Laura Dogu reapertura la embajada de los Estados Unidos de América en Venezuela en un hito que marcó su corta estancia en Caracas. Fotografía: Cuenta de instagram de la Embajada de los Estados Unidos.
Guacamaya, 15 de abril de 2026. Laura Dogu encargada de negocios interina de Estados Unidos en Venezuela, deja el cargo con menos de tres meses en Caracas. Será reemplazada por el diplomático John Barrett, quien llega desde Guatemala.
La gestión de Dogu en Venezuela ha estado marcada por la urgencia de reconstruir una relación bilateral rota desde 2019, en medio de un contexto excepcional tras la operación militar que llevó a la caída de Nicolás Maduro. En pocos meses, su labor ha combinado la reapertura de la embajada en Caracas, la reactivación de contactos políticos de alto nivel y un enfoque pragmático centrado en energía, sanciones y estabilidad, mientras se ensayan nuevas formas de cooperación en un proceso todavía frágil.
Uno de los hitos más visibles ha sido la reapertura operativa de la embajada de Estados Unidos en Caracas, que volvió a funcionar con presencia diplomática permanente luego de su cierre en 2019. Este paso permitió establecer canales directos con las autoridades venezolanas, encabezadas por Delcy Rodríguez como presidenta encargada, y sentó las bases para una relación más funcional.
La etapa de Dogu ha estado acompañada por una inusual intensidad de visitas de alto nivel desde Washington. En febrero, el secretario de Energía, Chris Wright, viajó a Caracas y sostuvo reuniones con autoridades venezolanas y actores del sector energético, marcando un giro explícito hacia el interés estratégico en el petróleo y el gas venezolano.
A esta agenda se sumó la visita de Doug Burgum, figura clave en la política energética y económica estadounidense, cuya presencia reforzó la señal de que Venezuela ha vuelto a ocupar un lugar relevante en los cálculos estratégicos de Washington. Su participación en encuentros vinculados a inversión, recursos naturales e infraestructura evidenció una ampliación del enfoque más allá del petróleo.
Estas visitas coincidieron con la llegada de delegaciones empresariales estadounidenses. Ejecutivos de compañías como Peabody Energy, Hartree Partners, Gold Reserve, Glencore, Lundin y Trafigura participaron en reuniones en Caracas. Adicionalmente, inversionistas privados y fondos de cobertura también hicieron visitas, algunas de ellas facilitadas por iniciativas como la misión organizada por Signum Global Advisors. El objetivo fue explorar oportunidades en un país que comienza a reformar su marco legal en hidrocarburos y minería.
En paralelo, se reactivaron los contactos políticos formales. Una delegación venezolana encabezada por Félix Plasencia y Oliver Blanco viajó a Washington, donde sostuvo reuniones con funcionarios del Departamento de Estado, incluido el subsecretario Christopher Landau. Estos encuentros marcaron la reapertura de canales diplomáticos estructurados tras años de confrontación.
El andamiaje jurídico de esta nueva etapa ha estado determinado por decisiones de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), como la Licencia General 53, que permite el funcionamiento de misiones diplomáticas venezolanas en Estados Unidos, así como otras flexibilizaciones en sectores clave en sectores como la minería, servicios, hidrocarburos y el área financiera.
En este contexto, la gestión de Dogu ha estado estrechamente vinculada al rediseño de la política de sanciones, pasando de la máxima presión a un esquema más calibrado, orientado a facilitar estabilidad y apertura económica. Este giro se refleja en el respaldo a operaciones de empresas como Chevron y en el interés por proyectos de gas offshore con actores como Shell.
Un hecho relevante en la etapa de Laura Dogu es que su interlocución se centró casi exclusivamente con las autoridades venezolanas encabezadas por Delcy Rodríguez como presidenta encargada, algo que contrasta con etapas anteriores de la diplomacia estadounidense que mantenía una cercanía muy estrecha de su representación en Caracas con miembros de la oposición venezolana tanto en la época de Hugo Chávez como de Nicolás Maduro.
No obstante, persisten tensiones. Las diferencias sobre reformas políticas, garantías institucionales y el alcance de las sanciones continúan marcando la relación. La situación venezolana sigue siendo incierta y compleja.
El cierre de la misión de Dogu confirma el carácter transitorio de su gestión. La propia diplomática anunció que regresará a Washington, tras haber cumplido una función de enlace en una etapa crítica de reapertura bilateral .
