¿Qué intereses atraen a Peter Thiel a Venezuela?

Peter Thiel, fundador de empresas como Palantir, PayPal y Founders Fund, es un capitalista de riesgo germanoestadounidense, con una creciente influencia en la política de Estados Unidos, así como en otros países. Fotografía: Gage Skidmore.

Guacamaya, 6 de agosto de 2026. Peter Thiel, capitalista de riesgo y hoy también uno de los líderes de la nueva tecno-derecha en Estados Unidos, tiene la mira puesta en Venezuela. Sus inversiones, que combinan la búsqueda de la rentabilidad con su visión ideológica del mundo, ya han empezado a aparecer en el país sudamericano.

La nueva Venezuela tras el 3 de enero tiene un significado completamente distinto para Estados Unidos. No se trata de una operación de política exterior cualquiera, como muestran varios casos ilustrativos. En los últimos meses, se ha presenciado la visita de múltiples altos cargos del gobierno estadounidense, entre ellos los secretarios Chris Wright y Doug Burgum; se ha producido un deshielo en las relaciones con Israel; y se está asentando en Caracas una de las firmas de lobby más influyentes bajo la actual administración Trump.

En este contexto, aunque no han hecho grandes anuncios, las industrias tecnológicas y armamentísticas de Estados Unidos también se fijan en Venezuela. No atraídas por un mercado local, sino por reservas estratégicas de recursos, hoy controladas en gran medida por directrices de Washington.

La trayectoria de Thiel explica en gran parte su camino hacia el líder empresarial e ideológico en el que se ha convertido. Nació en Frankfurt del Meno; con un año, su familia emigró a Estados Unidos y luego a Sudáfrica y Namibia, donde su padre trabajó en la minería durante el apartheid. Quien hoy mira hacia el coltán y las tierras raras venezolanas se formó de niño en el mundo de las minas del sur de África.

Tras Stanford, cofundó PayPal y pasó a ser conocido como uno de los integrantes de la denominada “mafia de PayPal” junto con Elon Musk, David Sacks, Max Levchin y Reid Hoffman, entre otros. A través del Founders Fund, creado en 2005, fue uno de los primeros inversores en empresas como SpaceX, Facebook, Stripe, Spotify, Polymarket y Palantir Technologies, en la cual figura como fundador.

Su carrera en inversión se combina con el uso de tesis de ciertos filósofos para promover su visión. Encontramos a Carl Schmitt, jurista comprometido con el propio nazismo, y Leo Strauss, el filósofo judío que huyó de Alemania pero conservó su desconfianza hacia la democracia de masas. Ambos sostenían que toda política real descansa en la capacidad de decidir quién es el enemigo y cuándo la norma debe suspenderse. De Schmitt tomó la idea del soberano que decide la excepción; de Strauss, la convicción de que ciertas verdades solo pueden comunicarse en un registro esotérico, reservado a quienes gobiernan.

Thiel ha citado, vía Schmitt, la clave de su pensamiento: Ausnahmezustand, significa en alemán “el estado de excepción”. Soberano no es quien gobierna en la normalidad sino quien decide cuándo suspenderla. Thiel convirtió esa idea en el núcleo de su filosofía empresarial basada en el fundador-monarca que se sitúa fuera de las reglas del mercado, el “momento straussiano” —tituló así uno de sus ensayos más citados— en que Occidente debe aceptar verdades esotéricas reservadas a quienes están preparados para gobernar. Cada decisión suya, empresarial, financiera o bancaria, es el ejercicio repetido de esa misma facultad.

Tras el poder político: Estados Unidos, Honduras y Argentina

En 2022, Thiel destinó 35 millones de dólares a candidatos republicanos, entre ellos JD Vance, hoy vicepresidente. En otros años también ha hecho contribuciones a republicanos, aunque menores, incluyendo 1,5 millones de dólares para la primera campaña presidencial de Trump.

