“La paz no comienza cuando se firman los acuerdos, sino cuando cambian las conversaciones”.
Guacamaya, 20 de abril de 2026. Esa frase, surgida en una de las Mesas de Convergencia del Foro Cívico, no es solo una conclusión afortunada, representa en realidad, una síntesis profunda de lo que la historia de Bosnia y Herzegovina nos enseñó tras los Acuerdos de Dayton.
En el marco del programa “Tejiendo senderos para el diálogo en Venezuela”, distintos actores —provenientes de trayectorias políticas, académicas y vitales profundamente distintas— se sentaron en una misma mesa para hablar de convivencia y paz. No es un hecho menor. En un país marcado por la desconfianza, la polarización y las heridas acumuladas, el simple acto de escucharse sin anularse ya constituye un gesto político de enorme significado.

Jornadas de Mesas de Convergencia celebradas por el Foro Cívico.
Pienso en Bosnia, y la conexión se vuelve inevitable. Antes de que existiera un acuerdo firmado en una base militar en Ohio, hubo algo más difícil y fue la lenta, incómoda y muchas veces dolorosa transformación de las conversaciones. Porque en Bosnia, como hoy en Venezuela, el conflicto no era solo territorial o institucional; era profundamente narrativo. Las palabras habían sido armas. Los medios habían amplificado el miedo. Las identidades se habían definido hasta volverse excluyentes.
Por eso, lo que ocurrió en Dayton fue apenas un punto de inflexión, no un punto de llegada. La verdadera paz comenzó después, cuando periodistas tuvieron que aprender a contar historias sin odio, cuando comunidades empezaron a hablar entre sí, cuando espacios —muy parecidos a estas Mesas de Convergencia— permitieron que el otro dejara de ser un enemigo abstracto para convertirse nuevamente en interlocutor.
En ese sentido, lo que impulsa hoy el Foro Cívico se inserta en una tradición más amplia de lo que podríamos llamar diplomacia desde abajo en procesos donde la sociedad civil no espera a que la política institucional resuelva el conflicto, sino que comienza a transformarlo desde el lenguaje, desde la escucha, desde la posibilidad de construir una narrativa compartida. Como lo plantea su propia filosofía, se trata de articular la diversidad, reconstruir el tejido social y apostar por soluciones pacíficas y consensuadas.
Lo interesante —y profundamente esperanzador— es que estas mesas no buscan eliminar las diferencias. Al contrario, las reconocen y las ponen en diálogo. Como en Bosnia, la paz no implica homogeneidad, sino la capacidad de sostener el desacuerdo sin recurrir a la destrucción del otro.
Escuchar a personas como Elías Jaua, una figura históricamente vinculada al PSUV y Enrique Márquez, un expreso político en un mismo espacio, moderados por una historiadora como Inés Quintero, no es solo un ejercicio académico o político es, en esencia, un ensayo de país. Es una demostración de que incluso en contextos donde la desconfianza ha sido estructural, todavía es posible crear condiciones mínimas para el encuentro.
Y ahí es donde la experiencia de Bosnia ilumina con más fuerza. Porque si algo nos enseña ese proceso es que los acuerdos son posibles incluso después de los peores horrores, pero solo se sostienen si existe un ecosistema de comunicación que los respalde. Sin nuevas conversaciones, los acuerdos se vacían; sin espacios de escucha, la paz se vuelve frágil.
Quizás por eso estas iniciativas importan tanto. Porque, en el fondo, no están intentando resolverlo todo de inmediato. Están haciendo algo más difícil, pues están cambiando el tono, el lenguaje, la forma en que los venezolanos pueden volver a mirarse.
Y si Bosnia nos dejó una lección duradera, es esta:
“la paz comienza mucho antes de los acuerdos… y también depende de lo que seamos capaces de decir —y de escuchar— después de ellos.”
A veces me sorprende cómo un país tan lejano como Venezuela pudo tener un lugar tan íntimo en los corazones de personas que nunca conocí como los bosnios.
