Los bulos y fake news pueden llegar a ser tan destructivos como el sismo mismo, al provocar desplazamientos innecesarios, entorpecimiento de labores de rescate y el aumento del sufrimiento humano. Imagen: Captura de imágenes del tsunami de Japón de 2011, vinculadas a Venezuela luego de la tragedia.
Sleither Fernández
Guacamaya, 10 de julio de 2026. La tarde del 24 de junio, Venezuela no solo se enfrentó a un devastador doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5, sino que, desde el primer momento, también fue el epicentro de una emergencia informativa.
Mientras equipos de rescate trabajaban en estados como La Guaira y Distrito Capital, las redes sociales y servicios de mensajería se inundaron de contenidos falsos, videos descontextualizados y teorías conspirativas que generaron pánico adicional en una población ya vulnerable e incluso pudieron haber sido instrumentalizados con fines políticos.
Guacamaya se dio la tarea de identificar, comprobar y presentar una recopilación de los principales bulos que circularon desde el inicio de la tragedia, los cuales acentuaron la desorientación en medio de un desastre que enlutó a miles de familias y dejó a otras miles sin hogar.
Las alertas de catástrofe inmediata: tsunamis y apagones
Minutos después de los sismos, el miedo fue capitalizado mediante dos narrativas principales.
La primera de ellas fue una falsa alerta de tsunami, que consistió en la circulación de un video que mostraba sirenas de emergencia y una marea alta golpeando una zona portuaria, atribuyéndolo a La Guaira. Sin embargo, el material audiovisual correspondía en realidad al tsunami de Japón de 2011.
Ciertamente, el Servicio Nacional Meteorológico de los Estados Unidos emitió ese mismo día un aviso de tsunami para las Islas Vírgenes y Puerto Rico —territorios que se rigen bajo la administración estadounidense—, pero a los pocos minutos fue cancelado para todo el Caribe. Finalmente, se pudo comprobar que ni los servicios nacionales ni los estadounidenses emitieron alertas para las costas de Venezuela.
Asimismo, el vicepresidente sectorial de Política, Seguridad Ciudadana y Paz, Diosdado Cabello, calificó el rumor como un “fake” malintencionado el 25 de junio, al asegurar que existía “absoluta tranquilidad en aguas venezolanas”.
La segunda narrativa se vinculó con un aparente anuncio oficial de un “apagón nacional de 24 horas”. Una imagen con el logo de Corpoelec advertía sobre una suspensión total del servicio eléctrico debido a la actividad sísmica.
Lo cierto es que, aunque hubo fallas puntuales por daños de infraestructura, no existió ni se ejecutó tal programación supuestamente oficial. Algunos medios locales y el Observatorio Venezolano de Fake News confirmaron que la imagen era una suplantación de identidad de la estatal eléctrica.
La teoría conspirativa del proyecto HAARP
Como se ha hecho habitual en esta clase de fenómenos naturales en el mundo, por redes sociales se divulgó que los sismos fueron provocados por el Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia de los Estados Unidos (HAARP) al usar “rayos láser”.
Al respecto, expertos en geofísica aclararon a AFP que es físicamente imposible que un láser active un terremoto, los cuales se originan entre 10 a 20 kilómetros de profundidad por el deslizamiento natural entre las placas tectónicas.
El anime en los escombros
Uno de los bulos más persistentes, aunque partía de denuncias y videos reales de los derrumbes, fue que los edificios gubernamentales colapsaron porque sus columnas estaban rellenas de poliestireno expandido (anime).
La realidad técnica es que el anime es un material estándar en la construcción venezolana, utilizado habitualmente para aligerar losas (nervadas) o en paneles tipo sándwich (como el sistema Emmedue). Su presencia en los escombros no indica necesariamente una mala praxis, ya que el soporte estructural recae en el concreto armado y el acero, no en el anime.
Para cualquier caso, es necesaria una investigación técnica en cada construcción.
El “desvío” de ayuda humanitaria
El alcalde de Ciudad de Panamá, Mayer Mizrachi, denunció, mediante el rastreo por dispositivos AirTags, el desvío de insumos donados, al asegurar que parte de la carga destinada a La Guaira terminó en Maturín.
Posteriormente, se comprobó mediante labores de campo estatal y medios de comunicación independientes que la ayuda humanitaria fue recibida por la ciudadana Marjori Blanco, damnificada por los terremotos, quien se trasladó a la localidad oriental, en casa de unos allegados, luego de quedar sin vivienda tras la tragedia.
El manejo de fallecidos, principal objeto de bulos
Por redes sociales y servicios de mensajería instantánea, surgió el rumor de que los cadáveres de las víctimas provocarían brotes infecciosos mortales. Al respecto, la OMS y la Sociedad Venezolana de Infectología aclararon que los cuerpos tras desastres naturales no generan epidemias, ya que las víctimas mueren por trauma o asfixia, no por enfermedades previas.
Figuras de la opinión pública nacional como el abogado Joel García o el periodista Melanio Escobar hicieron circular versiones de entierros en “fosas comunes” o que captahuellas usadas en elecciones y regulaciones alimentarias en el pasado podían ayudar a identificar fallecidos. Ambas narrativas, publicadas respectivamente en sus cuentas personales de X, tienen imprecisiones importantes.
Por un lado, en un trabajo realizado por El País, se especificó que el espacio habilitado en el cementerio La Esperanza en La Guaira fue dispuesto para entierros individuales, codificados y documentados. Esto sigue protocolos de la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud para casos de emergencia.
Asimismo, el gobernador José Alejandro Terán negó que el espacio se tratara de fosas comunes, aunque sí reconoció la magnitud de la tragedia con centenares de cuerpos no reclamados.
En el otro caso comentado, como precisión técnica, las captahuellas comerciales o lectores biométricos convencionales (como los usados en cajeros o elecciones) generalmente no sirven para identificar fallecidos, ya que requieren de tejido vivo, calor corporal y pulso.
Es fundamental distinguir entre un instrumento de registro de identidad (la captahuella) y una tecnología de búsqueda de fallecidos. Confundir ambos conceptos puede generar falsas expectativas o zozobra sobre las capacidades tecnológicas empleadas en la zona de desastre.
Las autoridades, incluyendo a la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, confirmaron que el reconocimiento por huella dactilar, mediante procedimiento forense, es el primer paso del protocolo, seguido por la fotografía y la odontología forense si el primero no es posible.
Convivieron la zozobra y las falsas expectativas
En redes sociales, circularon alarmas sobre niños huérfanos “entregados a desconocidos” en refugios. Al respecto, el IDENNA y ONGs como Cecodap desmintieron desapariciones masivas, aunque afianzaron protocolos estrictos de protección.
También se viralizaron “rescates milagrosos” fuera de los días de ventana de supervivencia, al reciclar videos de rescates anteriores o de otros países en el pasado, lo que jugó con la ilusión de quienes estaban expectantes.
En una catástrofe, la información verificada no es solo un derecho, es un factor de supervivencia.
La confianza se construye con transparencia y evidencia contrastada.
Como recomendación, siempre es importante no compartir contenido por emoción y, en su lugar, verificar por responsabilidad. La verdad también salva vidas.