Las donaciones que ha hecho a través de la Fundación Thiel reflejan algunas de sus prioridades: apoya proyectos de inteligencia artificial, la prolongación de la vida y el seasteading, territorios marítimos fuera del alcance de los gobiernos. Estas ideas las ha empujado también fuera del territorio estadounidense. En Honduras y Argentina, donde percibe gobiernos más maleables, vemos como promueve regulaciones y territorios con menor control estatal.

Desde 2017 respalda Próspera, una charter city en la isla de Roatán, en Honduras. Al operar como “Zona para el Empleo y el Desarrollo Económico” (ZEDE), es un territorio bajo un marco fiscal, legal y regulatorio distinto al resto del país. El consejo de gobierno cuenta con cinco miembros electos y cuatro designados por Honduras Próspera Inc., financiada por capitalistas de riesgo. Las decisiones de gobierno requieren una mayoría de dos tercios, por lo que los últimos tienen poder de veto.

La ahora expresidenta de Honduras, Xiomara Castro (2022-2026), trató de derogar la ley ZEDE y acabar con la charter city. Esto llevó a un litigio en el CIADI, donde Próspera reclama 10.700 millones de dólares—un cuarto del PIB de Honduras. Su fundador, Erick Brimen, pagó “centenares de miles de dólares” en cabildeo en Washington, tratando de lograr sanciones y el cese de asistencia estadounidense si Castro no cesaba su ofensiva contra Próspera. Las ZEDE se mantienen operativas en la actualidad.

En la Argentina de Javier Milei, vemos un enfoque más amplio. Thiel se instaló este año en Buenos Aires y viajó varias veces a la Patagonia, donde —según reportes coincidentes de varios medios— su fondo Founders Fund estaría explorando la construcción de una red de centros de datos aprovechando el excedente de gas de Vaca Muerta, a través de Crusoe Energy Systems, y los cursos de agua de la región para refrigeración.

La oferta a Milei, tal como la describe la prensa argentina, combina tres elementos: una legislación sin restricciones para el desarrollo de inteligencia artificial, apertura sin límites a la compra de tierra por parte de capital extranjero, y un compromiso estatal explícito de no regular. Palantir también cuenta con contratos para administrar datos del Estado argentino. Es, en esencia, la misma lógica de Próspera trasladada a escala de una región entera de un país soberano, con Palantir en condiciones de operar como la infraestructura que administra los datos del propio Estado argentino a cambio de ese acceso.

Los dos casos de Honduras y Argentina, aunque distintos, forman parte de una misma estrategia: negociar regímenes de excepción fuera del alcance de las regulaciones ordinarias. Para Venezuela, el patrón sugiere que la entrada no será una ZEDE abierta sino, como en Argentina, acceso privilegiado negociado con el gobierno  —banca primero, luego minería, energía y datos—, con el riesgo de un arbitraje si un futuro gobierno quisiera revertir las condiciones.

Erebor Bank: el pie en la puerta de Venezuela

La entrada a Venezuela no es a través de Palantir o una empresa minera o de energía, sino ocupando un puesto clave en las finanzas. Hablamos de Erebor Bank, fundado apenas en 2025 por Palmer Luckey, con apoyo del Founders Fund de Thiel. El ente ya ha aparecido en las noticias venezolanas, pero mostrando apenas la punta del iceberg. Se habla de intenciones de llegar a acuerdos de corresponsalía, cuando ya están operando.

El rol estratégico de Erebor Bank se debe al esquema de ventas petroleras controlado por Washington, donde las divisas se depositan en cuentas del Departamento del Tesoro. Según fuentes con conocimiento directo de la información, Erebor es la encargada de transferirlas al Banco Central de Venezuela y otros entes estatales. El “neo-banco” opera, en la práctica, sin competencia real y respaldado por la administración Trump.

Entre los próximos pasos en Venezuela, podemos prever un interés en sus recursos naturales, reflejando tanto reportes de fuentes cercanas como su visión ideológica y de negocios. Para ello, es importante entender su filosofía y la de Palantir, la empresa insignia de Thiel; ubicándose entre el análisis de datos, la vigilancia de masas y la industria de defensa.