Cambiar la conversación en medio del caos: Kassandra, una esperanza desde Venezuela hasta los Balcanes
Imagino a Nikola, Amina y Marija, sentados en una sala oscura en Sarajevo o en Banja Luka, con el sonido distante de los disparos filtrándose por las paredes. Afuera, la guerra; adentro, un televisor. Afuera, la muerte; adentro, Kassandra, una historia que hablaba de amor, injusticia y destino, pero también de la resiliencia de los gitanos, una comunidad que había sufrido siglos de persecución y que en los Balcanes conocía la tragedia del Porrajmos ejecutada por los nazis y la temible ustacha croata.
No puedo evitar reflexionar sobre la paradoja que esto representa. Mientras la propaganda de guerra dividía a las comunidades, construía enemigos invisibles y sembraba miedo, una telenovela venezolana unía. Bosniacos, serbios y croatas compartían un espacio común de narrativa y conversación. La ficción se convirtió en un puente cuando la realidad había hecho imposible la comunicación. Kassandra ofrecía algo más que entretenimiento, se trataba de humanidad compartida, momentos de pausa en el horror, y la prueba de que incluso en medio de la barbarie, lo humano podía persistir y las conversaciones podían pasar de constantes discusiones y odio a algo común que los hacía conectarse entre si a pesar de que esas bases de la conversación venían desde un pequeño país al otro lado del Atlántico como Venezuela.
En 1997, la telenovela venezolana Kassandra se convirtió en un fenómeno inesperado en la República Srpska, una de las dos entidades que conforman Bosnia y Herzegovina junto con la Federación de Bosnia y Herzegovina. En una región que apenas salía de la guerra y donde la paz seguía siendo frágil, la ficción logró algo inusual y eso fue detener, aunque fuera por una hora, la tensión cotidiana de una sociedad marcada por el conflicto.

Afiche de publicidad de la novela venezolana Kassandra
Según relató el ejecutivo Antonio Páez, la novela “paralizaba toda esa zona”. La propia protagonista recordaría después que, más allá de la dureza del contexto, la audiencia encontraba en la historia un espacio de evasión frente a una realidad “cruel y sangrienta”.
El contexto político era extremadamente volátil. Tras el fin de la guerra, la estabilidad en la República Srpska se veía amenazada por la rivalidad entre las facciones alineadas con Radovan Karadžić —presidente entre 1992 y 1996 y posteriormente acusado de crímenes de guerra— y las del nuevo liderazgo encabezado por Biljana Plavšić, respaldada por Estados Unidos. Mientras la capital de facto se consolidaba en Banja Luka, Karadžić mantenía su bastión político en Pale.
En ese escenario, el control de los medios era clave. La televisión estatal SRT, con sede en Pale y bajo influencia de Karadžić, transmitía mensajes contra las fuerzas internacionales de paz y difundía propaganda hostil hacia Occidente y los Acuerdos de Dayton.
El punto de quiebre llegó en agosto de 1997, cuando simpatizantes de Plavšić tomaron una repetidora clave de SRT en Banja Luka y cortaron la señal proveniente de Pale. Al restablecerse la transmisión bajo el control del nuevo gobierno, surgió un problema inesperado, no tenían los episodios de Kassandra, cuya continuidad seguía con fervor la población.
La interrupción no fue trivial. En Washington, dentro del Departamento de Estado durante la administración de Bill Clinton, surgió preocupación por el posible impacto social. Temían que la suspensión de la telenovela alimentara el descontento y agravara las tensiones internas, debilitando aún más la frágil autoridad de Plavšić.
En ese contexto, un funcionario estadounidense —que ni siquiera podía revelar su identidad— contactó a Antonio Páez para solicitar ayuda urgente. La situación era paradójica, debido a que el canal necesitaba la novela, pero no tenía derechos ni recursos para adquirirla. De hecho, se descubrió que anteriormente los episodios habían sido retransmitidos de forma irregular desde una señal en Serbia.
Ante la negativa de Estados Unidos de involucrarse financieramente, Páez tomó una decisión poco convencional y Coral Pictures donó la serie. La medida permitió restablecer la emisión de Kassandra en la región y contribuir con la paz.
El resultado fue inmediato. La tensión social disminuyó y la programación volvió a ofrecer ese breve espacio de normalidad en medio de la incertidumbre. Para Páez, el episodio ilustró con claridad el alcance inesperado del poder cultural en un contexto de posguerra, una telenovela pudo convertirse, aunque de forma efímera, en un instrumento de estabilización social para la paz cambiando la conversación.
