El petrolero favorito de Trump llega a la Faja: Harold Hamm y la nueva fiebre por el crudo venezolano

Harold Hamm, fundador de Continental Resources (izquierda) y el vicepresidente ejecutivo de PDVSA Jovanny Martínez (derecha) al firmar un memorándum de entendimiento en la cumbre del G20 en Houston, Texas, el 17 de septiembre de 2026. Fotografía: Instagram / @petroleosdevenezuela.

Guacamaya, 19 de septiembre de 2026. Continental Resources, la petrolera que Harold Hamm fundó en 1967 y que hoy controla junto a su familia, firmó esta semana un memorando de entendimiento con PDVSA para desarrollar el Bloque Ayacucho 2 en la Faja del Orinoco.

El acuerdo, anunciado en Houston durante la Cumbre Ministerial del G20 sobre Abundancia Energética, confirma la llegada a Venezuela de uno de los petroleros más influyentes del círculo de Donald Trump, ocho meses después de que la Operación Resolución Absoluta sacara a Nicolás Maduro del poder.

Aunque la empresa Continental Resources no figura entre las grandes multinacionales como Chevron, Shell o ExxonMobil, sí juega un papel importante. Fue una de las pioneras en la “shale revolution” de Estados Unidos, que impulsó un renacer de los hidrocarburos en el país a través de la fracturación hidráulica, conocida comúnmente por su nombre corto en inglés: fracking.

Hamm, por su parte, ha sido un importante apoyo para Trump —no sin desacuerdos— en sus tres campañas, al ver en el presidente el mejor defensor de las energías fósiles. Este apoyo, a su vez, podría haber llevado a un gran poder: según varias fuentes, Hamm influyó en la elección del secretario de Energía, Chris Wright, y de Interior, Doug Burgum —quien regula el uso de recursos naturales.

Un sharecropper de Oklahoma que llegó a dueño de la Bakken

Harold Hamm nació en Lexington, Oklahoma, el decimotercer y último hijo de una familia de aparceros algodoneros. Empezó a trabajar en una gasolinera a los 16 años y, en 1971, tomó un préstamo para perforar su primer pozo. Fundó lo que luego sería Continental Resources bajo el nombre Shelly Dean Oil Company en 1967, cuatro años antes de esa primera perforación.

Su apuesta decisiva llegó en la década de 1990, cuando impulsó el uso combinado de perforación horizontal y fracturación hidráulica en la formación Bakken, en Dakota del Norte. Esa técnica —hoy estándar en la industria— convirtió a Continental en el mayor productor de esa cuenca y a Hamm en uno de los arquitectos de la revolución del shale estadounidense, que le permitió a Estados Unidos superar a Arabia Saudita y Rusia como productor mundial de crudo.

Hamm también ha demostrado una preferencia por el control familiar de sus empresas en vez de cotizar en bolsa, donde puede obtener ganancias pero con controles externos y escrutinio sobre sus decisiones. Continental salió a la Bolsa de Nueva York en 2007 bajo el símbolo CLR. Quince años después, en octubre de 2022, Hamm cerró la operación inversa y recompró el 17% de las acciones que no controlaba su familia por 4.300 millones de dólares, llevando la valuación total a 27.000 millones de dólares.

La familia Hamm controla hoy alrededor del 83% del capital de la empresa, que opera principalmente en la Bakken, las formaciones SCOOP y STACK de Oklahoma y la Cuenca Pérmica, y que en los últimos dos años ha extendido su exploración internacional a la Vaca Muerta argentina, donde se entrelazan tanto las redes políticas alrededor de Trump como el fracking. Y, ahora, pone su mira sobre el crudo extrapesado de Venezuela.

El dinero y las lealtades: ¿cómo Hamm se ganó un lugar en la mesa de Trump?

La relación entre Hamm y Trump no ha sido lineal. Fue asesor energético de Mitt Romney en 2012 y donante de las campañas de Trump en 2016 y 2020, pero se distanció después del asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, cuando pidió una “hoja en blanco” para el país. El acercamiento se reconstruyó cuando Trump se perfiló como el candidato republicano indiscutible para 2024.