Palantir: Una empresa de datos y un manifiesto de veintidós tesis

Palantir fue fundada formalmente en 2003 por Peter Thiel, Alex Karp —de quien también hablamos—, Joe Lonsdale, Stephen Cohen y Nathan Gettings. Las primeras inversiones externas fueron, notablemente, de In-Q-Tel, un vehículo de inversión de la CIA, y del Founders Fund.

Hoy en día, Palantir cuenta con miles de millones de dólares con el gobierno federal de Estados Unidos, incluyendo el Pentágono, ICE y el IRS, así como con otros entes estatales de otros países, desde la salud pública británica hasta el Ministerio de Defensa español. Las fuerzas armadas estadounidenses siguen siendo el mayor cliente, con un solo contrato con el Ejército llegando a los 10.000 millones de dólares.

En abril de 2026, Palantir publicó en X un resumen del libro The Technological Republic de su cofundador Alex Karp, convertido en manifiesto de veintidós tesis. Estas fueron diseñadas para circular como eslóganes pero que, leídas en conjunto, revelan un programa de reforma completa del Estado disfrazado de vocabulario republicano. Karp habla en un nivel exotérico —deuda moral, servicio nacional, defensa de la democracia— mientras reserva un nivel implícito para su determinación real centrada en sustituir la burocracia estatal por infraestructura privada.

Según Thiel, el poder duro de este siglo se construirá sobre software; las plataformas de Palantir no administran datos, se ofrecen como sistema de armas, y decisiones que antes correspondían a la deliberación pública quedan trasladadas a la ingeniería. 

Cualquier objeción se presenta como debilidad frente a China. Otras tesis avanzan un programa cultural —crítica a la introspección, indulgencia hacia los líderes empresariales, defensa de la superioridad cultural, rechazo del pluralismo—, la misma normalización de la agresión que Karp cartografió en su tesis, ahora aplicada a la jerarquización entre culturas.

Alexander Karp: el filósofo del cono de luz

Si Thiel aporta la filosofía de la excepción, Karp aporta la del lenguaje que la hace aceptable. Su tesis doctoral gira sobre Selbsterhaltung, “la autoconservación”: el mecanismo por el cual un sujeto reorganiza sus deseos y miedos alrededor de la pura supervivencia.

Formado en Haverford, llegó a Frankfurt en los noventa sin hablar alemán. Su tesis, dirigida por Karola Brede y escrita en alemán por decisión propia, estudiaba la agresión no como patología sino como integrador social, tomando como caso el discurso de Martin Walser en 1998, cuando denunció el “garrote moral” (Moralkeule) del recuerdo permanente del nazismo. Karp leyó la ovación de esa élite como prueba de que ciertas formas de agresión no se perciben como transgresión sino que son reclamadas por el cuerpo social que las recibe. La clave, tomada de Adorno, era el concepto de jerga que versa sobre un lenguaje legible solo para el círculo que lo comparte, que dice una cosa mientras transmite, en el subtexto, lo contrario.

Ese marco reaparece en The Technological Republic, donde retoma el discurso de Walser —ya sin el aparato teórico— para sostener que los alemanes nunca reconstruyeron una identidad nacional tras 1945. Su propia directora de tesis, Karola Brede, considera esa lectura simplificada, pero reveladora en la que la fuerza militar y de vigilancia no son una anomalía a reprimir sino un elemento legítimo de cohesión, si el cuerpo social la acepta como normal.

Palantir no vende solo software, vende la promesa de que el poder de vigilancia puede ejercerse sin ser percibido como transgresión, envuelto en el lenguaje de la seguridad y la defensa de Occidente. Ese marco —agresión como integrador, jerga como vehículo de un mensaje doble, cultura y pulsión como fuerzas en tensión permanente dentro de lo que Habermas llamaba el Lebenswelt “mundo inmediato” en español— no quedó archivado en una biblioteca. Reaparece, transfigurado, en el proyecto empresarial que Karp construyó después de abandonar Alemania y cruzar el Atlántico hacia San Francisco, donde conoció a Thiel.