Incluso la visita de Coraima Torres a Serbia, invitada por Slobodan Milošević, ilustra la complejidad de la relación entre cultura y política. Lo que para los espectadores era un símbolo de esperanza y continuidad, para el poder se convirtió en instrumento de manipulación y legitimación. La misma narrativa podía ser herramienta de reconciliación o de control; todo dependía del contexto y de la interpretación de quienes la recibían.
Justamente en la tercera sesión de las mesas de convergencia, la advertencia de Jaime Bello León sobre las trabas que imponen las redes sociales al diálogo no es un señalamiento menor, pues apunta directamente a uno de los grandes desafíos contemporáneos de la construcción de paz, donde los espacios digitales, lejos de facilitar el encuentro, muchas veces amplifican la desconfianza, la polarización y la deshumanización del otro.
El comentario tuvo una notable resonancia, y resulta lamentable constatar que, en Venezuela, los factores de comunicación vinculados a agendas políticas profundamente marcadas no han sido capaces —ni siquiera en este momento— de reconocer su papel relevante en la agudización del conflicto. Tanto el gobierno como la oposición han construido sus propias cajas de resonancia y aparatos de propaganda donde se estigmatiza y se ha promovido abiertamente el odio y se ha normalizado la descalificación a través de etiquetas como “escuálidos”, “alacranes” o “colaboracionistas”.
Los ecos de Dayton
Esta preocupación encuentra un eco claro en la experiencia de Bosnia y Herzegovina tras los Acuerdos de Dayton. Allí, aunque el contexto tecnológico era distinto, el problema de fondo era similar dentro de un ecosistema comunicacional fragmentado, cargado de narrativas excluyentes y discursos que impedían el reconocimiento mutuo. Por eso, iniciativas como la formación de periodistas, las campañas de derechos humanos y, especialmente, las radios comunitarias multilocales, buscaron precisamente lo contrario a lo que hoy muchas veces ocurre en redes relativizar la conversación, humanizarla y devolverle complejidad. Frente a la lógica de la inmediatez y la confrontación, Bosnia apostó —con dificultad, pero con intención— por crear espacios donde escuchar fuera tan importante como hablar. Esa es quizás la conexión más potente con el presente venezolano y eso es entender que, sin transformar los entornos donde ocurre la conversación, el diálogo político corre el riesgo de quedarse sin suelo.

Firma de los Acuerdos de Dayton base de la actual Bosnia y Herzegovina.
Desde la perspectiva de la sociología de la comunicación, esto no es un fenómeno anecdótico, sino estructural. Los medios no solo transmiten información, también producen sentido, configuran identidades y delimitan los marcos dentro de los cuales se interpreta la realidad social. En contextos de alta polarización, como el venezolano, el lenguaje deja de ser un vehículo de deliberación y se convierte en un instrumento de confrontación, reforzando la lógica de “nosotros contra ellos” que caracteriza a los conflictos intensos.
El resultado ha sido una degradación progresiva del debate público dado que, la discusión de ideas ha sido sustituida por ataques sistemáticos y orquestados, donde el adversario político deja de ser un interlocutor legítimo para convertirse en un enemigo moralmente descalificado. Este fenómeno, ampliamente estudiado, implica que la polarización no solo divide opiniones, sino que erosiona las bases mismas de la convivencia democrática al transformar el desacuerdo en antagonismo irreconciliable .
En este contexto, los medios —tradicionales y digitales— no operan como simples canales neutrales, sino como actores inmersos en estructuras de poder, dinámicas económicas y rutinas productivas que tienden a simplificar, estereotipar y amplificar narrativas conflictivas . Así, se configuran ecosistemas comunicacionales cerrados, donde cada sector refuerza sus propias creencias y percepciones, dificultando cualquier posibilidad de diálogo genuino.
El resultado es particularmente preocupante, tenemos entonces que el deterioro del lenguaje público se convierte en un obstáculo estructural para la paz y la convivencia en las próximas décadas. Cuando el lenguaje se contamina, también lo hace la posibilidad de imaginar soluciones compartidas.