Por esto, Hamm organizó un encuentro de recaudación en Mar-a-Lago en abril de ese año, donde Trump pidió 1.000 millones de dólares a la industria petrolera. Se estima que Hamm terminó aportando más de 3 millones de dólares entre su campaña, sus comités de acción política y otras causas afines, según cifras recogidas por E&E News.

Ese dinero se tradujo en influencia directa sobre el diseño de la política energética del segundo gobierno de Trump. Hamm codirigió, junto al hoy secretario del Interior Doug Burgum, el equipo de transición energética previo a la investidura, un espacio donde se discutió —entre otras medidas— la eliminación del crédito fiscal de 7.500 dólares para vehículos eléctricos heredado de la administración Biden. Según reportó The New York Times, Hamm impulsó también el nombramiento de Chris Wright, exejecutivo petrolero, como secretario de Energía, y el propio Burgum llegó al Interior con el respaldo del magnate. La familia de Burgum, de hecho, ha arrendado tierras a Continental para perforación.

Hamm figura además entre los donantes al polémico salón de baile que Trump construye en la Casa Blanca, un proyecto de hasta 300 millones de dólares para el que la Casa Blanca confirmó aportes de más de tres decenas de empresas y particulares. El propio Hamm ha resumido su papel con una frase que circuló en medios estadounidenses y dijo estar acostumbrado “a los desafíos”.

Durante la segunda investidura de Trump, Hamm ocupó un lugar destacado entre los asistentes, ubicado cerca del estrado y en compañía de figuras de gran poder económico como Rebekah Mercer, Steve Wynn, Robert Kraft, Richard LeFrak, Phil Ruffin, Robert Mercer y Carl Icahn.

Hamm ha sido una de las figuras empresariales asociadas al desarrollo del fracking y a la expansión de la producción de petróleo y gas de esquisto en Estados Unidos. A través de Continental Resources, contribuyó a impulsar la explotación de formaciones no convencionales, particularmente en la cuenca de Bakken, en Dakota del Norte, mediante la combinación de perforación horizontal y fracturación hidráulica. Este modelo ayudó a ampliar significativamente la producción estadounidense de hidrocarburos y consolidó a Hamm como uno de los principales defensores de una política energética centrada en los combustibles fósiles.

Lidera la Domestic Energy Producers Alliance, una asociación sin las grandes corporaciones que tratan de aparentar una preferencia por las energías renovables. El 1 de julio de 2026, se fusionó con la Independent Petroleum Association of America, creando una de las mayores alianzas para la promoción y defensa de los combustibles fósiles.

Su posición frente a las energías renovables ha sido consistente con esa visión. En 2016 fundó la organización sin fines de lucro Windfall Coalition para oponerse a los incentivos fiscales destinados a la industria eólica en Oklahoma. Desde entonces, la organización ha sostenido que estos créditos representan una carga para los contribuyentes y los ha relacionado con los déficits presupuestarios del estado, aunque sus críticos han atribuido buena parte de esos problemas a la caída de los precios del petróleo y han cuestionado esa interpretación.

La posición de Hamm también contrasta con el tratamiento fiscal que recibe la industria de petróleo y gas en Oklahoma. El sector, incluida Continental Resources, continúa beneficiándose de importantes incentivos y exenciones fiscales, estimados en más de 600 millones de dólares anuales, entre ellos tasas reducidas sobre la producción y reembolsos asociados a determinados pozos.

El 3-E como bisagra: de la Operación Resolución Absoluta a la fiebre petrolera

El parteaguas que explica la presencia actual de Continental en Venezuela ocurrió la madrugada del 3 de enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses ejecutaron la Operación Resolución Absoluta: un ataque de unas tres horas contra la infraestructura de defensa aérea venezolana —incluidas la base aérea de La Carlota, Fuerte Tiuna y el puerto de La Guaira— que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y su traslado inmediato a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo. Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina días después.

En los meses siguientes, Washington reconfiguró por completo el marco de relación con la industria petrolera venezolana. En agosto, Estados Unidos y el nuevo gobierno anunciaron que Washington tomaría control de campos con un potencial estimado de 65.000 millones de barriles, y a comienzos de septiembre Chevron comprometió más de 7.000 millones de dólares en cinco años para duplicar su producción en la Faja hasta 600.000 barriles diarios. El secretario de Estado, Marco Rubio, situó la inversión privada de corto plazo cercana a los 100.000 millones de dólares, mientras Rodríguez habló de un potencial superior a los 200.000 millones solo con el acuerdo de Chevron.

