Opinión | El efecto invictus
Aquella mañana, una querida amiga, al compartir su alegría por la victoria venezolana en el campeonato mundial de béisbol, me señaló: “Estos son los nietos de los héroes del 41”.
En esta sección, invitamos a expertos y actores en la política y economía, de todos los colores, para contribuir al debate y análisis objetivo en Venezuela.
Aquella mañana, una querida amiga, al compartir su alegría por la victoria venezolana en el campeonato mundial de béisbol, me señaló: “Estos son los nietos de los héroes del 41”.
Antonio Ecarri vuelve a estar en primera línea de la política venezolana, ahora en la Asamblea Nacional. Desde la Fracción Parlamentaria Libertad, se ha involucrado en los debates para reformar las leyes de hidrocarburos y de minas, así como en la comisión de seguimiento de la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, aprobada el 19 de febrero.
Varios medios publicaron como un hecho que Delcy Rodríguez pactó en 2020 con José Luis Ábalos el envío de 6 millones de barriles de crudo para financiar al PSOE, en el aeropuerto de Barajas. Pero hasta ahora, no hay una sentencia judicial que permita afirmar eso como un hecho probado.
Venezuela es campeón mundial de béisbol, un deporte que ha marcado la identidad del país y ha estado profundamente ligado a su historia petrolera. El triunfo llega en un contexto particular del país que lleva décadas atravesado por heridas, muerte, crisis económica, migración y confrontación política.
En 2026 se encuentra a las puertas de un posible proceso de transformación y de reintegración con los Estados Unidos, país con el que, en su vínculo histórico, además del petróleo, el béisbol ocupa un lugar muy especial. Por eso, me permito reflexionar sobre lo que implica esta victoria más allá de lo deportivo, repasando también sus espejos en la historia contemporánea.
Introducido a finales del siglo XIX y consolidado en las primeras décadas del siglo XX, el béisbol rápidamente se convirtió en el deporte popular de Venezuela, especialmente en la región costera y en las ciudades petroleras de Oriente y del Zulia, así como en la capital, Caracas. No era solo entretenimiento; era un espacio de socialización, donde distintos grupos podían interactuar dentro de reglas comunes, desarrollando sentido de equipo, disciplina y cooperación.
Las ligas locales y las selecciones nacionales, que competían internacionalmente desde los años 40 y 50, permitieron a los venezolanos proyectar una identidad moderna y cosmopolita al ser parte de un mundo que miraba hacia Estados Unidos y el Caribe. El béisbol, entonces, funcionaba como un marco de integración social, especialmente en contextos urbanos y portuarios donde se mezclaban migrantes internos, trabajadores del petróleo y empresarios.
En el “Plan Básico Legislativo 2026-2027” de la Asamblea Nacional, se contempla una Ley de Propiedad Intelectual.
Venezuela arrastra años de polarización y negociaciones truncadas. Sin embargo, los eventos del pasado 3 de enero de 2026 marcaron un punto de no retorno: el país exige una ruta clara, diseñada por y para venezolanos.
Cambios que van desde lo diplomático hasta lo económico, pasando por el desplazamiento de algunas figuras y entes, pero sin dejar de lado la gobernabilidad.
La visita de Doug Burgum a Caracas podría parecer, a primera vista, un movimiento extraño dentro de la diplomacia estadounidense.
Francisco Rodríguez es investigador principal del Centro de Investigación Económica y Política (CEPR) y profesor afiliado de la Escuela de Estudios Internacionales Josef Korbel de la Universidad de Denver.
Ante una nueva coyuntura que atraviesa el país, luego del pasado 3 de enero, uno de los primeros cambios que se pueden observar en el Gobierno “encargado”, se trata del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información (Mippci).