Por ello, resulta no solo pertinente sino urgente mirar hacia experiencias como las de Bosnia y Herzegovina, donde, tras un conflicto devastador, se comprendió que la reconstrucción no podía limitarse a lo institucional, sino que debía incluir una transformación profunda de las prácticas comunicacionales. Es desde esa perspectiva que me permito presentar algunas de las iniciativas implementadas en ese contexto, como posibles referencias para un caso venezolano que hoy demanda, con urgencia, nuevas formas de decir, escuchar y comprender.
Ideas desde la experiencia de Bosnia y Herzegovina
Al pensar en las iniciativas comunicacionales implementadas en Bosnia y Herzegovina tras los Acuerdos de Dayton, no puedo evitar sentir una mezcla de asombro y melancolía. Asombro por la complejidad y la conciencia de quienes entendieron que la paz no se construye solo con firmar documentos; melancolía al ver cuán frágil es la confianza social y cómo los medios pueden ser tanto constructores como destructores de esa confianza.
Los Acuerdos de Dayton no fueron el resultado de milagros; fueron producto de una combinación delicada de valentía política, presión internacional y una cooperación sostenida entre actores que reconocieron que ningún bando podía alcanzar la seguridad ni la prosperidad solo. La mediación estadounidense, la supervisión de la ONU y la participación de la Unión Europea mostraron que la comunidad internacional, cuando actúa con coordinación y claridad de propósito, puede ser más que un espectador, puede ser un arquitecto de soluciones imposibles en apariencia.

Bosnia me enseña que los acuerdos son necesarios porque, sin ellos, el sufrimiento se perpetúa, y que pueden alcanzarse incluso cuando el horror parece absoluto. Enseña que la diplomacia exige audacia, resistencia y la capacidad de imaginar un futuro diferente al que la violencia ha impuesto. Y, sobre todo, me recuerda que quienes nos apasionamos por la política internacional debemos mantener la convicción de que la cooperación, la escucha y la acción conjunta no son opciones, ya que son imperativos estratégicos. Porque la paz, incluso en los escenarios más devastadores, sigue siendo posible si alguien está dispuesto a luchar por ella con inteligencia, paciencia, estrategia y pasión.
Nos invita a reflexionar sobre la enorme fuerza que implica sentarse a negociar después de masacres y limpieza étnica, sobre la paciencia y la visión de quienes entendieron que la paz no es solo un acuerdo sobre mapas o instituciones, sino un esfuerzo cotidiano para reconstruir la confianza entre personas que alguna vez se vieron como enemigos irreconciliables. Esa misma fuerza, pienso, es la que necesitamos recordar hoy en los conflictos y crisis de nuestro mundo donde la política internacional no es solo geopolítica fría; es la búsqueda apasionada de puntos de encuentro donde otros solo ven barreras.
De la experiencia de Bosnia y Herzegovina hay ideas en iniciativas que en lo personal rescató para nuestro difícil contexto.
Formación de periodistas por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa
Entre las ideas que rescato del caso de Bosnia y Herzegovina está la formación de periodistas por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), ya que me parece un ejemplo crucial. Consistió en talleres sobre ética, verificación de hechos y cobertura imparcial parecían modestos en comparación con el trauma vivido por la población, pero eran esenciales. En un país donde cada medio había servido de megáfono a narrativas étnicas durante la guerra, enseñar a reportar con responsabilidad fue un acto de resistencia civil y política. Los periodistas se convirtieron en mediadores silenciosos de la paz, aprendiendo a priorizar la verdad y la convivencia por encima de la polarización. Para Venezuela, donde los medios se han vuelto terreno de disputa política y social, esta experiencia subraya que formar comunicadores comprometidos con los hechos puede ser un pilar fundamental para reconstruir confianza y diálogo, aunque sea un trabajo que requiere tiempo y paciencia.
Campañas de la Misión de las Naciones Unidas en Bosnia y Herzegovina
Otra iniciativa útil fueron las campañas de la Misión de las Naciones Unidas en Bosnia y Herzegovina, conocida como UNMIBH sobre derechos humanos e inclusión de minorías, las cuales me hicieron reflexionar sobre la necesidad de visibilizar a los más vulnerables como parte de la narrativa de paz. En Bosnia, esto significó educar a la población sobre los derechos de mujeres, niños y comunidades desplazadas, recordando que la reconciliación incluye a quienes fueron excluidos. En Venezuela, los comunicadores podrían desempeñar un papel similar al resaltar historias de inclusión y participación ciudadana, promoviendo respeto por la diversidad y fomentando la empatía hacia quienes han sido marginados por la crisis social y política. La comunicación no es neutral, puede legitimar la exclusión o abrir caminos hacia la inclusión.