Aquí aparece una paradoja, sin embargo. A pesar de su cercanía con Trump, Hamm se había mantenido al margen de la apertura petrolera venezolana hasta ahora, después de un alud de acuerdos impulsados por el propio gobierno de Estados Unidos, principalmente con North American Blue Energy Partners.

La cercanía a Trump podría ser precisamente el mayor obstáculo, al generar incertidumbre sobre sus inversiones una vez el mismo deje la Casa Blanca en enero de 2029. Aún no se conocen visitas del magnate petrolero a Venezuela este año, mientras otras empresas más pequeñas e incluso sin experiencia se han apresurado para lograr concesiones. Podría ser, por tanto, que Hamm se esté apresurando ahora que ve una carrera por asegurar campos petroleros.

Ayacucho 2: los términos del acuerdo con Continental

El memorando firmado el 16 de septiembre en Houston, rubricado por Hamm y el vicepresidente ejecutivo de PDVSA, Jovanny Martínez, otorga a Continental la posibilidad de explorar y desarrollar el Bloque Ayacucho 2, en el estado Anzoátegui, dentro de la Faja Petrolífera del Orinoco.

Según cifras difundidas por la propia compañía, el área cubre unos 126.000 acres y contendría un estimado de 30.000 millones de barriles de recursos en sitio —una cifra que, como toda estimación de reservas en una etapa tan preliminar, no ha sido verificada por un tercero independiente y debe leerse como una proyección de la empresa, no como un hecho consumado.

El acuerdo es, por ahora, no vinculante: un memorando de entendimiento que, según Continental, debería derivar “en las próximas semanas” en un contrato de participación en la producción. El director ejecutivo de la compañía, Doug Lawler, dijo haber viajado dos veces a Venezuela este año y afirmó que Continental evalúa posibles socios para lo que calificó como un proyecto greenfield. Hamm, por su parte, sintetizó el momento así: “Nuestro equipo disfruta los desafíos”, dijo en la rueda de prensa de Houston, y agregó que esto lleva a Continental “a un nivel completamente nuevo”.

Continental explicó que la decisión respondió a una “evaluación independiente de oportunidades” en Venezuela, hecha después de que Trump instara a las petroleras estadounidenses a invertir en el país, y a la reforma de la ley de hidrocarburos venezolana, que —según la empresa— facilitó la operación.

¿Qué significa que el círculo de Trump entre a Venezuela?

La llegada de Continental no es un hecho aislado sino la pieza más reciente de un ensamblaje que mezcla política exterior, negocios privados y biografía personal de los donantes de Trump. A diferencia de Chevron —que operaba en Venezuela desde antes del gobierno de Maduro bajo licencias específicas de excepción— o de Eni, con presencia histórica en el país, Continental llega sin trayectoria previa en Venezuela o en su crudo particularmente pesado, contrastando con el shale ligero de Bakken y Vaca Muerta.

La entrada de Continental constituye otra señal de la incursión de figuras vinculadas al círculo de Trump, a sus redes financieras y a los grupos de poder que hoy rodean a la nueva administración estadounidense en Washington, en el proceso de apertura del sector energético venezolano. Más allá de una cuestión estrictamente relacionada con la concesión de licencias o con estrategias de seguridad energética, esta participación podría interpretarse como parte de un esfuerzo por garantizar que perfiles cercanos a la administración Trump tengan presencia en la apertura venezolana y, con ello, influencia sobre las decisiones que definirán el rumbo del país en los próximos años.

Por ahora, lo único formalizado es un memorando sin fuerza contractual plena. Lo que ocurra en las “próximas semanas” —el plazo que la propia Continental se ha dado para convertirlo en un contrato de participación en la producción— definirá si Ayacucho 2 se convierte en una operación real de extracción o en uno más de los anuncios que, desde enero, han acompañado la reconfiguración del mapa petrolero venezolano bajo tutela estadounidense.


Elías Ferrer colaboró en la redacción de este artículo.

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