Entra en el escenario John Barrett: un diplomático para escenarios estratégicos
El relevo de Dogu estará a cargo de John Barrett, diplomático de carrera del Servicio Exterior Senior, cuya llegada a Caracas responde a una lógica clara dentro de la política exterior estadounidense: asignar perfiles operativos en contextos sensibles.
Barrett acumula más de dos décadas de experiencia en destinos complejos y estratégicos. Antes de su traslado a Venezuela, se desempeñó como ministro consejero en la Embajada de Estados Unidos en Panamá desde 2023, una plaza particularmente relevante por su conexión con uno de los nodos logísticos más importantes del sistema internacional como lo es el Canal de Panamá que ha estado en el punto de mira de Trump en su segundo mandato.
En ese contexto, su trabajo se desarrolló en medio de una creciente preocupación de Washington por la presencia de empresas y capital chino en infraestructura crítica vinculada al canal, especialmente en terminales portuarias y servicios logísticos. Estados Unidos ha advertido que esta presencia podría traducirse en vulnerabilidades estratégicas, tanto en términos de seguridad marítima como de control indirecto sobre cadenas de suministro globales.
La labor diplomática estadounidense en Panamá —en la que Barrett participó— se orientó precisamente a contrarrestar esa influencia a través de varios mecanismos como el fortalecimiento de la cooperación en seguridad, presión para revisar concesiones a empresas vinculadas a China, impulsó a estándares de transparencia y promoción de inversiones alternativas. Incluso, desde Washington se ha llegado a plantear que la influencia china en el entorno del canal constituye un riesgo para la seguridad global, elevando el tema a foros multilaterales como el Consejo de Seguridad de la ONU.
Este enfoque no implica necesariamente una confrontación directa, sino una estrategia de “competencia estructural”: limitar espacios de influencia china en sectores críticos sin romper los equilibrios formales de soberanía del país anfitrión.
Esa experiencia en Panamá resulta particularmente relevante para entender su llegada a Venezuela. Aunque los contextos son distintos, el objetivo estratégico de fondo presenta similitudes claras.
En el caso venezolano, la influencia china no se concentra en una infraestructura específica como el canal, sino que se extiende a sectores estructurales del Estado como financiamiento soberano, industria petrolera, tecnología, minería e incluso cooperación espacial.
Durante años, China ha sido un socio clave de Caracas, no solo como acreedor, sino como actor con presencia directa en áreas estratégicas.
Para Estados Unidos, el restablecimiento de relaciones con Venezuela abre una ventana para configurar ese equilibrio.
A diferencia de Panamá —donde la prioridad es proteger un corredor logístico global—, en Venezuela el objetivo es más amplio, pues se trata de recuperar espacio en un país con las mayores reservas de petróleo del mundo, reducir la dependencia de Caracas respecto a Beijing y reinsertar a Venezuela en circuitos económicos occidentales.
En ese sentido, la llegada de Barrett sugiere continuidad en una misma lógica aplicada en distintos escenarios donde deberá identificar puntos de influencia estratégica, reforzar la presencia estadounidense y limitar la expansión de actores rivales en sectores clave.
La diferencia es que, mientras en Panamá la disputa gira en torno a infraestructura y comercio global, en Venezuela se proyecta sobre recursos energéticos, arquitectura financiera y alineamientos geopolíticos de largo plazo.
Barrett no inaugura esta dinámica, pero su trayectoria indica que su papel será ejecutarla con mayor sistematicidad. Su experiencia previa lo posiciona como un diplomático habituado a operar en espacios donde la competencia entre grandes potencias no es abstracta, sino que se traduce en contratos, rutas, inversiones y control efectivo de sectores estratégicos.
Más allá de la diplomacia, Barrett cuenta con experiencia en el sector privado en áreas de planificación estratégica y comercial en empresas como PepsiCo, The Walt Disney Company y L.E.K. Consulting, lo que refuerza su perfil técnico y orientado a resultados.
Su llegada a Venezuela se produce en un momento en el que Estados Unidos busca consolidar su presencia y capacidad de maniobra en el país, tras la reanudación de relaciones diplomáticas. No inaugura una nueva etapa, sino que se inserta en una ya en curso, marcada por intereses energéticos, competencia geopolítica y una transición política aún en desarrollo .
Por lo tanto, su perfil sugiere continuidad en el enfoque pragmático de Washington, pero con una ejecución más estructurada en un escenario donde convergen estabilidad, recursos estratégicos y disputa de influencia.