Las radios comunitarias
Un proyecto que también contribuyó notablemente fue el de las radios comunitarias multilocales como Radio Mirovna y los programas de “Open Dialogue” representan para mí la dimensión más humana de la comunicación de paz. No se trataba solo de transmitir información, sino de crear espacios donde las personas escucharan y fueran escuchadas, compartieran sus miedos y reconstruyeran lazos rotos. Este enfoque me hace pensar en cómo, en Venezuela, aún existe un enorme potencial en medios de proximidad y plataformas comunitarias, donde la gente pueda dialogar sobre experiencias compartidas y encontrar puntos de conexión más allá de las divisiones políticas. Aquí, los comunicadores no solo informan; actúan como arquitectos de puentes sociales.
La experiencia reciente de Bosnia y Herzegovina ofrece un ejemplo relevante de cómo el espacio digital se ha convertido en un campo central para la convivencia democrática en sociedades que han atravesado conflictos violentos. Para comprender el alcance de iniciativas como la Carta Ciudadana sobre conducta responsable en redes sociales, facilitada por el Centro para el Diálogo Humanitario (HD), es necesario situarlas dentro del contexto histórico del país y de los desafíos persistentes de su proceso de reconciliación.
En este contexto de posconflicto, el debate público y la comunicación —especialmente en el espacio digital— han adquirido una importancia creciente. Las redes sociales han ampliado la participación ciudadana, pero también han generado riesgos asociados a la desinformación, el discurso de odio y la manipulación política. Conscientes de estos desafíos, el Centro para el Diálogo Humanitario facilitó la elaboración de una Carta Ciudadana sobre conducta responsable en redes sociales antes de unas elecciones generales en Bosnia y Herzegovina. El objetivo de esta iniciativa era desalentar prácticas nocivas en el espacio digital —como el discurso de odio, el acoso, la desinformación o el uso de bots y trolls— y promover comportamientos responsables entre ciudadanos, actores políticos e instituciones internacionales.
La Carta Ciudadana y cómo la sociedad organizada presionó para desplazar al odio de la comunicación y el espacio público
Uno de los aspectos más innovadores del proceso fue su enfoque deliberativo y participativo. Para elaborar la carta, se convocó a cincuenta ciudadanos seleccionados mediante un muestreo aleatorio estratificado que reflejara la diversidad social y regional del país. Estos participantes se reunieron durante cuatro días en un Foro Ciudadano celebrado en Jahorina, donde debatieron sobre el impacto de las redes sociales en la democracia y formularon recomendaciones concretas para mejorar la calidad del debate público en línea. El proceso fue coordinado por los equipos del Centro para el Diálogo Humanitario especializados en los Balcanes y en conflicto digital, junto con un comité directivo integrado por académicos, expertos en medios y representantes de la sociedad civil. Además, se contó con la colaboración de democracyCo, una organización especializada en procesos de deliberación ciudadana.
El resultado de este proceso fue una carta que propone normas básicas de conducta para el entorno digital. Entre ellas se destacan la promoción de información verificable y de fuentes creíbles, la reducción de la desinformación y la manipulación mediante bots o trolls, y una mayor responsabilidad tanto de los usuarios como de los actores políticos en el uso de redes sociales. Para garantizar su impacto, la iniciativa también prevé la supervisión del espacio digital por parte de un organismo independiente antes y durante el período electoral.
Más allá de su contexto electoral inmediato, este caso revela una tendencia más amplia en los procesos contemporáneos de construcción de paz, ya que aborda la necesidad de una gobernanza democrática del espacio digital. En sociedades que han experimentado conflictos identitarios o políticos profundos, las redes sociales pueden amplificar tensiones existentes si no existen normas compartidas de comportamiento y mecanismos de alfabetización mediática. Por ello, iniciativas como la Carta Ciudadana buscan transformar el espacio digital en un ámbito de deliberación democrática, donde la diversidad de opiniones no derive necesariamente en polarización o violencia simbólica.