Esa convicción se traduce en el mecanismo que la compañía llama “land and expand”: se entra a una institución con un contrato acotado, y con los ingenieros llega una ontología, el conjunto de categorías con que el sistema organiza la realidad institucional; la dependencia técnica se vuelve conceptual y luego política. El Servicio Nacional de Salud británico y el Ministerio de Defensa israelí ilustran ese historial; en el Ejército estadounidense, ejecutivos tecnológicos —uno de Palantir entre ellos— fueron incorporados como oficiales de reserva sin dejar sus cargos corporativos. Arriba, los fundadores interpretan la amenaza; en el medio, los ingenieros la traducen en código; abajo, los ciudadanos aportan los datos que el sistema convierte en expediente u objetivo. 

Venezuela como Bestand: la reserva permanente y disponible 

Entre las lecturas alemanas que marcaron a Karp en Frankfurt —según el propio relato de Karola Brede— figura Heidegger, de quien tomó prestado, a través de Habermas, el problema de los conceptos intraducibles.

Pero hay otro término heideggeriano, ajeno a la tesis de Karp pero pertinente para esta sección, que ilumina mejor que ningún dato aislado el lugar que Venezuela ocupa hoy en la mirada de Washington y de Silicon Valley: el de Bestand. En alemán designa “la existencia disponible o reserva permanente”. Con esa palabra, Heidegger describía el modo en que la técnica moderna deja de ver la naturaleza como algo con sentido propio y empieza a mirarla únicamente como recurso a la espera de ser movilizado, almacenado y puesto a producir. Bajo esa premisa, un río ya no es un río sino una central eléctrica en potencia, un bosque ya no es un bosque sino una reserva de madera.

Leído bajo esa clave, lo que sigue no es solo un inventario de minerales y megavatios, sino la descripción de un país entero convertido, en la mirada ajena, en Bestand, es decir un territorio disponible antes que nación con historia propia.

Aquí conviene introducir el término “tecno-feudalismo”, cada vez más usado para describir una nueva etapa del capitalismo en el que la disputa central ya no es por el control de industrias y territorios, sino por la propiedad de la infraestructura de cómputo, los datos y las plataformas que median el acceso a ambos. Quien controla la nube y los modelos que corren sobre ella extrae una renta —no una ganancia comercial ordinaria— de quienes dependen de esa infraestructura para operar.

Un país con superávit energético, mano de obra barata y baja regulación ambiental, como podría llegar a ser Venezuela, no participaría en ese esquema como productor de valor, sino como territorio anfitrión, sería el lugar físico donde se levantan los servidores de otros, mientras la propiedad intelectual, los datos y la renta permanecen en manos de las empresas —muchas veces las mismas que ya construyen la infraestructura militar de vigilancia— que financian y operan esos centros. 

Si el manifiesto de Palantir describe una filosofía, el mapa mineral de Venezuela describe su condición de posibilidad. El poder duro basado en software del que hablan Karp y Thiel no flota en el aire, necesita chips, sensores, baterías, aleaciones resistentes al calor y a la fatiga, y toda una cadena de suministro de minerales que hoy está dominada, en su fase de refinación, de manera abrumadora por China.

Venezuela concentra varios de estos insumos, entre hidrocarburos, recursos mineros y ríos caudalosos. El Arco Minero del Orinoco alberga oro, hierro, bauxita, coltán, tierras raras, níquel, cobre y, cada vez más mencionado, tungsteno, cuyo precio se duplicó entre enero y marzo de 2026 en medio de la escasez de suministro chino.

Entre las reservas energéticas, destaca en este caso no el petróleo, sino el gas. Una imagen resume mejor que cualquier cifra el problema y la oportunidad que Venezuela representa para la próxima generación de infraestructura de cómputo: la de las antorchas del oriente del país, ardiendo día y noche sobre los campos petroleros de Monagas, quemando un gas que nadie captura ni vende. 

Según cifras de PDVSA, en Venezuela se queman diariamente cerca de 26,75 millones de metros cúbicos normales de gas natural, lo que representa pérdidas estimadas en 4,12 millones de dólares por día —alrededor de 1.500 millones de dólares al año— en energía que simplemente se disipa en la atmósfera. 

