monroe de 1823.

La crisis se resolvió, pero dejó una lección que Roosevelt convertiría en doctrina formal en 1904, el llamado Corolario Roosevelt, que reinterpretó la Doctrina Monroe no ya como una simple advertencia contra la colonización europea, sino como una licencia para que Estados Unidos ejerciera “poder de policía internacional” en cualquier país americano que, por mala conducta o incapacidad, diera pretexto a una intervención extranjera. Un argumento visible para justificar la actuación estadounidense en América Latina y en el Caribe bajo la excusa de combatir la presencia de potencias extrarregionales como China, en aquella época solía preocupar la influencia imperial alemana en Venezuela y otros países.

Venezuela fue, literalmente, el laboratorio donde comenzó a manifestarse esa doctrina que después se aplicaría en Santo Domingo, Nicaragua, Haití y Cuba. El país que hoy vuelve a ocupar el centro de la política exterior de Washington fue, hace más de un siglo, el origen conceptual de la fórmula que legitimó el intervencionismo estadounidense en el continente durante todo el siglo XX.

La trama vuelve a conectarse con nuestro presente. El 3 de enero de 2026, Trump anunció desde Mar-a-Lago que fuerzas estadounidenses habían ejecutado una operación militar en Caracas para capturar a Nicolás Maduro, acusado de narcoterrorismo por la justicia de Nueva York junto a su esposa, Cilia Flores. Trump afirmó que la operación se ejecutó bajo su dirección directa, con poder aéreo, terrestre y naval abrumador contra lo que describió como una instalación militar fuertemente fortificada en el corazón de Caracas. Declaró que Estados Unidos “administraría” Venezuela hasta lograr una transición “segura, apropiada y prudente” —una frase que, salvando las distancias, resuena con el viejo lenguaje tutelar del Corolario Roosevelt basado en intervenir no como conquista, sino como corrección de un desorden ajeno.

Meses después, en agosto de 2026, Trump seguía capitalizando políticamente el episodio, describiéndolo ante simpatizantes en Las Vegas como una “guerra de 48 minutos” cuyos beneficios habían superado ampliamente la inversión realizada, y presumiendo que Washington había obtenido miles de millones de barriles de petróleo venezolano desde la caída de Maduro. La lógica es puramente mckinleyana sustentada en primero la fuerza, después el mercado; el arancel y el cañón como dos herramientas de la misma caja.

J. De Vance: el heredero 

El papel de Vance en esta ecuación confirma, más que contradice, su herencia lindberghiana. A diferencia de los neoconservadores clásicos, Vance se ha mostrado reacio al intervencionismo abierto en conflictos ajenos al hemisferio —se opuso, según reportes, a los ataques estadounidenses contra los hutíes en Yemen— mientras respalda con firmeza la doctrina de que el hemisferio occidental sí es zona legítima de acción directa de Washington. Es la misma distinción que trazaba Lindbergh en 1941, decía que no todos los conflictos del mundo son nuestros, pero el patio propio sí lo es. Venezuela, en ese esquema, no es un frente de guerra global sino la extensión natural de la casa.

Volvamos al aula de Yale. Los estudiantes que en 1940 redactaban panfletos contra la intervención en Europa no imaginaban que su descendencia ideológica terminaría gobernando desde la Casa Blanca ochenta y cinco años después, ni que el mismo hemisferio que entonces defendían en abstracto —como límite, como frontera moral del compromiso estadounidense— se convertiría en el escenario concreto de una operación militar sobre Caracas. Lindbergh predicaba no intervenir en las guerras del mundo pero sí en las del propio continente; Schlafly le dio a esa idea un ropaje familiar y antiglobalista; McKinley proporcionó el precedente arancelario-imperial; Theodore Roosevelt convirtió a Venezuela, sin proponérselo del todo, en el molde original de la doctrina que hoy se reedita.

Lo que en 1941 era un discurso de aviador ante una multitud escéptica de la guerra, en 2026 es una flota frente a las costas venezolanas y un expresidente extraditado a Nueva York. El destino independiente que Lindbergh reclamaba para Estados Unidos nunca fue, en realidad, independencia del mundo, fue la reivindicación de un hemisferio propio, custodiado con la misma insistencia con que Roosevelt custodió las aduanas de La Guaira en 1902. Ese hilo —de New Haven a Caracas, de Quaker Oats a los pozos petroleros de Venezuela— no es una metáfora forzada. Es, literalmente, la genealogía política que hoy gobierna la visión de Washington.

El discurso de Charles Lindbergh en Des Moines, en septiembre de 1941, ofrece un antecedente inquietante de una retórica política basada en identificar a los “agitadores de la guerra”: actores internos y externos que, según él, empujaban a Estados Unidos hacia conflictos contrarios a sus intereses. Lindbergh señaló entonces a los británicos, a los judíos y a la administración Roosevelt, además de capitalistas, intelectuales y comunistas. Su argumento estaba atravesado por un antisemitismo conspirativo que hoy resulta inseparable de su legado.

La administración Trump ha recuperado, con un lenguaje distinto y sin reproducir necesariamente las categorías antisemitas de Lindbergh, una estructura retórica similar, basado en la idea de qué intereses del establishment, globalistas, comunistas, aliados extranjeros o intervencionistas han arrastrado a Estados Unidos a guerras que no responden directamente al interés nacional. Trump, Vance y sectores del movimiento America First han utilizado esta narrativa para cuestionar al establishment de política exterior.

Ahí emerge una tensión histórica. El America First contemporáneo choca con la tradición neoconservadora e intervencionista que durante décadas defendió una presencia militar estadounidense activa en el mundo y que hoy tiene como exponente a Marco Rubio. 

Esta tensión resulta fundamental para entender la disputa que actualmente atraviesa la Casa Blanca sobre cómo abordar el caso venezolano. No se trata únicamente de una diferencia sobre política exterior, sino de dos visiones distintas sobre el papel que Estados Unidos debe desempeñar en el mundo y sobre hasta dónde está dispuesto a utilizar su poder para defender sus intereses. De cómo se resuelva ese pulso entre el ala America First, más reticente al intervencionismo, y los sectores neoconservadores que mantienen una visión más activa del poder estadounidense dependerá, en buena medida, el marco de actuación de Washington frente a Venezuela.

Con ello, también podría definirse cómo Estados Unidos pretende relacionarse con un país que concentra algunas de las mayores reservas de petróleo del mundo, además de importantes recursos minerales y otras ventajas estratégicas. En ese sentido, la disputa interna de Washington puede ofrecer algunas de las claves para anticipar qué busca realmente Estados Unidos en Venezuela y hasta dónde estaría dispuesto a llegar para asegurarlo en el corto y mediano plazo.

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