Las lecciones de este caso resultan particularmente relevantes para contextos como el venezolano. En una sociedad caracterizada por altos niveles de polarización política y una intensa actividad en redes sociales, promover normas de conducta responsables en el espacio digital podría contribuir a mejorar la calidad del debate público y reducir la circulación de desinformación y discursos de odio. Iniciativas similares —basadas en participación ciudadana, deliberación plural y educación mediática— podrían ayudar a crear un entorno digital más seguro y constructivo, capaz de apoyar procesos de diálogo nacional y reconciliación social.
En este sentido, la experiencia de Bosnia y Herzegovina muestra que la construcción de paz en el siglo XXI no se limita a acuerdos políticos o institucionales. También implica el desarrollo de normas sociales y democráticas para la comunicación digital, reconociendo que el espacio virtual se ha convertido en uno de los principales escenarios donde se negocian identidades, se disputan narrativas y se construyen —o se erosionan— las bases de la convivencia democrática.
El desarrollo de la Carta Ciudadana sobre conducta responsable en redes sociales en Bosnia y Herzegovina también ha estado acompañado por reflexiones de expertos, académicos y participantes del proceso deliberativo, quienes han subrayado la importancia de fortalecer la cultura democrática en el entorno digital. Sus aportes ayudan a comprender cómo las normas de comportamiento en redes sociales pueden contribuir a la estabilidad democrática y a la construcción de paz en sociedades que han atravesado conflictos.
Desde el ámbito de la mediación internacional, Adam Cooper, representante del Centre for Humanitarian Dialogue, ha resaltado la relevancia de la democracia deliberativa como herramienta para fortalecer la participación ciudadana. Según Cooper, iniciativas como la Carta Ciudadana permiten que las personas no sean únicamente receptoras de decisiones políticas, sino actores activos en la definición de las normas que regulan la convivencia en el espacio público y digital. Este enfoque reconoce que la construcción de una sociedad democrática no depende exclusivamente de instituciones formales, sino también de la capacidad de los ciudadanos para deliberar colectivamente y acordar principios de comportamiento que reflejen sus aspiraciones comunes.
Por su parte, la académica Jasmina Hadžić, vinculada a la University of Sarajevo, ha subrayado la importancia de fortalecer la alfabetización cívica y mediática en contextos electorales. Hadžić destaca que, en sociedades que han atravesado conflictos políticos o identitarios, el conocimiento ciudadano sobre los procesos electorales y sobre el funcionamiento del ecosistema informativo resulta esencial para proteger la integridad democrática. Desde esta perspectiva, promover el acceso a información verificable y confiable en las redes sociales se convierte en una condición fundamental para evitar la manipulación política y fortalecer la confianza en las instituciones.
En el ámbito del periodismo de investigación, Leila Bičakčić, del Center for Investigative Reporting Bosnia and Herzegovina, ha señalado que la Carta Ciudadana puede funcionar como un mecanismo de prevención frente a la propagación del discurso de odio y la desinformación en el espacio digital. Para Bičakčić, el valor de la iniciativa radica en su capacidad de equilibrar dos principios fundamentales de las sociedades democráticas como lo son la libertad de expresión y la responsabilidad en el uso de esa libertad. En este sentido, la promoción de normas éticas de comunicación en redes sociales puede contribuir a reducir la polarización y a fortalecer un debate público basado en hechos verificables.
Finalmente, la perspectiva ciudadana también ha sido un componente importante del proceso. Participantes como Ivan Volić han señalado que el objetivo principal de la carta es incentivar un comportamiento responsable entre los usuarios de redes sociales. Desde esta visión, el documento no pretende limitar la libertad de expresión, sino fomentar una cultura digital basada en el respeto, la verificación de la información y el reconocimiento de las consecuencias que la comunicación en línea puede tener sobre la convivencia social.
En tal sentido, estas perspectivas reflejan un consenso emergente en sociedades que buscan consolidar la paz y la democracia después de conflictos profundos, el espacio digital debe ser entendido como un ámbito de responsabilidad compartida. La promoción de normas de conducta, el fortalecimiento de la alfabetización mediática y la participación activa de los ciudadanos en la regulación ética del debate público se convierten así en elementos clave para proteger la calidad de la democracia y prevenir nuevas formas de polarización y conflicto.