El reporte más reciente del Banco Mundial, el Global Gas Flaring Tracker 2026, confirma la magnitud del problema y es que Venezuela figura entre las nueve naciones —junto a Rusia, Irán, Irak, México, Libia, Argelia, Nigeria y Estados Unidos— que concentran más del ochenta por ciento del flaring mundial, y ocupa el cuarto lugar del ranking global de 2025, un año en que la quema planetaria de gas alcanzó los 167.000 millones de metros cúbicos, su nivel más alto desde 2019. La Agencia Internacional de Energía ha sido todavía más específica afirmando que la intensidad de venteo y quema de las instalaciones petroleras venezolanas es doce veces superior al promedio mundial, y el país concentra casi la mitad de las emisiones de metano de toda Sudamérica.

Ese gas desperdiciado —sobrante de la extracción petrolera, sin infraestructura que lo capture, procese o transporte— es exactamente el tipo de recurso que ha empezado a interesarle a la industria de la inteligencia artificial en otras partes del continente, y el caso más elocuente para entender porqué es el de la propia Patagonia argentina, donde Peter Thiel lleva más de un año construyendo, con dinero y tecnología concretos, el modelo que podría estar pensando para Venezuela.

A ese excedente de gas se suma un segundo recurso que Venezuela posee en una escala que pocos países de la región pueden igualar: el agua dulce. La refrigeración es, junto con la energía, el segundo gran cuello de botella de cualquier centro de datos de alta densidad. Aquí pueden entrar los grandes ríos venezolanos, destacando el Orinoco, el tercero más caudaloso del mundo. Estas reservas de agua también ofrecen un gran potencial hidroeléctrico: la central Simón Bolívar en Guri tiene una capacidad instalada de 10.235 megavatios, generando más del 60% de la electricidad que consume el país.

La combinación de ambos recursos, gas y agua abundantes, reproducen la ecuación que atrajo a Thiel a la Patagonia, mientras que la debilidad institucional y la necesidad de capital extranjero reducen la capacidad del Estado anfitrión de exigir condiciones más estrictas.

El Arco Minero, las cuencas de hidrocarburos y los ríos como el Orinoco y el Caroní; leídos bajo esta clave, dejan de ser accidentes geográficos de Venezuela para convertirse en Bestand a escala nacional, siendo para Palantir un país entero disponible como reserva de materia prima y de cómputo para la república tecnológica que sueñan Thiel y Karp.

El pasado que se quiere superar

Hay una palabra alemana que la propia tesis doctoral de Karp obliga a traer a esta sección final: Vergangenheitsbewältigung, la “superación” o el “ajuste de cuentas” con el pasado que Alemania nombró desde los sesenta, es también el problema de fondo de la tesis de Karp, especialmente en su caso de estudio, el discurso de Walser de 1998, es el momento en que una parte de la élite alemana intentó declarar cerrado ese proceso.

Casi treinta años después, la tesis quince del manifiesto de Palantir retoma ese impulso, desplazado del terreno simbólico al militar: “la neutralización de Alemania y Japón tras la guerra debe revertirse”. El peso del pasado —culpa, pacifismo constitucional, límites al gasto militar— es, para Karp, un obstáculo a remover antes que una lección a conservar.

Ese impulso tiene una cadena de suministro concreta en el caso de dos países mencionados en el manifiesto de la empresa, hablamos del rearme alemán y japonés depende de insumos que abundan en el subsuelo venezolano, necesarios para producir en cantidades que Berlín y Tokio no fabricaban desde 1945.

Cada mineral venezolano cumple, en ese sentido, una función específica dentro de la cadena que sostiene tanto el rearme alemán y japonés como el negocio de Palantir:

Coltán (columbita-tantalita): el tantalio se usa para condensadores de alta densidad en electrónica militar y de guiado; niobio para aleaciones superresistentes en motores de turbina y componentes aeroespaciales.

Tierras raras: funcionan como imanes de precisión para misiles guiados, drones, radares y motores eléctricos de uso militar; un rubro en el que China concentra más del noventa por ciento de la capacidad mundial de refinación.

Tungsteno:  es esencial para blindajes, penetradores y municiones de alta densidad; su escasez global ya duplicó su precio en el primer trimestre de 2026.

Níquel: se usa para  aceros especiales y superaleaciones para cascos navales, blindaje y componentes sometidos a altas temperaturas, como los de motores a reacción.

Cobre: funciona para el cableado, electrónica de a bordo y sistemas de comunicación militar, con Venezuela entre los países que concentran una porción significativa de las reservas mundiales.

Bauxita y hierro: sirve para el aluminio y acero estructural para blindaje ligero, fuselajes y construcción naval.

Asegurar el acceso a esa retaguardia mineral no solo diversifica la cadena de suministro de Washington frente a China: fortalece directamente la posición de Palantir como proveedor de la capa de software que organiza y prioriza el uso de ese hardware, desde la extracción del mineral hasta el sistema de armas final. 

Cuanto más dependan Alemania y Japón de minerales extraídos, procesados y clasificados dentro de una infraestructura logística en la que Palantir tiene ya un pie adentro, más se cierra el círculo entre el manifiesto que reclama el rearme de las dos potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial y la empresa que se beneficia de proveer la inteligencia artificial que ese rearme necesita para funcionar.

En Japón, el giro ya no es hipotético, puesto que  desde febrero de 2026 la primera ministra Sanae Takaichi acelera el gasto militar al dos por ciento del PIB con un presupuesto récord de 58.000 millones de dólares y levantó la prohibición de décadas sobre exportación de armas letales. Palantir ya tiene oficina en Tokio y próximamente jugará un rol clave en el rearme japonés.

En Alemania, el caso es más ambiguo. Friedrich Merz busca “el ejército más poderoso de Europa” —exactamente lo que pide la tesis quince del manifiesto—, pero la Bundeswehr excluyó a Palantir de su nube militar por soberanía tecnológica, y Alemania y Francia desarrollan un sistema de inteligencia propio. 

Esa resistencia convive con la presión de JD Vance y Elon Musk por normalizar a la AfD, el partido de extrema derecha nacido del mismo malestar con el Vergangenheitsbewältigung oficial que denunció Walser, el país que vio nacer a Thiel y a la tesis de Karp es, a la vez, el aliado más obvio de su proyecto en el rearme y su resistencia más firme en la soberanía de los datos. Por ello empujarán para que una fuerza aliada gobierno el eje franco- alemán en el corto plazo.

Lebenswelt

En agosto de 1939, Einstein le escribió a Roosevelt para advertirle que la física nuclear ya no era solo ciencia, era poder militar en potencia, y que Alemania había dejado de vender uranio. Seis años después, Hiroshima y Nagasaki inauguraron una era extraña, la única en la historia en que un arma fue tan devastadora que su propio uso se volvió su mejor disuasivo.

Venezuela entra en esa guerra sin haber sido invitada a discutir sus términos. No como frente de combate, sino como uno de los territorios donde se decide, silenciosamente, de qué lado de la jerarquía cultural que traza Karp va a quedar, cuando escribe que “algunas culturas han progresado significativamente” mientras otras permanecen “disfuncionales y regresivas”. No está describiendo un hecho neutral, sino anticipando un reparto de roles.

En ese reparto, el país no figura como protagonista de su propio progreso, sino como proveedor de la materia prima —mineral, energética, ahora también bancaria— que permite que las culturas que Karp sí considera avanzadas puedan rearmarse. La ironía no es menor, el mismo territorio clasificado como regresivo podría resultar indispensable para que Alemania y Japón dejen de serlo, según los términos del propio manifiesto que los describe como países “debilitados” tras la guerra.

Lo que está en juego, entonces, no es solo si Venezuela conseguirá inversión, acceso financiero o reconocimiento internacional, sino qué clase de orden político hereda a cambio de eso. 

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