La experiencia de la Carta Ciudadana sobre conducta responsable en redes sociales en Bosnia y Herzegovina dialoga de manera directa con lo planteado en las Mesas de Convergencia del Foro Cívico, especialmente con la idea de que la paz comienza cuando cambian las conversaciones. Lo que esta iniciativa evidencia es que, en el siglo XXI, esas conversaciones ya no ocurren únicamente en espacios físicos o institucionales, sino de forma decisiva en el entorno digital, donde se construyen percepciones, se refuerzan identidades y, en muchos casos, se profundizan las fracturas sociales.
Si en las mesas de convergencia se ha insistido en el poder del lenguaje como herramienta para generar confianza, la experiencia bosnia lleva esa premisa un paso más allá, pues reconoce que ese lenguaje debe ser también regulado, comprendido y transformado en las redes sociales, donde la inmediatez, el anonimato y la lógica algorítmica tienden a premiar la confrontación sobre la deliberación. La advertencia hecha en estos espacios sobre las trabas que imponen las redes al diálogo encuentra aquí una respuesta concreta, ya que no basta con promover el encuentro entre actores políticos y sociales, es necesario construir normas compartidas que orienten la conducta en el espacio digital.
Es por esto, que tanto las mesas de convergencia como la Carta Ciudadana comparten un mismo espíritu y ese es la apuesta por la deliberación como práctica democrática. Mientras en Venezuela se crean espacios donde actores con visiones distintas pueden escucharse y reconocerse, en Bosnia se diseñan mecanismos para que esa misma lógica de respeto y responsabilidad se traslade al ámbito digital. Ambas iniciativas parten de una premisa fundamental en la sociología de la comunicación y esa es que el conflicto no solo se expresa en estructuras políticas, sino en los marcos simbólicos y narrativos que organizan la vida social.
Además, el carácter participativo del proceso bosnio —basado en la inclusión de ciudadanos diversos en la definición de normas de comportamiento— ofrece una lección especialmente relevante para el contexto venezolano. Las Mesas de Convergencia han demostrado que es posible generar confianza a través del encuentro; la experiencia de Bosnia sugiere que ese esfuerzo puede ampliarse mediante procesos deliberativos que involucren a la ciudadanía en la construcción de reglas para la comunicación pública, especialmente en redes sociales, donde hoy se reproduce gran parte de la polarización.
En definitiva, la conexión entre ambas experiencias revela una dimensión clave de la construcción de paz contemporánea, puesto que no se trata solo de abrir espacios de diálogo, sino de proteger y sostener la calidad de ese diálogo en todos los ámbitos donde ocurre, particularmente en el digital. Así como Bosnia entendió que la reconciliación requería transformar el ecosistema comunicacional que había alimentado el conflicto, Venezuela enfrenta hoy el desafío de extender los principios que emergen de espacios como las Mesas de Convergencia hacia el terreno más amplio —y muchas veces más hostil— de las redes sociales. Porque, al final, cambiar las conversaciones implica también cambiar los lugares donde esas conversaciones se producen.
Aprovechar la tradición Suiza en Venezuela
Un elemento clave es que la participación de Suiza en las jornadas del Foro Cívico no es circunstancial, sino que responde a una larga tradición de mediación internacional basada en la neutralidad, la confidencialidad y la construcción de confianza. Este país ha desempeñado un papel relevante en múltiples procesos de paz, incluyendo su acompañamiento en las conversaciones entre Etiopía y Eritrea, su rol como potencia mediadora entre Estados Unidos e Irán durante décadas, y su apoyo a procesos de diálogo en Colombia. En conjunto, Suiza ha contribuido a más de 30 procesos de paz en más de 20 países, ya sea como mediador directo o brindando asistencia técnica y espacios de negociación en coordinación con actores como la ONU o la OSCE.
En este marco, destaca también el trabajo de instituciones con sede en Suiza como el Centre for Humanitarian Dialogue (HD), una organización independiente de diplomacia privada que promueve la resolución de conflictos a través del diálogo en diversas regiones del mundo. Su labor incluye no solo la facilitación de acuerdos entre partes en conflicto, sino también iniciativas innovadoras como la promoción de códigos de conducta en redes sociales y procesos deliberativos ciudadanos, como la Carta Ciudadana para la conducta responsable en Bosnia y Herzegovina.
La experiencia internacional demuestra que estos enfoques no implican una injerencia externa ni una renuncia a la soberanía, tampoco relegar deseos de cambio o demandas legítimas sino una oportunidad para fortalecer capacidades locales. En contextos altamente polarizados como el venezolano, la cooperación con actores suizos podría facilitar la implementación de herramientas como foros deliberativos, alfabetización mediática y normas de convivencia digital, orientadas a reducir la desinformación, el discurso de odio y la fragmentación social.
Sin embargo, la reacción hostil de algunos sectores políticos frente a este tipo de iniciativas resulta preocupante, ya que limita las posibilidades de entendimiento y evidencia una resistencia a transformar las dinámicas del conflicto. Más que percibir a Suiza como un actor externo intrusivo, su presencia debería entenderse como una oportunidad estratégica para impulsar procesos de diálogo, fortalecer la convivencia democrática y avanzar hacia soluciones sostenibles en un contexto que exige mayor apertura a la cooperación internacional.
Por ende, inspirándose en iniciativas como la Carta Ciudadana sobre conducta responsable en redes sociales, me parece pertinente plantear la necesidad de desarrollar en Venezuela un programa de formación sobre conflicto digital, en el que participen actores de la sociedad civil, medios independientes y liderazgos comunitarios, articulado con el Programa por la Paz y la Convivencia Democrática como eje de impulso nacional y con el apoyo del Centro para el Diálogo Humanitario (HD).
Aprovechando la experiencia de la diplomacia suiza y la estructura de mediación de la MSU de la ONU, este programa podría combinar formación en alfabetización mediática, deliberación ciudadana, producción de contenidos responsables y mediación digital, fomentando un espacio de diálogo seguro y constructivo. De esta manera, se fortalecería la participación ciudadana y la capacidad de la sociedad venezolana para transformar las redes sociales en herramientas de convivencia y reconciliación, estableciendo un puente entre la práctica internacional en construcción de paz y las urgencias locales de diálogo y reconciliación social.
La experiencia internacional —particularmente la labor de la Unidad de Apoyo a la Mediación (MSU) del Departamento de Asuntos Políticos y de Consolidación de la Paz de las Naciones Unidas— ofrece un marco útil para conceptualizar este tipo de programas. La MSU actúa como “central de inteligencia y gestión” para la mediación internacional, proporcionando conocimientos, capacitación y apoyo operativo a procesos de paz, y administrando el Equipo de Reserva de Asesores Superiores (SBT), un grupo de expertos que pueden desplegarse rápidamente para asesorar y formar en mediación y diplomacia en contextos complejos .
En Venezuela puede diseñarse y ejecutar un Programa de Formación sobre Conflicto Digital y Mediación, orientado a equipar a comunicadores, liderazgos comunitarios, representantes de medios independientes y miembros de la sociedad civil venezolana con herramientas para comprender y gestionar el impacto de las tecnologías digitales en la polarización, el discurso público y las dinámicas de conflicto.
Si algo me queda claro al reflexionar sobre Bosnia es que la paz es frágil y cotidiana. No basta con que los líderes firmen acuerdos; se requiere una cultura de comunicación responsable y participativa. En Venezuela, la lección es que los medios y los comunicadores tienen un rol estratégico debido a que pueden ser agentes de reconciliación o multiplicadores de conflictos. Su desafío consiste en priorizar la construcción de confianza, abrir espacios de diálogo y humanizar la narrativa, recordando que, detrás de las cifras y los discursos, están siempre las personas que desean vivir sin miedo y con dignidad.
Venezuela, a través de la novela Kassandra, fue capaz de transformar las conversaciones en Bosnia, no logró la paz ni resolver el conflicto, pero sí sembró una semilla en el corazón de los bosnios y les permitió abordar temas distintos a sus diferencias. Hoy, quizá nos toque a los venezolanos mirar hacia ese hermoso país de los Balcanes en busca de inspiración.
Mi deseo personal es que algún día Venezuela y Bosnia y Herzegovina puedan establecer relaciones diplomáticas plenas, consolidando un vínculo de cooperación y diálogo que honre la historia y la cultura de ambos pueblos.
La paz es fundamental para la estabilidad que es la base de un modelo de prosperidad que nos permitirá diseñar un futuro compartido.







